Ricardo. Montejurra 1976
Javier Lana
El 9 de mayo de 1976, los amigos decidimos marchar de excursión a Montejurra. Cogimos los bocadillos y para el monte. Ya en la explanada había mucho meneo. Nos pusieron unas pegatinas de Carlos Hugo. Mas adelante ,al lado de una central de telefonía, nos dijeron que no se podía subir, que había que esperar a la comitiva. Tomamos un camino lateral, no se si es el que apodan Camino de los Presos, y nos incorporamos al sendero que conduce a a la cima, un poco mas adelante.
La mañana no era fría, pero la niebla, a medida que subíamos, iba cubriendo el paisaje que nos rodeaba. Apenas caminaba gente a nuestro alrededor. Parecía como si fuéramos los únicos que participáramos en esa romería carlista. Al rato divisamos un hombre mayor, podría decir que casi era un anciano. Llevaba la boina roja y una especie de manta cubriéndole la espalda. Subíamos en animada charla y con ganas de pasar una buena mañana.
Cuando ya enfilamos el último trecho que lleva hasta la ermita nos salió al encuentro un joven. Llevaba un brazalete y una especie de porra en las manos. Entablamos conversación. Era de Valencia y nos preguntaba por la razón de subir al monte. Bromeamos, no éramos carlistas y queríamos pasar un buen rato allá almorzando. Nos dejó pasar, no pensábamos ni por el forro que eso sería en poco rato un infierno. Llegó otro joven y nos volvió a identificar. No comunicaríamos tres palabras con él cuando entre la niebla le vimos. Era un hombre vestido de militar. Un hombre con una especie de ametralladora que empezó a abroncar a todo el mundo. ¡Que para abajo! que no quería a nadie allá al lado. Tuvimos miedo, y es entonces cuando empezamos a pensar que ese domingo de mayo no sería una fiesta. Nos retiramos detrás de una peña y comenzamos a almorzar. La gente iba llegando. Vi algunos de Estella, entre ellos a la cuadrilla de Ricardo. La niebla ya lo cubría todo, no veíamos a dos palmos. Se empezaron a suceder los gritos. Hubo intercambio de insultos. Que si la puta de la Pasionaria que si viva Carlos Hugo, que si vivas a Sixto. Bueno, aquello pintaba mal, pero mientras solo fueran cruce de insultos en eso quedaba.
La ametralladora empezó a traquetear y entonces se empezaron a escuchar gritos de dolor. Le vimos allá, tumbado, era Ricardo
Pero no solo fueron las voces , la ametralladora empezó a traquetear . Y es entonces cuando se empezaron a escuchar gritos de dolor. Allá, pegados a nosotros, en el espacio donde acababa la peña donde estábamos, las balas hirieron a la gente que allá se encontraba. Y enseguida una voz destacó entre aquel ruido infernal. Alguien dijo que había uno mal, que se moría. Juanjo y yo corrimos como locos ladera abajo. Pedíamos auxilio, gritábamos desaforados. Gritar y llorar. Le vimos allá, tumbado en el suelo, era Ricardo García Pellejero, entre unos cuantos lo bajaban a galope monte abajo y nosotros de avanzadilla en una especie de trágica procesión. Un poco más adelante la comitiva de Carlos Hugo iba ascendiendo. Nos topamos con ellos. Unos jóvenes nos retuvieron, con la velocidad a la que bajábamos, chocamos y fuimos al suelo. Yo no podía ni hablar. “Hay muertos” dije. Se pidió calma a los que subían. Llegamos a la explanada casi a la par de Ricardo. Pero ya nada pudieron hacer por él, porque ya había fallecido.
Poco a poco encaminamos hacía Estella. En la explanada un montón de guardias civiles formados. Allá estaban quietos, no podíamos entenderlo entonces y tampoco ahora. El helicóptero sobrevolaba la montaña sagrada. Mientras, los asesinos bajaban por el Camino de los Cañones con sus vehículos hacía Irache. Luego supimos que otra persona fue muerta en la campa cercana al monasterio. Aniano Jiménez Santos, un chico de Santander.
Estuve temblando un par de días. Al día siguiente hubo concentración y misa. Se repartieron unos brazaletes negros, aún lo guardo en una caja donde van los viejos recuerdos .
