Cuando un españolista –esa fauna ubicua y ruidosa que confunde el patriotismo con la testosterona– te pregunta, con esa sonrisa suficiente, “¿qué pone en tu DNI?”, yo siempre espero que la ironía de la Historia le pase por encima como un camión cargado de fosfatos del Sáhara. Porque hoy existen miles de saharauis que, efectivamente, tienen un DNI que dice que todavía son españoles. Y no les sirve de nada.
Esta semana hace cincuenta años de la Marcha Verde, ese desgarro teatral con el que Hasan II invadió el Sáhara Occidental con 350.000 civiles desarmados, mientras Franco agonizaba en una cama de la Paz –qué nombre tan poco adecuado para el hospital donde moría el dictador. Y la próxima semana hará medio siglo de los infames acuerdos de Madrid, el documento con el que España perpetró una de las traiciones más vergonzosas de su historia reciente. Lo que, tratándose de España, es decir mucho.
El cinismo de aquella operación todavía estremece hoy. España, potencia administradora según la ONU, había prometido solemnemente un referendo de autodeterminación a los saharianos. Lo había prometido, de hecho, ante las Naciones Unidas, ante la comunidad internacional, ante los propios saharauis, que, ingenuamente, se lo creyeron. Pero en noviembre del 75, con el generalísimo en estado vegetativo, el gobierno español, encabezado por un tal Juan Carlos, decidió que era mejor que se repartieran el territorio entre Marruecos y Mauritania, como quien se reparte un pastel en una cena de compromiso. Y en un día se pasó de decir que el Sáhara era España a afirmar que nunca lo había sido.
España abandonó el Sáhara con nocturnidad y alevosía. Dejó en la estacada a los saharauis que habían confiado en la palabra de la metrópoli, aquellos que habían servido en sus filas, quienes se habían creído las promesas de autodeterminación. Los dejó a merced de los bombardeos con napalm y fósforo blanco de la aviación marroquí, cortesía de los amigos americanos y franceses, siempre tan preocupados por los derechos humanos, pero sólo cuando les conviene.
¿Pero qué queda ahora de aquella España en el Sáhara? Pues el DNI. Este documento que miles de saharauis todavía conservan. Un DNI que no les sirve siquiera para entrar en España, que no les otorga ningún derecho, que no les protege de nada. Un DNI, pues, que es el monumento perfecto a la hipocresía española: te consideran español cuando les conviene recordar las glorias imperiales del pasado, pero no cuando debes huir de los campos de refugiados de Tinduf.
El Estado español, ese que tanto quiere vestirse de constitucionalista cuando nos niega a los catalanes el derecho de decidir, violó todos los principios del derecho internacional para deshacerse del Sáhara. Todos. La propia España que nos recuerda obsesivamente a la “indisoluble unidad de la nación española” no tuvo en cambio miramiento alguno al disolverse en un territorio que, según Naciones Unidas, continúa bajo su responsabilidad como potencia administradora. Y que, por tanto, formal y transitoriamente, es, hoy mismo, tan español como española, formal y transitoriamente, pueda ser Ondara –por decir un nombre a la buena de dios.
La República Árabe Saharaui Democrática, reconocida por más de ochenta países pero no por España, resiste como puede. Con grandes dificultades. Los saharauis, después de medio siglo, siguen esperando el referendo prometido. Y, mientras tanto, España –tras vender una vez más, como tantas veces lo ha hecho en la historia, parte de su territorio– hace negocios con Marruecos y se hace la desentendida cuando se habla de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos en los territorios ocupados. Los mismos que se llenan la boca con la transición que pretenden presentar como modélica olvidan convenientemente que empezó con una traición imperdonable.
Lo curioso es que el Sáhara Occidental pudo ser la única descolonización digna hecha alguna vez por España, la única oportunidad que tenía de hacer las cosas bien. Pero no. Prefirieron el escapismo cobarde, el mercadeo vergonzoso, el trapicheo miserable. Prefirieron traicionar la palabra dada antes que encararse a un problema complejo. Todo muy español.
De modo que, si alguna vez un españolista le pide qué pone en su DNI, recuerde que hay miles de personas con DNI español viviendo en tiendas de campaña en el desierto, abandonadas por la España que les expidió aquel documento. Y recuerden que el DNI español más auténtico es el de los saharauis: porque es el documento que acredita ante el mundo su traición, el carnet de una vergüenza, el testimonio mudo de una cobardía y una bajeza moral simplemente imperdonable.
VILAWEB








