“Emakume Abertzale Batza” fue una organización inspirada en el “Cumann nan nBan” del nacionalismo gaélico irlandés. Es el año 1921. “Aberri” continúa la línea aranista frente a la Comunión Nacionalista Vasca, el sector posibilista y pragmático del nacionalismo jeltzale. Este segmento, influenciado por Campión y las ideas pactistas de la Asociación Euskara de Navarra, pretende mantener el pacto entre la coroan y los territorios forales, asentandose siempre en la diferencia cultural de Vasconia, vinculada al estado federal en la persona del monarca pero autogobernada por sus leyes autóctonas. Una vez más, florece el ideal pactista de Iturralde y Suit, quién cimenta el self-governement vasco-navarro en el derecho de sobrecarta o pase foral. Estas nociones se observan con cierta nítidez en la relación de Engracio de Aranzadi “Kizkitza”, antiguo miembro del Partido integrista, con los euskaros o fueristas pamploneses que articularon el renacimiento cultural vernáculo tras la abolición foral de 1876.
En contraposición, el núcleo de “Aberri”, personificado en torno a los ideales de Elías de Gallastegui, se inspira en el Sinn Fein. La sociedad patriótica femenina se fomenta en una estructura sociológica en la cúal predomina una pequeña burguesía marcada por el desencanto de la abolición foral de 1876. En el sustrato, predominan adolescentes de raigambre carlista, como Miren Nekane Legorburu o Polixene Trabudúa. La sorpresa salta cuando aspiran a la independencia desde el satyagraha del Mahatma Gandhi; es decir, a la movilización de la sociedad desde la no-violencia y la resistencia al mal. Ramón de la Sota Aburto, “Txanka”, continuaría este referente ético en la época de la segunda república, con el Jagi-Jagi, un grupo juvenil excindido de la línea autonomista y demócrata-cristiana que personifica José Antonio Aguirre.
¿Por qué no se consolidó este referente ético? Otra pregunta debemos hacernos ¿Cuál es la razón de la poco fructífera extensión de las ideas de John Ruskin, Leon Tolstoi y el Mahatma Gandhi en las Vasconias aquitana e ibérica? Era un referente ético que necesitaba de carismas forjados en la mística del combate contra el mal, liberando simultáneamente al opresor y al oprimido. En efecto, había que liberar al inocente; simultáneamente, también al tirano. Entonces, al racista, al codicioso, habría que reeducarlos y hacerles comprender que su felicidad estribaba en autorealizarse como personas, en convivir con los demás, en no cuasificarlos. Y ponía en evidencia que los omnipotentes son brutales porque a su vez, tienen miedo del “diferente”, del mestizo, del “otro”.
Es un esfuerzo titánico. No cabe duda que es más asequible plntarse un combate entre buenos y malos. Por ejemplo, ellas comentaban que la sociedad vasca sería libre el día en que todos los ciudadanos estuviesen dispuestos a ir a la cárcel libremente y de propia voluntad. Se inspiraban en la “Marcha de la sal”, promovida por los no-violentos en la India hacía 1930 frente al poder colonial anglosajón.
“Emakume Abertzale Batza” se volcó en esta iniciativa. A su entender, su pueblo quedaría libre el día en que los emancipadores estuviesen dispuestos a dejar sus puestos de trabajo en las instituciones académicas, en las organizaciones bancarias o en el servicio postal dependiente de la metrópoli, que para ellas era Madrid. Esto suponía privilegiar la liberación ética de la persona por encima de las libertades ideológicas. Un funcionario no podría más que ponerse nervioso. Es muy fácil hablar, pero otra cosa es el sacrificio personal. Al patriotismo le sucede lo mismo que a los piadosos fundamentalistas, a los conservadores dotados de un alto sentido moral o a los progresistas. Son formas farisaicas que pueden envolver el egoísmo del corazón. Son actitudes basadas en el mérito externo o en la grandilocuencia moral, pero que no se comprometen. Se percibe una diferencia entre amar a la patria, que a veces exige renuncias, y el odiar a la patria del prójimo, lo cuál es siempre de bajo coste. “Una cosa es predicar, otra es dar trigo”, que diría la sabiduría clásica de los ancianos.
