El Estado español siempre ha tenido miedo de sus habitantes. Y hay que resaltar aquí que la gran diferencia entre una democracia seria y consolidada y una temprana y poco consistente suele ser eso: tener miedo de la gente. Allí donde la democracia es como debe entiende sin ninguna duda que la libertad nace del pueblo, de la gente, y que la soberanía está en sus manos. Y por ello el Estado se adapta a la voluntad de los ciudadanos y la respeta. En una democracia fuerte no hay nunca ningún intangible superior al que los ciudadanos tengan que adaptarse, lo que España intenta hacer constantemente. Las libertades, en una democracia, son libertades cuando gustan, pero sobre todo cuando molestan.
Pero eso España no lo entenderá nunca ni lo pondrá en práctica nunca. No tienen la cultura ni la tradición para hacerlo. España es de aquellos países que en lugar de creer en la democracia creen en el Estado. Por ello regulan y regulan, como si regulando hasta el infinito pudieran hacer desaparecer un problema, mágicamente. Como si las leyes solas pudieran ahogar la voluntad de los ciudadanos y destruirla. En el fondo es una manera de pensar típica de los regímenes totalitarios que ha quedado pegada a la piel de la débil y triste democracia española. Y es una de las cosas que cuando seamos independientes deberemos erradicar con más decisión, si queremos tener un país digno. Recuerden esto siempre: las libertades en una democracia son libertades cuando gustan pero sobre todo cuando molestan. Y por lo tanto debemos esforzarnos en garantizar, sobre todo, las que nos molestarán.
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