El viernes pasado me encontré con un familiar de Ricardo. “Fijate” me dice, “la noche anterior estuvo Ricardo de fiesta con sus amigos. A alguien se le ocurrió que se podía hacer una excursión a Montejurra. Ricardo estaba muy cansado y tenía muy pocas ganas de ir a ningún sitio pero al final se animó.” Cómo son las cosas. La mañana del 9 de mayo de 1976, con 19 años, Ricardo perdería la vida.
Dicen que para mayo va a haber actos recordando a Montejurra 1976. Bienvenidos sean, para que podamos honrar la memoria de los que murieron.
NOTICIAS DE NAVARRA
Jurramendi 1976 … eta hiltzen jarraitu zuten
Josu Chueca
Karlisten arteko liskar moduan saldu nahi izan zutena, egiaz estatu aparatuetatik antolatutako gerra zikina izan zen. 1976ko maiatzaren 9an Jurramendiko erasoan parte hartu zuten mertzenarioen lorratzari segitu diogu, Frankismoan bezala, Demokraziaren estoldetan ere aritu baitziren.

Argia.eus
Las sombras del sumario 1.847/76
Fermín Pérez-Nievas
El expediente abierto en Estella contra Márquez de Prado, Marín García-Verde y García Mouriño muestra muchos puntos oscuros e interrogantes que ahondan en las sospechas de que se preparó desde el Gobierno para acabar con un partido que hacía tambalear los cimientos del Estado y la Corona

“Las cosas no suceden porque sí, ni son puras casualidades. Hay unas causas concretas, unas responsabilidades precisas. En la cima misma de la montaña había un grupo preciso, a las órdenes precisas de alguien, con las armas en la mano, con el ánimo de disparar anunciándolo incluso (…) Todo tiene un trasfondo inmensamente más grave y esto es lo que necesita urgente y total clarificación. Nos tememos que los hechos de Montejurra sean sólo un síntoma y una macabra manifestación de un estado de cosas en esferas muy decisivas, que nos pueden llevar a la tragedia colectiva en cualquier momento. Es todo un pueblo sencillo el que reclama con vigor una libertad para todos, una reconciliación objetiva, unas instituciones democráticas, sin regateos y sin trampas”. Este testimonio es un fragmento de la homilía que se leyó en el funeral multitudinario de Ricardo García Pellejero, en Estella, en mayo de 1976.
‘guerra sucia’ Apenas transcurridos unos días de la tragedia del 9 de mayo, las palabras pronunciadas sonaron a una verdad que sólo un año después se fueron demostrando. El general José Antonio Sáez de Santamaría (general de brigada y jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil) confirmaría al periodista Santiago Belloch, en 1977, la participación del Estado en estos crímenes con una claridad y una impunidad que estremece. A su juicio, los primeros pasos del terrorismo de Estado del GAL se dieron en Montejurra. “Se adoptaron medidas tendentes a dar la impresión de que se trataba de una reconquista civil de los verdaderos requetés. Consiguieron que el gobierno Arias-Fraga tomase en consideración la propuesta de organizar la operación reconquista. Organizaciones de ultraderecha contactaron con miembros de la Internacional Fascista italiana, la Triple A argentina y otras similares”. De forma tajante Sáez de Santamaría sentenció que “la trama de esta operación es el primer paso de lo que constituyó el núcleo de operaciones de la llamada guerra sucia contraterrorista contra la transición”. Militares, partidos ultraderechistas, activistas violentos, mercenarios ultras extranjeros, miembros de las fuerzas de seguridad “operaron apoyados directa o indirectamente por los aparatos del Estado”.
De esta forma se entiende que nombres como los de Oriol y Urquijo (presidente del Consejo de Estado y exministro), el general Campano (entonces director general de la Guardia Civil), Rodolfo Almirón (integrante de la triple A argentina y más tarde escolta personal de Fraga), Augusto Cauchi, Emilio Berra Chacal, Stéfano della Chiaie o Jean Pierre Cherid (ultras que trabajaban para el Estado según señaló a Cambio 16 en 1984 el infiltrado en ETA Mikel Lejarza El Lobo) estuvieran presentes en Irache. También se comprende que el Gobierno Civil, a través de su secretaria pagara numerosas habitaciones, que Oriol y Urquijo hablara con el general Campano por teléfono tras los incidentes junto al monasterio de Irache (tal y como declaró el director del hotel), que los numerosos guardias civiles presentes no hicieran nada por evitar las agresiones o que la munición encontrada en la cima y las armas empleadas fueran del mismo calibre que las que usaba el ejército y fuerzas de seguridad del Estado. Son solo algunos detalles que apuntan a la participación de altas esferas del poder pero que al cerrarse el sumario 1.847/76 nunca se pudo evidenciar.
