El referéndum sobre la independencia de Cataluña se ha de celebrar antes de que Escocia haga el suyo. Hacerlo más tarde no es nada recomendable por varias razones. Veamos algunas. De entrada, a pesar de la subordinación de Escocia al Reino Unido, es sabido que Inglaterra nunca ha llegado al paroxismo aniquilador de Castilla con Cataluña. Esto ha hecho que, al menos en el terreno simbólico, Escocia y su personalidad nacional sean mundialmente reconocidas y que los escoceses no hayan encontrado ningún problema a la hora de situar a su país en el mapa; justo al contrario de los catalanes, que hemos tenido que explicar un montón de cosas para que nuestros interlocutores exteriores nos identificaran. Y, a menudo, ni siquiera así lo hemos conseguido. Ahora mismo me viene a la cabeza la anécdota vivida por el estimado Tísner en Australia, cuando era joven, al explicar largamente a un canadiense y a un holandés que era Cataluña. Les habló de la historia de Catalònia, de la lengua de Catalònia, de la cultura de Catalònia… hasta que, de repente, cuando ya creía que lo habían asumido, el holandés le dijo: “¡Ah, ya lo entiendo! ¡Así que tú eres de Nueva Caledonia!”.
Pues sí, la opresión de España sobre Cataluña ha sido mucho más aniquiladora que la de Inglaterra sobre Escocia, porque la primera ha querido impedir que pudiéramos sentirnos reconocidos como catalanes, aunque sólo fuera en el terreno simbólico. Basta con pensar en el pánico que provoca en España un enfrentamiento deportivo con Cataluña en competición oficial. Por eso, mientras la selección escocesa compite internacionalmente, la selección catalana hace partidos de costillada que sólo interesan a quienes son incapaces de plantarse y decir basta. Estos últimos años, por otra parte, la catalanofobia y el proyecto de aniquilamiento de Cataluña han llegado a grados tan extremos que la sociedad catalana ha tomado conciencia del suicidio que supone permanecer más tiempo sometida a España y ha cogido el toro por los cuernos. Esto ha hecho que en este momento Cataluña esté mucho más cerca de ser un Estado independiente que Escocia. Escocia, sin embargo, hará su referéndum el 18 de septiembre de 2014, esto ya es seguro. Lo que no es nada seguro es que lo gane. Y si no lo gana, y Cataluña va detrás, el resultado -además de ser instrumentalizado por España-, puede causar un desencanto en nuestro que no nos podemos permitir. Esperar a ver qué hace Escocia sería un grandísimo error. A Escocia, en cambio, le conviene que Cataluña le pase por delante, ya que aquí la victoria del SÍ está mucho más garantizada y sus efectos serían muy estimulantes para los escoceses. Tan estimulantes como lo serían para nosotros, si ellos fueran por delante y ganaran el referéndum. A nadie le gusta tener cara de bobo.
Por otra parte, si añadimos que el país se nos cae a pedazos, es obvio que no podemos comportarnos como el equipo de fútbol que, al ganar sólo por un gol de diferencia, dilata el tiempo tanto como puede. Nosotros no somos este equipo. Nosotros somos el equipo que está perdiendo, y el tiempo, para nosotros, es oro. La hoja de ruta de la Asamblea Nacional Catalana dice que el referéndum debe hacerse antes del 31 de mayo de 2014 y es a este marco al que nos tenemos que ajustar si no queremos ser una parodia de la gente latina que habla y charla y no hace nada. El gobierno español, ciertamente, puede intentar impedirlo, pero qué imagen internacional más brillante para nosotros y más patética para España ver una colectividad que quiere expresarse a través de las urnas y un partido de gobierno fundado por un exdirigente fascista que lo prohíbe. Nosotros nos expresamos por medio de las urnas y ellos, al intuir que las urnas no les serán favorables, las criminalizan. Todo muy digno de aquel fundador gallego que se sentaba en el Senado español en lugar de hacerlo ante un Tribunal Penal Internacional. Sin embargo nuestro camino está trazado, sólo tenemos que seguirlo.
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