A veces, los patriotas se aman a sí mismos. Esa puede ser una de las razones de la minoridad en la que se encontrara todo aquel sector que insista en la ética, frente al poder, de los que mandan, o bien respecto a las ansias de dominación de los que quieren sustituir a los que gobiernan. Camus ya alertaba cuando decía que la patria es muy importante para dejarla en manos de los patriotas.
La ética de “Emakume Abertzale Batza” fue continuada posteriormente por su mentor, Gallastegui, quién hablo de la emancipación social de los humildes, la cuál, si faltaba, hacía inútil la independencia. Una sociedad nueva, donde se repitiesen los moldes de explotados y levitas, de criollos e indígenas, no traería la dignidad de los sencillos, de los harisjans que no faltan en el mundo. Si la dignificación social y económica de la persona no se perfila en una nueva comunidad, el patriotismo, entienden las jóvenes vascas seguidoras de Gandhi, la descolonización o la soberanía fronteriza pueden carecer de sentido. O aún peor, adecuar el terreno a novedosas formas de opresión. No habría liberación política o territorial sin emancipación de la persona. Y si la liberación política se haría mediante la violencia, utilizando los mismos medios del sistema metropolitano, nos encontraríamos un sistema político enraízado en la injusticia. Se cambiaba de blasón, pero el mal radical, seguiría obstaculizando la felicidad de los hombres y mujeres con los vicios e injusticias del sistema que se deseaba substituir.
Estas ideas no-violentas del “Emakume Abertzale Batza” han sido, digámoslo con franqueza, olvidadas. Y esto merece se desentrañado. ¿por qué fueron desechadas estas ideas no-violentas? Evidentemente, la realidad política española y europea, el desarrollo de los conflictos, nos explican esas causas. Pero no en su suma totalidad.
Tras la conclusión de la guerra civil en 1939, se siguió otro camino. En uno de los discursos de su incipiente carrera política, el escritor Jose Luis Álvarez Enparantza, “Txillardegi”, llamó a romper con los legitimismos carlista y republicano. “Txillardegi” rechazaba el legitimismo por su carácter perjudicial a Vasconia. Según él, el excesivo apego a la legalidad había llevado a un callejón sin salida, representado en don Carlos durante las guerras carlistas y por el apego a la segunda república con José Antonio Aguirre. Los jóvenes que le seguían objetaron del régimen republicano y de la autoridad de Leizaola. Pero ETA, en sus inicios, citaba a Tomás de Aquino. En posteriores décadas, Joxé Azurmendi rechazaba el legitimismo democrático. Este autor opinaba que no tiene sentido que la sociedad vasca se comporte democráticamente cuando los críticos de la autonomía no lo hacían y la democracia no garantizaba su respeto.
Se detectaba otra corriente de pensamiento, influenciada por el vitalismo de Nietzsche, para quién la democracia sería el gobierno de los hipócritas y de las mentes débiles, no creativas, quiénes tratan de reducir al líder-poeta a la altura de su estulticia moral. Y sustituirla por la igualdad roussoniana y la moral remuneradora del paraíso. Es una apelación a vivir la vida sin la metafísica de la alternativa en otra vida. ¡Dios ha muerto!, clama Nietzsche, pues lo han utilizado para destruir las ganas de autonomía en el ser la persona o silenciar al creador de valores. Habría que atreverse a mostrar la moral del samurai, del señor, frente a los sumos sacerdotes del oscurantismo. Si en el filósofo alemán, la caridad es la excusa del débil para someter al forjador de valores; en el profesor Azurmendi, a su vez, se percibe un cansancio respecto a la democracia. Y estima que este régimen de convivencia se somete a los subterfugios de los que no desean la libertad. Lo que aplicado a su comunidad, podría interpretarse como una sugeriencia para que los ciudadanos vascos se olviden del respeto a las instituciones. La democracia no nos entiende, por lo tanto, dejémosla, asiente. Había que intentar otra vía.
¿No hay una apelación última a la razón de Estado que propugnaba Maquiavelo? Los intereses de la nación por encima de la ética. Joxe Azurmendi plantería el relativismo ético. Frente al poder central, había que abandonar toda noción ética de humanidad. Si el gobierno actúaba con injusticias, la realidad posibilitaba toda violencia. Esta no era estigmatizada, sino que era sacralizada. Como en el nacional-catolicismo, la santa violencia se vinculaba adquiría cierto estatus.
