“Me niego a que no me ubiquen en el catalanismo. Si a mi abuela le dicen que su nieto no es catalanista, le cogería un ‘cubrimiento’ (sic) de corazón”. Estas dos frases, que por su construcción gramatical en labios de un diputado provocan vergüenza ajena, las pronunció Maurici Lucena días atrás en el Parlamento de Cataluña. Tan errónea y confusa es esta construcción verbal, que al final resulta imposible saber si la persona de la que habla está viva o muerta. No importa, sin embargo. En ambos casos se trata de una persona víctima de un engañador. Un timador que no sólo se hace pasar por lo que no es, sino que llega a creerse su propia impostura hasta caer en el patetismo. Un poco como Bela Lugosi, que murió convencido de que era el conde Drácula.
A Maurici Lucena le habrán dicho que para engatusar a la gente no hay nada como creerse las propias mentiras y sigue el consejo tanto como puede. Pero no tiene éxito. Si lo tuviera, no debería ponerse delante de un atril para decir las cosas que dice. El señor Lucena dice, por ejemplo, que es “catalanista de toda la vida”. Y mientras lo dice no se da cuenta de que, si de verdad lo fuera, no le haría falta decirlo. ¿Acaso le hace falta a Montserrat Carulla, por ejemplo, declararse catalanista? ¿Y el doctor Broggi, qué necesitaba? ¿Cómo es que el señor Lucena necesita hacer proclamas sobre sí mismo en este sentido? ¿No se le ha pasado por la cabeza que si no fuera españolista no necesitaría ponerse en ridículo negando la evidencia?
Por suerte, el catalanismo no tiene nada que ver con Maurici Lucena ni con su partido. Si el catalanismo se rigiera por los parámetros ideológicos de Maurici Lucena y Pere Navarro -otro gran catalanista- y de la delegación catalana del PSOE, ya haría tiempo que Cataluña, nacionalmente hablando, estaría muerta y enterrada. Un catalanista, digámoselo al señor Lucena, es un catalán que no admite para Cataluña ningún otro estatus que no sea el de una nación libre y soberana, que es el estatus de las naciones adultas con voz y voto en las Naciones Unidas. El señor Lucena tiene derecho a pensar como quiera, claro. Incluso puede intentar engatusar a tanta gente como pueda. Pero es un espectáculo muy lamentable ver que llega al extremo de engañarse a sí mismo para apaciguar la mala conciencia que le genera su visión hispanocéntrica del mundo.
De pronto, él y su partido se dan cuenta de que el término ‘federalista’, que habían encontrado como antídoto contra la disonancia cognitiva que sufren, ya no funciona y se desesperan. Se les marchan los votantes, se les marchan los militantes, se les marchan los alcaldes, se les marchan los concejales, se les marcha todos… Incluso, muchos de los que todavía no se han ido les dicen que sobran. Y mira por donde, quizás tienen razón. Ningún catalanista tiene razón alguna para estar en un partido españolista. La prueba es que los socialistas, a lo largo de los últimos treinta años, durante los cuales han gobernado bastante tiempo en Madrid, no han hecho absolutamente nada para convertir España en un Estado federal. Nada de nada. Ni siquiera han suprimido el artículo 145.1 de la Constitución española, que prohíbe la federación de los Países Catalanes. Toda una declaración de principios: federalistas que prohíben federarse.
Llegados aquí, digámoslo claro: el PSOE de Cataluña no es federalista ni es catalanista, es un partido nacionalista español, porque su nación es España y su capital es Madrid. Y el fin de la ambigüedad en Cataluña le ha herido de muerte, porque la ciudadanía, en el telón de la transición nacional, le ha pillado desnudo, y, para vestirse, no ha encontrado más ropa que los harapos de la caverna. Esta, por tanto, es la realidad: entre el derecho de decidir y el nuevo franquismo, el PSOE de Cataluña, con Pere Navarro y Maurici Lucena a la cabeza, se ha alineado con el nuevo franquismo. Es decir, con el PP, Ciudadanos y Plataforma por Cataluña. Vaya “cubrimiento” de corazón el que tendría la abuela del señor Lucena, si alguien se lo dijera.
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