Con esta dicotomía de resolución aparentemente muy sencilla, alguien proponía recientemente desligar el nudo gordiano de la identidad en una época de inmigración desenfrenada y multiculturalismo desbordado. Planteada así la alternativa, la respuesta cae por su propio peso: nadie o sólo un loco, o —y éste era el sentido manifiesto de la pregunta— un fanático elegiría la segunda opción. Porque, ¿quién quiere ser minoría pudiendo disponer de fuerza numérica suficiente y disfrutar de la fama de inclusivo?
Sin embargo, la alternativa es falsa. Ninguna minoría se convierte en mayoría ‘ad libitum’. Y los catalanes, el sujeto colectivo interpelado por la pregunta, no se encuentran en encrucijada estadística alguna en la que aún puedan decidir. Los catalanes ya son minoría, y no allí donde los confina la dependencia política —en el gobierno del Estado, en el aparato judicial, en el ejército, en el alto mando de la policía, en el cuerpo consular, en los monopolios estatales, en las reales academias, en las federaciones deportivas, en los premios Princesa de Asturias… En estos lugares los catalanes no es que sean minoría, es que no están. Si se encuentra alguno, nunca es de forma remotamente proporcional. No, los catalanes no sólo son minoría allí donde estar podría parecer ‘natural’; lo son en el propio país. Y lo son por primera vez en la historia. Se han convertido en una en menos de medio siglo. Y esa condición inédita, preñada de consecuencias, es muy difícil si no ya imposible de remontar. Habría que cambiar parámetros de conducta muy enraizados y confiar en una conjunción favorable de los planetas. Quiero decir, en un reparto ventajoso de las cartas cuando la historia las vuelva a barajar.
Los desequilibrios demográficos no se solucionan con llamadas a “ampliar la base”, ni con la argucia de rebautizar a todo el mundo como catalán. Como dice la expresión popular, esto es hacerse trampas en el solitario. El truco consiste en invocar una identidad, la catalana, y luego taparla con un pañuelo para, visto y no visto, descubrir una paloma o un conejo orejudo. Cuando el trujamán es tan torpe como Pere Aragonès, el ‘pasa-pasa’ es transparente. Pero si es más hábil puede hacer escuela, como Jordi Pujol con la definición de catalán que se convirtió en artículo de fe para un público de bobos.
Pujol, que quería soplar y sorber a la vez, insistía en la importancia de la identidad mientras navegaba entre la Escila genealógica (de pésima reputación, salvo un puñado de pueblos exentos, como los judíos, los gitanos o los pueblos llamados indígenas) y la Caribdis de una identidad administrativa. A medio camino, entre la tierra y los muertos, entre el espacio y la historia. Pero al hacer de la voluntad la clave de bóveda de la identidad, Pujol puso en jaque la particularidad. No podía ser de otra manera, porque sin elementos normativos la voluntad cae por la base. De acuerdo con la fórmula consagrada, es catalán todo el que quiera, o más exactamente que diga serlo, ya que el mero hecho de identificarse implica un acto de voluntad. ¿Quién y con qué autoridad puede poner en cuestión una afirmación de voluntad? El torpe Aragonés tenía suficiente con llamar la atención sobre el hecho de que no hay obstáculos que salvar, ni condiciones que cumplir ni fidelidad que jurar. El criterio es tan amplio, el país tan abierto, que no hace falta hacer nada para merecerlo. La catalanidad se ha convertido en automática, hasta el punto de que ya no hace falta ni quererla, y gratuita, porque no vale nada ni en la forma ni en el fondo. Así lo proclamaba un president de la Generalitat en funciones.
Pujol lo había dispuesto de esta forma al no exigir ningún peaje, ningún rito de paso, ninguna prenda de fidelidad como hacen los países normalmente constituidos. Al menos podía haber sustituido el requisito puramente aspiracional de querer por el verificable de hablar. Se entiende que en catalán. Esta condición de integración comunicativa, tan previsible como incuestionable en cualquier sociedad aseada, habría aportado un mínimo de concreción a la vaporosidad de “que quieran serlo” y conferido oficialidad efectiva a la lengua. Es verdad que en un primer momento habría dividido a la población, y esto no le convenía a Pujol ni electoralmente ni a su relación con el Estado. El eje debía ser bilingüe y por razón de esta necesidad, el gran encantador alabó insistentemente la convivencia —magnífica, ejemplar— heredada de la dictadura mientras la lengua retrocedía ‘indesinenter’ (1).
Establecer dos líneas de educación discrecionales, con una específicamente catalana, habría preservado el registro culto y el uso de la lengua en un núcleo influyente de la población. En los años ochenta esta línea habría tenido una fuerte capacidad de atracción y habría inhibido la acusación de imposición lingüística y marginar la lengua del Estado, que habría dispuesto de línea propia. Pero Pujol optó por una línea única de inmersión en catalán que nunca se ha implementado consistentemente y al final ha sumergido a todo el mundo en la lengua llamada común. Y de rebote ha permitido a los tribunales aprovechar la torpeza legislativa para restringir aún más la exposición de los jóvenes a la lengua catalana.