Al abrirse ese sumario, el juzgado de Estella atribuyó los delitos a autores desconocidos y fueron los abogados carlistas quienes consiguieron las fotos y elaboraron un dosier señalando a García-Verde. El juez les contestó que no sabía dónde vivía y de nuevo los abogados tuvieron que hacerse con su dirección en Huelva. Entonces ordenó su detención.
El jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, Sáez de Santamaría, reconoció en 1977 la intervención del gobierno Arias-Fraga
La Guardia Civil golpeó y retuvo durante un día a unos jóvenes que habían visto hombres armados en la cima del monte el
puntos oscuros Cuando José Ángel Pérez-Nievas, secretario general de EKA muchos años y abogado de las familias de los asesinados en Montejurra‘76 (Ricardo García Pellejero y Aniano Jiménez Santos), se metió hasta el cuello en una batalla judicial contra el Estado para que se les considerara víctimas del terrorismo (algo que consiguió en 2003 en que se les concedió 23 millones de pesetas), desde el Ministerio de Interior se le envió un informe en que se le señalaba que no existía en la Guardia Civil documentación de aquel suceso. “Al tratarse de zona rural la competencia habría correspondido a la Guardia Civil que debió instruir las diligencias oportunas. Actuaciones de las que no se dispone de ningún ejemplar, ni en los archivos ni en el Archivo de la Dirección General de Policía”. Reconocían que ambos aparecían en una lista de víctimas del terrorismo pero desconocían “en base a que criterio se estableció esa consideración” ya que no disponían de “documentación suficiente” para determinar si eran víctimas de un grupo organizado o de una lucha entre facciones.
Los aspectos oscuros de esta investigación han sido muchos y se han prolongado durante largos años. Cuando en 2000 solicitó por segunda vez la indemnización, la negativa que envió el Ministerio de Interior a Pérez-Nievas llevaba fecha del 5 de mayo de 2000, cuando la solicitud se había enviado en julio.
La ausencia de documentación en los archivos es especialmente relevante ya que la Guardia Civil tuvo perfecto, y directo, conocimiento de los sucesos desde el momento en que el general Campano fue informado la misma mañana por Antonio Oriol y Urquijo. Decenas de números observaron los enfrentamientos de los ultras armados contra carlistas, que se defendieron con piedras y bastones, y vieron la muerte de Aniano sin actuar. Además, cuatro jóvenes carlistas (entre ellos Fernando Javier Lezáun Herce y Fernando Puértolas Vega) que habían subido en la noche del sábado 8 de mayo a la cima de Montejurra para preparar los altavoces, fueron detenidos por la Guardia Civil cuando descendieron (les golpearon y amenazaron diciéndoles “en menudo lío os habéis metido ”y les preguntaron “¿sois de Sixto o de Carlos Hugo”?). Pasaron el domingo en los calabozos pese a que alertaron de que había personas armadas en Montejurra. En su declaración, tras los asesinatos, Lezáun dijo que en la cima vieron a “6 ó 7 hombres armados” que les pidieron una contraseña y les amenazaron con que si no se iban “les pegarían un tiro”. La Guardia Civil les enseñó unas fotos aéreas de días anteriores en las que se veían en la cima de Montejurra varios grupos de personas por lo que es de suponer que conocían la presencia de hombres armados. Los jóvenes carlistas fueron retenidos en los calabozos hasta el domingo por la noche en que les dejaron libres sin cargos.
La operación reconquista estaba tan organizada y preparada que el falangista Valero Bermejo (antiguo gobernador civil de Navarra), en una reunión de Falange en Alcubierre (cerca de Zaragoza) ese mismo 9 de mayo anunció que “en estos momentos se está reconquistando Montejurra”.
