Rosalia y Björk: dos voces para dos idiomas invisibilizadas

La lengua no es sólo un instrumento para comunicarse: es una forma de mirar el mundo, de existir, una forma de situarse ante la realidad y de construir identidad. Por eso, cuando un artista elige en qué lengua crea, esta elección nunca es neutra. Rosalia y Björk, dos figuras internacionales que han trascendido su contexto local, ilustran a la perfección dos realidades muy distintas: la de una lengua minorizada, en el caso del catalán, y la de una minoritaria, en el caso del islandés.

Minorizada no significa minoritaria

La distinción es esencial. Una lengua minorizada no lo es necesariamente porque tenga pocos hablantes, sino porque ha sido arrinconada, subordinada o despojada de muchos de sus espacios naturales. Una lengua minorizada no lo es por carencia de hablantes, sino por falta de poder. Es el caso del catalán, hablado por millones de personas, pero con demasiada frecuencia excluido de la administración, la justicia, los medios, la industria y en el día a día de muchas personas en mil y una situaciones. Sin embargo, una lengua minoritaria tiene pocos hablantes, pero goza de una plena normalidad y soberanía institucional. El islandés es un ejemplo: con sólo unos 320.000 hablantes, es la lengua oficial e indiscutida de un Estado independiente. La diferencia es bestial: en Islandia se puede vivir plenamente en islandés; en los Països Catalans, vivir plenamente en catalán es casi una utopía.

Rosalía y el catalán: la lengua propia en silencio

Rosalia, nacida en Sant Esteve Sesrovires, es catalanohablante. Pero su carrera se ha construido casi de forma íntegra en español. Esta ausencia no es una anécdota: es un síntoma. El catalán es una lengua que, a pesar de su vitalidad social y el gran número de hablantes (más que el Islandés, pero también más que el danés, finlandés, esloveno, lituano, letón, etc.), se encuentra minorizada en un Estado que promueve otra lengua como único código de prestigio y de mercado. El catalán es una lengua viva, pero domesticada y subordinada en un Estado que premia la sumisión lingüística.

Rosalia no tiene ninguna obligación de cantar en catalán, pero su elección –que no es inocente– muestra hasta qué punto la presión de un mercado globalizado y castellanocéntrico condiciona la “libertad” artística. Rosalía es, así, el reflejo de una lengua viva pero acorralada. Es el reflejo de una hablante de una lengua minorizada con todos sus tics. El catalán para casa, para los amigos y para poco más. Es el reflejo de lo que hacen tantos y tantos catalanes que la critican –y también critican a la Escolanía de Montserrat–. La última encuesta sobre la lengua hecha en Cataluña dice que 8 de cada 10 catalanohablantes cambian al castellano delante de alguien que se lo habla, por tanto, todos los que ha puesto el grito en el cielo por la cuestión –como los que leen este artículo–, hagan esta reflexión de andar por casa: ¿ya tiene el teléfono móvil en catalán? ¿Y el ordenador? ¿Cambia al castellano cuando entra en una tienda o bazar de pakistaníes o chinos? ¿Trabaja en empresas que hacen los comunicados internos en catalán? ¿El papeleo interno en catalán? ¿Los Papeleos externos? ¿Quizás etiquetan o hacen manuales en catalán? A aquel vecino de toda la vida que nunca habla en catalán, ¿le hablan en catalán? Porque, claro, es muy fácil criticar, pero ¿y tú qué haces por la lengua y por nuestra identidad?

Su elección puede que le haya abierto el mundo, pero también le ha amputado una parte de su identidad. Y con esta elección, la de todos los que prefieren adaptarse para “vender más”. Ésta es, al fin y al cabo, la definición de lengua minorizada: aquella que sus propios hablantes deciden esconder.