Hubo otra alternativa que se recreo en una mirada heterodoxa del pasado, que no es integrista, sino revolucionaria. Francisco Letamendía, “Ortzi”, definió la brujería vasca como la resistencia de la mentalidad campesina. Kermen Ortiz de Zárate amalgamó a todas las corrientes espirituales vascas opuestas a la contra-rreforma en un nativismo nacional vasco. Frente al etnicismo de los hermanos Arana -Goiri, Federico Krutwig privilegió la cultura lingüística.
Krutwig, autor de La Nueva Vasconia, afirmó que era una pena que los carlistas no hubiesen sido protestantes. Entonces, las carlistadas, que crearon una conciencia muy fuerte pero no nacionalista, habrían sido un abismo entre España y Euskalerria. De hecho, Krutwig, culturalista y poco enamorado de confesionalidades estatales, atacó a Arana-Goiri por decir que si un castellano aprendía vasco, habría que guardar cuidadosamente esa gramática y archivarla. Sabino Arana, es cierto, creía que le lengua era un eje de diferenciación, no de identidad. Krutwig, enfadado, afirmaría que los carlistas al confesar su amor a España en euskera eran mejores vascos que los abertzales cuando afirmaban su amor a Euzkadi en castellano. No hay indigenismo vasco, pero si rituales dentro de la izquierda abertzale que recuerdan las paginas del indigenismo andino de José María Arguedas. Jon Juaristi coindicidiría con Krutwig desde el desencanto de las armas. Recordaría su sentimiento de artificiosidad, él, etarra urbanícola, como se autodenominaba en “El Bucle meláncólico”, ante sus compañeros de los “Gac-Grupos de Acción Carlista”, ya que según él, esos sabotadores carlo-maoístas de Azpeitia y de Azkoitia sabían jugar en el frontón como demonios, bailaban el aurresku con sutileza y hablaban sólo en euskera, mientras que Juaristi únicamente se expresaba en castellano. De un modo u otro, parecía que en los escritores vascos alentaba el espíritu de Resurrección María de Azkue, a quién por pudor nunca hemos deseado encasillarle políticamente, ya que su genio pertenece a la sociedad, no a los intereses partitocráticos. Pero Azkue era jaimista, de la misma manera que el reverendo Wentworth Webster era anglicano, lo cuál le eclipsó ante Jose Miguel de Barandiarán, integrista. Esa sensación de no haber acertado explica esta búsqueda de alternativas. Ya lo decía un humanista del renacimiento clásico del cristianismo del siglo XVI, Erasmo de Rotterdam, en su adagio “dulce es la guerra para el inexperto”. Quién ha saboreado la guerra, no la desea. Más para quién esta agotado de la violencia, de la propia y de la ajena, ha llegado la hora de tirar las armas. De ahí surge el desprecio de Juaristi por Telesforo de Monzón, debido a su insistencia en acompañar a los caídos con funerales, realidad de la que se quejaban mis alumnos indígenas, ya que, aducían, a nuestros hermanos el ejército peruano les levantó monumentos pero no les dio becas para estudiar.
En este ambiente, se gestó otra forma de combate. Ni Mahatma Gandhi, ni Martin Luther King, ni Lanza del Vasto u otras formas de resistencia y lucha pacífica contra el mal se vislumbraron en Vasconia. Se optó por el modelo argelino, no por el modelo de Clara y Fracisco de Asís. ¿Salimos ganando? El historiador no juzga, no condena. La violencia nada resuelve. Pero quién se erigirá en juez de la juventud femenina centroaméricana que se enrola en la guerrilla, no ya en busca de un mundo mejor, sino quizás con el objetivo inconfesado de morir en dignidad los últimos días de su vida, ya que la autoridad patriarcal en la familia o la falta de horizonte desespera hasta a los corazones más templados.
Por esta razón, no podemos afirmar qué es lo mejor, interrogante moral al que han tratado de responder los escritores Floren Aoiz y Ioseba Eceolaza en las páginas de Diario de Noticias en diciembre de 2013. Lo único que podemos hacer es describir la realidad.