Tras los sucesos, lejos de detener a Sixto, el Estado, por orden de Fraga, le expulsó de España y sólo se juzgó a José Arturo Márquez de Prado, Francisco Carrera García y José Luis Marín García-Verde (el hombre de la gabardina) que finalmente fueron amnistiados. El 3 de abril de 1977 la revista La actualidad española entrevistó en su casa a Márquez de Prado, que estaba en libertad provisional. La publicación ya decía entonces que “como consecuencia de la amnistía jamas se pueda llegar al fondo de este negro asunto”. El acusado definió a Marín García-Verde, que disparó a quemarropa a Aniano, como “un santo varón, un hombre buenísimo que no disparó a matar” y respecto a la munición militar que apareció en la cima aseguró que “colocar la munición es muy fácil y está al alcance de cualquiera”.
Como señaló José Ángel Pérez-Nievas en una entrevista a DIARIOS DE NOTICIAS cuando se cumplió el 20 aniversario, “ya que no se hizo justicia, solo nos queda esperar que se conozca la verdad algún día”.
http://www.noticiasdenavarra.com/2016/05/08/politica/navarra/las-sombras-del-sumario-184776
40 años de Montejurra 76, un crimen tolerado por el Estado que trató de liquidar el carlismo socialista

Carlistas muestran su indignación ante la Guardia Civil por su inacción ante el ataque que están sufriendo por parte de individuos de extrema derecha.- PARTIDO CARLISTA

Portada de Cuadernos para el Diálogo
Los atacantes defendían al hermano menor de Carlos Hugo, Sixto de Borbón Parma, y trataban de recuperar el control sobre el movimiento carlista hacia el tradicionalismo político que esta corriente había defendido durante siglos. Pero los atacantes no eran carlistas o, al menos, no eran sólo carlistas. Además del oficial jubilado del Ejército, se encontraban entre los agresores numerosos militantes ultraderechistas extranjeros, fundamentalmente italianos y argentinos, vinculados a organizaciones de extrema derecha que habían cometido brutales atentados en sus países, tal y como recoge el periodista Manuel Martorell para Cuarto Poder.
El amplio despliegue de efectivos de la Guardia Civil y de la Policía Armada no sirvió para nada. Los agentes sólo intervinieron tras el ataque que costó la vida de dos personas y decenas de heridos. De hecho, Sixto Borbón-Parma en lugar de ser detenido para averiguar su implicación en los ataques fue escoltado hasta Francia por agentes de la Policía. La Justicia nunca inició una investigación rigurosa, los únicos tres detenidos fueron puestos en libertad meses después con la Ley de Amnistía de 1977 y Manuel Fraga, ministro de Gobernación [actual cartera de Interior] se limitó a señalar que se trataba de una fatídica lucha fratricida.
¿Quién armó a los atacantes?
El régimen utilizó la figura de Sixto y “la de algún otro antiguo carlista rodeándolos de conocidos fascistas españoles e italianos” para “dar un golpe de gracia al carlismo real”
Desclasificación de documentos oficiales
El Partido Carlista ha reclamado este fin de semana, durante el homenaje celebrado en recuerdo de los fallecidos en Montejurra, que los partidos políticos que optan a formar Gobierno se comprometan a desclasificar la documentación oficial y aclarar la participación del Estado en los sucesos que se cobraron dos vidas. En el homenaje participó la plataforma Ahora-Orain. EH Bildu y la Fundación Andreu Nin, tal y como informa Manuel Martorell para Cuarto Poder.
PÚBLICO
http://www.publico.es/politica/40-anos-montejurra-76-crimen.html
MANUEL MARTORELL

María Teresa de Borbón-Parma se acerca con unas flores al monolito dedicado a Aniano y Ricardo este sábado. / Manuel Martorell
El Partido Carlista ha aprovechado el 40 aniversario de los “sucesos de Montejurra”, ocurridos el 9 de mayo de 1976, para pedir a los partidos políticos con posibilidades de formar Gobierno tras las elecciones del 26 de junio que se comprometan a desclasificar la documentación oficial sobre esos hechos y, de esta forma, aclarar definitivamente el grado de implicación del Estado en un crimen que se cobró las vidas de Aniano Jiménez y Ricardo García Pellejero.
Se da la circunstancia de que, pese al generalizado convencimiento de esa implicación, a las numerosas evidencias tanto testimoniales como gráficas y a la gran proyección mediática que tuvieron, apenas han aparecido documentos oficiales que se refieran expresamente a esos acontecimientos.