Björk y el islandés: una lengua pequeña pero soberana

Björk goza en otro terreno. El islandés es una lengua minoritaria, sí, pero no minorizada. Es una lengua libre. Todos los ámbitos públicos y privados funcionan en esa lengua; es el vehículo de la escuela, la cultura y la vida cotidiana. Por eso, Björk puede permitirse escribir mayoritariamente en inglés sin que esto implique una renuncia. Cuando canta en islandés, como ‘Vökuró’ o en algunas piezas de su repertorio más experimental, lo hace como un gesto poético e íntimo, no como una reivindicación política.

Su lengua no necesita ser defendida: tiene un Estado detrás que la protege y la hace visible en el mundo. Ésta es la diferencia: Björk puede cantar en inglés sin dejar de ser islandés; Rosalía canta en español y deja de sonar catalana.

Mercado global y poder simbólico

El mundo de la música es un termómetro implacable del poder de las lenguas. Quien canta en inglés o castellano juega con ventaja: tiene detrás a mercados gigantes, plataformas globales y una audiencia planetaria. Las lenguas pequeñas, o las subordinadas, quedan arrinconadas en circuitos locales o de resistencia. Esto no quiere decir que no puedan tener proyección internacional —el caso del bretón de Alan Stivell, del euskera de Kepa Junkera lo demuestra—, pero sí parten de una desigualdad estructural. Pero no es casual: el mercado mundial sólo reconoce lo que le genera mucho beneficio.

La libertad individual del artista es innegociable, pero también es necesario reconocer su responsabilidad simbólica. Cada lengua que suena en una canción es una forma de hacerla existir delante del mundo. Cuando una lengua se calla, pierde presencia, y cuando la música la ignora, se vuelve invisible.

Cantar en la propia lengua: un gesto de libertad

En un mundo en el que todo tiende a uniformarse, cantar en la propia lengua es un acto de resistencia. Es decir: esta es mi voz, esta es mi mirada. Rosalia y Björk nos muestran dos caras de una misma realidad: la fragilidad de las lenguas pequeñas ante el poder del mercado, pero también la fuerza que pueden tener cuando son amadas, reconocidas y hechas sin miedo. También representan dos caras de la misma moneda: la libertad de quien tiene un Estado y la sumisión de quien no lo tiene.

Todas las empresas quieren vender más y llegar más lejos, es por eso que no tienen problemas en incorporar nuevas lenguas si esto debe suponerles más beneficio. El problema viene con las lenguas minorizadas, las lenguas marcadas, que te insultan, te desprecian por utilizarlas, que vas a la panadería y no te entienden, etc. –bueno, que por eso son minorizadas–. Ves empresas catalanas que hacen productos con manuales de instrucciones en 30 lenguas, pero no sabes muy bien por qué en ese manual no ha cabido el catalán. Rosalia es una empresa, no nos engañemos, y quiere vender. Pero yo creo que en sus manuales de instrucciones cabe mucho más catalán, sin renunciar al castellano, al inglés, a las lenguas que ella quiera, a la fama y, sobre todo, al dinero. Ahora, seamos sinceros: Rosalía y Björk, ¿habrían tenido la proyección que tienen cantando sólo en catalán e islandés? ¿Cuántos cantantes y canciones en islandés conocen?

Pese a que el islandés tiene sólo 320.000 hablantes, los cambiaría por los supuestos 10 millones de hablantes de catalán que renuncian a su lengua –y a su identidad– todos los días y que hacen que nuestra lengua esté en la cuerda floja. Y esto incluye a Rosalía y a todos los que la critican y no son consecuentes con su vida personal, ¡porque a mí que no me toquen!

El negocio disfrazado de arte puede hacer visibles las lenguas que el poder desea invisibilizar. Y quizás llegue un día en el que escuchar una canción en catalán o en islandés no sea un hecho excepcional, sino simplemente natural. Mientras tanto, las lenguas no mueren: las matamos nosotros o nos las hacen matar desde fuera.

RACÓ CATALÀ

https://www.racocatala.cat/opinio/article/69274/rosalia-bjork-dues-veus-dues-llengues-invisibilitzades