Lucien Febvre en El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelois, comentaba que la historia debe ser presentada como un problema ético a dilucidar. Y lo que aconsejaba el fundador de “L’école d’Annales” nos lleva al sufrimiento de los inocentes. Los mestizos, los mulatos, los indígenas o los zambos, que mueran en las guerras patrióticas. Los potentados, que queden recogidos en sus dulces mansiones. El párroco de una villa navarra no dejaba de actuar con este sentido. E incluso la violencia tiene sus niveles, y se puede utilizar para fomentar más violencia. Por ejemplo, mi director de tesis, Olábarri, comentaba que la violencia de ETA era una simplicidad frente al aborto. Que una familia decida por esa solución por salvar la vida de la gestante no es lo mismo que la lucha armada. No podemos condenar; sí lamentarnos. En las Vasconias cispirenaica y continental no hemos contado con unas conciencias y unos corazones como los de Nelson Mandela o los del arzobispo Desmond Tutú. La historia no hace futuribles, no obstante. Solo puede educar en la paz o evitar le sacrificio de los inocentes a manos de los moralistas que se lucran de la trata de personas, fomentan en sus empresas la fabricación de bombas de racimo o expulsan de sus colegios a una estudiante por ser madre soltera. Sin ser del “Emakume Abertzale Batza”, las ancianas de la pamplonesa Plaza de la Cruz hubiesen aseverado aquella máxima popular “de dinero y santidad, la mitad de la mitad”. La jóvenes de Emakume se adelantaron a su tiempo. Y los brahámanes de toda época y de todo patriotismo cimentado en “desfiles, tambores y trompetas” seguirán excluyendo a los intocables, a los harijans de cualquier condición o cultura, salvo cuando toque llamar a la muerte.
Cuidemos, eso sí, el peligro del anacronismo. Ahora sería fácil, tras tanto sufrimiento en tantos bandos y en enfrentamientos de toda índole, culminar con un panegírico del “Emakume Abertzale Batza”. Aún así, a pesar de nuestras matizaciones, la realidad parece darles la razón. Lo que pregonó la juventud femenina vasca a través de la recuperación del folklore vernáculo y de las protestas no-violentas ha sido una realidad en el período de la post-guerra.
No encontraremos otro mejor testigo de la desilusión que genera una independencia sin renovación social que en el escritor Frank” McCourt. En su delicioso y melancólico relato, Angela’s Ashes & Las cenizas de Angela, retrata su infancia miserable en el seno de un coercitivo sistema religioso como el desarrollado por ciertos catolicismos irlandeses. Se huele una atmósfera de frustración social, frente a Eamon de Valera o ante los maestros que inculcan al idea de morir por Irlanda en holocausto. En la clarividencia que da la rabia, se escucha la voz de ex-voluntarios del IRA, quiénes piensan que estaban mejor con los británicos. Sólo un profesor, un franciscano, un combatiente irlandés de la primera guerra mundial y un dominico dan una nota de esperanza, la cuál pasa por marcharse a los Estados Unidos
Desde el humor de la litaratura bíblica, un escritor judío, sefardita, nos narra esa misma desilusión respecto a la política nacionalista cuando esta se separa de la coherencia para convertirse en un trampolín de ascenso sobre los demás. En su tierna novela, Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias, Angel Wagenstein nos inserta en la conciencia de un sastre hebreo, natural de Galitzia, que antaño situaríamos en el Imperio Austro-Húngaro. Actualmente forma parte, dividida, como la Navarra aquitana y la Navarra ibérica, de las repúblicas de Polonia y Ucrania. Ese artesano de su oficio, Isaac Blumenfeld, deja de ser súbdito del Imperio para ser ciudadano polaco. Más tarde, con el pacto nazi-soviético entre Von Ribbentrop y Molotov, pertenecerá al Tercer Reich. Posteriormente, a la Unión Soviética. Termina como austríaco. ¿Cómo concluye? Añorando aquella estructura federal de la monarquía habsburga, donde se respetaba hasta la libre conciencia de elegir religión, pues en el ejército imperial, el soldado tenía a su disposición desde capellanes judíos hasta reverendos adventistas. Según su socarrón comentario, en aquel mosaico cultural sólo faltaba un lama tibetano.