Como se recordará, la investigación judicial fue abortada al aplicarse la ley de Amnistía de 1977 y el Gobierno reformista de Adolfo Suárez tampoco mostró el menor interés en abrir una investigación paralela sobre lo ocurrido. Precisamente, esta es una de las conclusiones de la tesis doctoral El carlismo militante. 1965-1980, presentada por el historiador Josep Miralles en la localidad navarra de Puente la Reina, también próxima a Montejurra, poco antes de celebrarse el homenaje a Aniano y Ricardo, junto al monasterio de Irache, al pie de la “montaña sagrada” del carlismo.

Retrato de Aniano Jiménez exhibido en la exposición conmemorativa de Estella.
El último trabajo de investigación señalando esta sorprendente ausencia de documentación oficial es el del periodista Ernesto Villar en su libro Los espías de Suárez, tras haber consultado numerosos informes internos del Servicio Central de Documentación (SECED), precedente del actual Centro Nacional de Inteligencia (CNI).
Ernesto Villar se muestra perplejo porque el SECED, que elaboraba continuamente informes sobre hechos sin importancia, se limite a decir que los sucesos de Montejurra fueron obra de “incontrolados” y que ocurrieron debido a una “falta de previsión”.
Aún resulta más sorprendente esta referencia a los ultraderechistas extranjeros cuando en la obra de Diego Carcedo sobre el general Sáenz de Santa María, entonces jefe del Estado Mayor de la Guardia Civil, se concluye que esos terroristas franceses, argentinos o italianos, algunos reclamados por sus países debido a su implicación en atentados con decenas de víctimas, comenzarían a trabajar para los servicios secretos españoles a partir de Montejurra 76.
Ernesto Villar también muestra su extrañeza porque el SECED diera más trascendencia política al Recital de los Pueblos Ibéricos, un certamen musical y folklórico celebrado ese mismo domingo 9 de mayo, o a una campaña reivindicativa de las asociaciones de vecinos de Madrid en esas mismas fechas, que a uno sucesos que tuvieron gran proyección nacional e internacional. Ante tan ilógica valoración, sobre todo porque Montejurra 76 fulminó la imagen “aperturista” del Gobierno de Arias Navarro y Manuel Fraga, el autor de Los espías de Suárez propone a los lectores de su libro que saquen sus propias conclusiones.

Retrato de Ricardo García Pellejero en la exposición de Estella.
Hay que recordar, en este sentido, que el SECED fue creado por el almirante Carrero Blanco, uno de los cerebros de la Operación Salmón para presentar al entonces príncipe Juan Carlos como sucesor de Franco con el título de rey. Tal elección supuso la neutralización de la actividad de los Borbón-Parma, abanderados del legitimismo carlista y sus seguidores, para los que la concentración anual de Montejurra era su principal acto político.
La petición a los partidos políticos para que se desclasifiquen los documentos oficiales fue realizada durante la ofrenda floral ante el monolito recordando a las víctimas mortales justo en el lugar próximo al cenobio cisterciense donde fue alcanzado mortalmente Aniano Jiménez.
En este homenaje, María Teresa de Borbón-Parma, hermana de Carlos Hugo, colocó entre lágrimas y ante la escultura de granito un ramo de flores, mientras tres dantzaris bailaban un aurresku de honor. Después, José Lázaro Ibáñez, en representación del Partido Carlista, pronunció unas palabras animando a los presentes a no olvidar lo ocurrido y planteó la necesidad de desclasificar la documentación oficial sobre este asunto.
Varias asociaciones y partidos se han unido a estos homenajes, entre ellos la plataforma Ahora-Orain, EH Bildu y la Fundación Andreu Nin, que en un comunicado recuerda el compromiso del Partido Carlista en aquellos duros años “en la lucha por las libertades democráticas, los derechos de las nacionalidades y la autogestión”.
Los carlistas también han aprovechado este homenaje para anunciar su intención de entrevistarse con Francisca Sauquillo, nombrada por el Ayuntamiento de Manuela Carmena para aplicar la ley de la Memoria Histórica al callejero de Madrid, tras el escándalo provocado por incluir en la lista de nombres que no son franquistas, como ocurre con la calle dedicada a Montejurra.

Pancarta colocada por militantes carlistas en el lugar donde ocurrieron las incidentes. / Manuel Martorell
El valor simbólico de esta montaña para el carlismo se debe a las guerras civiles del siglo XIX, en concreto a una importante batalla ganada en 1873. Durante la dictadura, este emblemático lugar fue utilizado por el franquismo para atraer a los partidarios de Javier de Borbón-Parma y Carlos Hugo, precisamente porque se oponían a su régimen pese a haber participado en la Guerra Civil dentro del llamado “bando nacional”. Algo parecido ocurre con la figura de Vázquez de Mella, pensador carlista que también fue utilizado por el Gobierno de Franco, aunque había fallecido en 1928, es decir, una década antes de que el general se hiciera con el poder absoluto.