Es sencillo: perdiendo la lengua se pierde la identidad. Vale, la identidad, al igual que las lenguas, no es estática y después de una viene otra. Pero de nada sirve designar a la nueva con el gentilicio anterior. Tal como dice Julieta en la tragedia de Shakespeare: “¿Qué hay en un nombre? Lo que llamamos rosa con otro nombre olería igualmente dulce”. El nombre no hace la cosa. ¿O sí? Gertrude Stein respondió a Shakespeare con el famoso verso: “Rosa es una rosa es una rosa es una rosa”, que suele interpretarse en el sentido de haber identidad entre la idea latente en el nombre y la cosa invocada. Catalán es quien es catalán. Y no hace falta darle más vueltas. Ni dar volteretas nominales. En el verso de Stein la primera Rosa se refiere a una persona que lleva ese nombre. Es decir, que en cuestiones de identidad no es tanto Pedro como Berenguela. Y como dice el Evangelio (Mateo 6:27): “¿Quién de vosotros, por mucho que se esfuerce, podrá alargar un solo palmo de su estatura?”
Por mucho que se esfuercen, los catalanes son minoría allí donde otro tiempo fueron soberanos. Y si no quieren seguir haciéndose trampas con la identidad, precisamente ahora que pueden invocarla jurídicamente bajo la categoría de GOIP (grupo objetivamente identificable de personas) articulada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea en sentencia de 31 de enero de 2023, no pueden derivar la objetividad del criterio colectivo a la subjetividad individual. Porque de esta subjetividad, que algunos consideran generosa, humanitaria y moral, venden la imposibilidad de identificar el catalán con un mínimo rigor y la siniestra política de agobiar a los defensores de la identidad con la terminología más dañina de cada momento.
Los mismos que desfiguraban la identidad catalana con aquel constructo mitológico de los años treinta y cuarenta, el ‘rojoseparatismo’, ahora invocan otro centauro con la misma intención. Son los españoles-catalanes, esto es los españoles de nación y catalanes de provincia, unos seres de españolidad sustantiva y catalanidad adjetiva. ¿Pero qué suscriptor de la definición pujolista es capaz de salir al paso de esta mitificación? ¿Quién se atreve a decirle a alguien que nunca ha hablado ni piensa hablar en catalán, que desprecia la cultura y la historia del país mientras reclama todos sus derechos y ninguno de los deberes, quién le diría a este cíclope que, en tanto que él toma el nombre de catalán en vano, el verdadero nombre de catalán es nadie?
De acuerdo con la definición acostumbrada, la catalanidad no es verificable y no suma sino quita derechos. Entonces, ¿de dónde viene la trifulca intestina, de una crudeza inusitada desde la Guerra Civil? ¿Cómo se ha llegado a los actuales extremos de violencia verbal, preludio de la otra? Más pragmático y más civilizado que llamar a destruir una parte del catalanismo tildándolo de extrema derecha sería definir con alguna plausibilidad las obligaciones, antes que los derechos, que conforman la identidad catalana. Saber en todo momento qué hacer como catalán, atendiendo a la advertencia de que “por sus frutos los conoceréis”. Las obligaciones de la identidad (la primera de las cuales es preservarla y la segunda dignificarla) son deberes, esto es deudas efectivas con todos los que han vivido ‘en catalán’, a veces sacrificando la vida. Y son deberes con quienes deben heredarla, si quienes ahora la usufructúan no la reavivan frívolamente.
Una comunidad nacional, como bien sabía Renan, no es una amalgama de raza, idioma, religión o geografía, factores que por sí solos no constituyen ninguna nación, sino un legado de memorias que conservan la experiencia de los sacrificios, el dolor y las pérdidas, pero también los momentos de grandeza de un grupo humano que se solidariza con ellos. Un legado que obliga a respetar la voluntad de los muertos, tal y como hacen en el Fossar de les Moreres todos los que llevan responsablemente el nombre de catalán. En Catalán es en Catalán es en Catalán es en Catalán. Al Fossar se debe ir en devota unidad, pues los muertos que allí reposan no son de ningún partido.
En ‘William Wilson’, una de las historias fantásticas de Edgar Allan Poe, se narra la aventura de un estudiante al que persigue otro idéntico por completo a él. Este doble misterioso le sigue durante años por toda Europa. No hay forma de huir, hasta que una noche, en un baile de disfraces en Roma, Wilson le apuñala causándole la muerte. En ese momento, el asesino se da cuenta de un gran espejo que antes no estaba allí y ve reflejada la propia imagen sangrienta, que en la agonía le dice que se ha matado él mismo. La moraleja de la historia es de aplicación a la pulsión autodestructiva de los catalanes, comprobable a lo largo de la historia. Pero en la llamada a destruir a unos independentistas que quizás nos recuerden el lado negado de la identidad catalana, se adivina la reversibilidad descrita por Poe. Así, cuando unos miles de violentos apedrean y lanzan botellas a un puñado de gente que cumple pacíficamente el ritual de honrar a los muertos en el día patriótico, el fascismo perseguido en la imagen ajena demuestra ser una proyección.
(1) Referencia a un poema de Salvador Espriú, “Inici del Càntic” -Les cançons d’Ariadna (1949)- convertido en canción por Raimon. Equivale a ‘incesantemente’, ‘sin desfallecer’. Ver https://www.youtube.com/watch?v=tmYpZ8ieJ-8
EL MÓN