Esa actitud pacifista maduraría en la juventud femenina vasca la idea de utilizar el arte dramático para concienciar sobre la injusticia. Las reflexiones sobre la falta de libertad lograrían fermentarse mediante la canalización no-violenta de la protesta. No es casual que las jóvenes patriotas utilizasen el teatro para divulgar su sentimiento pacifista. ¡Por fin alguien que no piensa en cruzadas! La literatura ofrecía modelos cívicos que no se encontraban en una historia vasca al servicio de la corona de Castilla. Pedro Mari era una obra teatral que recogía la peripecia de un baztanés desvalijado de sus pertenencias cuando marchaba a hacer las Indias. Es enrolado en el ejército, lo cual contraviene a los códigos forales. Se unía a la indignación un hálito de amanecer, ya que el joven será ajusticiado por desertar. Más lo que había acontecido se debía a la curiosidad. Las tropas francesas hablaban su lengua autóctona. Era el descubrimiento de la existencia de navarros al otro lado del Pirineo. El pacifismo vasco-navarro empezaba su itinerario. Con una contradicción. El autor de Pedro Mari no era un aberriano, sino un miembro de la confesional, burguesa y hasta monárquica Comunión Nacionalista Vasca, la odiada, la pérfida Comunión que acogía a los monarcas en las playas del litoral vasco o que condenaba la sublevación de la primavera de pascua por Peatrick Pearse en Dublín. Se trataba de Arturo Campión, hombre poco amante de guerras, pactista y federalista debido al fuerismo que aprendió de Iturralde y Suit. Este escritor, con Yan-Pier, había dado muestras de su pacifismo, al contarnos el lamentable retorno de un vasco-francés enrolado en las tropas galas durante la primera guerra mundial. Sólo las preces en lengua vasca por parte de una religiosa belga dejaban de lado esa tristeza, similar a la del republicano Jean-Baptiste Elissamburu, quién en Solfereinoko-Itsua & El ciego de Solferino, también recurre, esta vez a través de la poesía, a la desesperación que anida en el corazón del justo obligado a combat¡r en guerras injustas. ¿Injustas por ser guerras, o por ser realizadas en patrias ajenas? La diferencia no es más que sutil. El ciego de Solferino presenta las trazas del betsolarismo, unida al desgarro del voluntario ciego, arrinconado en el hogar, que se ha olvidado de reír, pues ya no recuerda el mirar, ya ha olvidado el color de las cosas. Dureza que solo compararíamos al poeta César Vallejo en España, aparta de mí este cáliz. La historia es más real que cualquier intento de compartimentarla. En el debate sobre el monolito de Amayur de 1921, Ignacio Baleztena Azcárate, jaimista, compararía a los agramonteses refugiados en la fortaleza en 1521 con el sacrificio del alcalde irlandés de la villa de Cork, fusilado por las tropas del Reino Unido.
Es a partir de los paradigmas construidos por las emakumes secesionistas y el pactista navarro, cuando empieza a fermentarse el pacifismo. Pero siempre ha habido hombres de paz. Txirrita, el bertsolari carlista, diría que prefería las sardinas rancias de la paz a los chuletones de buey de la guerra. Los bertsolaris son gente sabia.
La ética, se suele comentar, no mejora el mundo. Un profesor de la universidad de la Rioja, del Biltzar Tippia de Euskadiko Eskerra, afirmaba que nunca acudiría a ver el museo Thyssen. Consideraba que estaba emprendido con el expolio de los judíos por parte de la Gestapo. Esa actitud no redime a los perseguidos de su asesinato. No. Mas si que impide a la propia persona disociar la justicia de la vida cotidiana. ¡Claro que no se resucita al asesinado por acudir a un museo! Pero impide que la persona claudique ante lo que Kant llamaba el mal radical.
Voltaire ya había sugerido que los auténticos patriotas se contentan con su tierra y la quieren como es, sin “lebensraun” o empresas de engrandecimiento territorial. Al estilo de Rousseau y su apología de la Condeferación Helvética, los patriotas son humildes, decía Voltaire. Los que sueñan con imperios, no aman su tierra, sino que son ególatras que se reverencian a sí mismos a través de una patriotismo que es la proyección psicológica de su narcisismo. “Emakume Abertzale Batza”, en cambio, auspiciaba el sacrificio de la propia profesión y relegaba la proyección personal del individuo en beneficio de la comunidad.
En el regeneracionismo vasco, la sociedad estaba por encima del estado. De un modo u otro, respondían a las necesidades del momento con ese talente pesimista, algo derrotista, de la generación del 98. No están lejos de Baroja, Costa y Ganivet. Ni siquiera en su derrotismo. Por eso discrepaban del historicismo de los euskaros de Pamplona. Creían que solo desde la sencillez se podía hacer patria. Y los receptores eran los humildes, no los portavoces de una clase social que se estimase superior.