Se da la circunstancia de que, al final de la dictadura, los abogados carlistas mantenían una estrecha colaboración con los del Partido Comunista, incluidos los del despacho de Atocha, al que estaban asociadas tanto la actual alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, como Paquita Sauquillo, cuyo hermano Francisco Javier trabajaba en ese despacho.
Es en este sentido muy significativo que fuera uno de esos abogados procedentes del carlismo, Luis Menéndez de Luarca, el primero en dar la voz de alarma de la “matanza de Atocha” el 24 de enero de 1977 cuando, al acceder al despacho, se encontró con el escenario de la masacre perpetrada por un comando ultraderechista, en la que fueron asesinados cinco de sus compañeros, entre ellos el hermano mayor de Francisca Sauquillo.
JAVIER CUBERO DE VICENTE
MONTEJURRA, UNA MEMORIA INCOMODA
En la Historia de los pueblos hay hitos colectivos que son siempre terriblemente molestos para los caciques de ayer y hoy, porque nos recuerdan tanto a los de arriba como a los de abajo que no solamente son las elites las que hacen la política, y por tanto la Historia.
En ocasiones las masas irrumpen inesperadamente en la vida pública con tal fuerza que es quebrado el juego institucional de las diferentes fracciones del establishment oligárquico. Por eso las narrativas historiográficas que se articulan en cada «presente» al servicio de los poderes dominantes tienen como finalidad el silenciar y tergiversar esos luminosos momentos en los que las clases populares se ponen en movimiento reclamando voz propia como sujetos protagonistas de su propia Historia.
Así a pesar del tiempo transcurrido Montejurra no es ni puede ser un lugar neutral en nuestro pasado. Durante la Tercera Guerra Carlista, en la famosa batalla de 1873, de la cual arranca la relevancia política de este monte guardián de Lizarra, unos voluntarios hijos del pueblo trabajador derrotaron a las fuerzas invasoras del Ejército regular. Tal vez a modo de anécdota se podría señalar que uno de los generales liberales participantes en aquellos combates fue Fernando Primo de Rivera, primer marqués de Estella por concesión del llamado Alfonso XII, mientras que entre los aldeanos victoriosos seguramente se encontraría el padre minero de Dolores Ibárruri. Difícilmente se puede entender aquel cuadro histórico sin recoger las complejas dimensiones de clase y nacional del conflicto.
Detrás de las banderas legitimistas de la Causa de Don Carlos VII lo que latía era la resistencia atávica de toda comunidad indígena a la imposición forastera de nuevas formas de explotación capitalista y de opresión nacional. El supuesto «progreso» liberal no fue más que la modernización autoritaria del sistema de relaciones sociales y políticas, al precio de cortar las raíces de las clases populares y hundirlas en la miseria. Los neoliberales actuales, que a nuestras espaldas están negociando los tratados de libre comercio, son dignos herederos de sus antecesores. Es normal que se sientan incómodos ante cualquier planteamiento que amplié nuestra visión colectiva de los procesos históricos.
La derrota militar del Partido Carlista en 1876 implicaría el inicio de su lento declive. El desarrollo imparable de formas más modernas de vida social supondría su progresivo desplazamiento como vehículo de la protesta popular en beneficio de nuevos actores: los nacionalismos periféricos y el movimiento obrero. Sin embargo el viejo legitimismo fue capaz de mantener su personalidad política en permanente conflicto con el régimen de la Primera Restauración Borbónica. Lamentablemente, desorientados por una modernidad que no comprendían, los «requetés», condicionados tanto por la manipulación clerical de la derecha integrista como por la torpeza anticlerical de la izquierda adanista, serían conducidos más tarde en nombre de la religión católica a una guerra que no era la suya, y de la que en cambio saldrían reforzados sus seculares enemigos.
Es una pauta común en muchos relatos históricos concluir ahí el capítulo final del carlismo insurgente. Este criterio, hegemónico primero con la dictadura franquista y después con la monarquía neoliberal, no tiene nada de inocente. Más allá de los discursos oficiales, diseñados en función de los intereses de los ocupantes de los palacios madrileños de El Pardo o de La Zarzuela, la realidad es que el pueblo carlista despreció profundamente a aquellas «personalidades tradicionalistas» que aceptaron el Decreto de Unificación, o que en sucesivas deserciones, reconocieron a Don Juan de Borbón, o a su hijo Juan Carlos. Sus postulados legitimistas, sociales y forales eran totalmente incompatibles con el estatalismo fascista de reciente importación como con la mil veces maldita dinastía «usurpadora».
Los carlistas, bajo el liderazgo dinástico de la familia Borbón Parma, especialmente de Don Javier y de su hijo Carlos Hugo, no solamente reconstruyeron su estructura organizativa al margen del totalitarismo falangista del partido único, sino que se implicaron en los movimientos unitarios de la oposición democrática, como las luchas universitarias contra el SEU o las primeras Comisiones Obreras. Montejurra, donde todos los meses de mayo se desarrollaba una concentración anual, volvería a florecer como un foco de oposición incomoda. El acto memorialístico, sin perder su significado original, se convertiría en un mitin político, en el cual los estudiantes y los obreros carlistas tomaban la palabra y reivindicaban la mayoría de edad del pueblo para decidir su futuro. Habían entendido que el mejor homenaje a los que ya no están, no es otro que el continuar la Lucha.
De esta manera tras un profundo y largo debate interno de renovación ideológica, impulsado por la militancia de base, adquirió forma un proyecto revolucionario fundamentado en la democracia participativa, el socialismo autogestionario y el federalismo plurinacional. Desde nuestro particular «aquí y ahora» puede resultar extraña esa evolución. Pero no lo es en absoluto si atendemos tanto a las claves históricas del carlismo como al proceso de recomposición estructural del paisaje social que se produce durante esos años. La comunidad tradicional, rural y agropecuaria había dejado paso a la sociedad moderna, urbana e industrial. En muy poco tiempo cambiaron muchas cosas, y de hecho hasta la propia Iglesia católica inició una apertura a la modernidad con el Concilio Vaticano II.
El «aggiornamento» de Montejurra representaba lógicamente un desafío para los planes sucesorios del franquismo, y el Partido Carlista, como la CNT anarcosindicalista y tantas otras fuerzas populares, fue situado en la diana de la política del terror. Si en el siglo XIX el Gobierno de Madrid utilizaba la Guardia Civil para perseguir a los guerrilleros carlistas, ahora disfrazaría a guardias civiles de «requetés» para agredir a sus herederos en la tristemente conocida jornada de 1976. El sumario judicial sería cerrado en aplicación de la ley de Amnistía, mientras tanto al Partido Carlista se le negaba la legalización impidiéndole participar en las primeras elecciones generales a Cortes. La trama terrorista, que atravesaba el aparato estatal desde las cloacas hasta las más altas instancias, nunca sería investigada. La impunidad de los asesinos fue total. Durante años Gesto por la Paz y la Asociación Victimas del Terrorismo se negarían a incluir a Ricardo y a Aniano en sus listados, lo cual dice mucho sobre la pretendida neutralidad de estas entidades. Todo esto forma parte de esa otra cara de la Transición, cuyo recuerdo lógicamente aún resulta incomodo en las habitaciones de La Zarzuela.
Lo que en un principio no es tan lógico es que desde la dirección del museo de Historia del Carlismo, de Lizarra, que no olvidemos que es de titularidad pública, se impidiera a la Fundación Amigos de la Historia del Carlismo la organización en su recinto de una charla con motivo de los 40 años del crimen de Estado. Pero si atendemos al tratamiento que en ese museo se hace de la Historia carlista, ignorando o marginando aspectos esenciales, todo encaja. La finalidad no es otra que la potenciación de un relato estrictamente positivista, estructurado alrededor de una categoría de «Contrarrevolución» que tiene mucho de ideológica y nada de científica.
Actualmente los actos de Montejurra continúan celebrándose, gracias a la firmeza de la sacrificada militancia del Partido Carlista, que pervivió desde la Transición en condiciones extraparlamentarias. Pero Montejurra no es el símbolo privativo de un partido político, sino que representa un capítulo imprescindible de la larga marcha de los pueblos en su emancipación social y nacional.
NAIZ
http://www.naiz.eus/eu/iritzia/articulos/montejurra-una-memoria-incomoda








