Hace tres años viví la Diada en Girona. Me llamaron la atención principalmente dos cosas. Por una parte la heterogeneidad de quienes participaban en aquellos actos, jóvenes, mayores, abuelos con sus nietos, hombres y mujeres; por otra, el protagonismo de la sociedad civil, a través de distintas asociaciones, con una posición de los partidos políticos en un segundo o tercer plano, incluso con la lógica ausencia de algunos. Lo que yo vi allí fue un pueblo decidido a luchar por su libertad desde el civismo.
Comenté estas impresiones mías con algunas personas a mi vuelta a casa. La respuesta, casi unánime, fue la de que no me entusiasmase por lo que había visto, que aquello era folklore y que los catalanes estaban mucho más lejos de lograr su independencia que los vascos, dónde va usted a parar.
Un par de años después, 2012, tuvo lugar la impresionante y masiva manifestación de Barcelona, que cogió por sorpresa no sólo a mis amigos de aquí, sino también a la mayor parte de los partidos de Catalunya, especialmente a la gobernante coalición CiU, que no tuvo más remedio que subirse al carro del independentismo, convocar elecciones y, tras su resultado, pactar con la independentista Esquerra Republicana.
La celebración de la Diada de este año, en forma de cadena humana de 400 kilómetros, que podían haber sido el doble o el triple por participación de la ciudadanía catalana, ha venido a confirmar que el independentismo catalán tiene unas bases firmes, que van más allá de los agravios políticos y de la crisis económica, que el movimiento social va por delante de los partidos y, por supuesto, que la desorientación del españolismo en general es notable, si exceptuamos al más extremo, que parece ser el único en aceptar sin subterfugios la fuerza del independentismo catalán, ya que no ve más solución que la intervención armada.
Y, mientras tanto, ¿qué ocurre en nuestro país? Este país en el que aún no nos hemos puesto de acuerdo ni en qué nombre tiene, al que yo llamo Navarra.
Aquí unos esperan a “resolver el conflicto político” para empezar a hacer algo, sin percatarse de que la consecución de la independencia es la resolución del conflicto político. Otros se lanzan a pactar con el enemigo, sin más objetivo que mantener sus cuotas de poder, mientras discutimos entre nosotros si las basuras se recogen de esta o de la otra manera, trasladando al gobierno español que nos conformaremos con las migajas que nos dé, siempre que sean migajas auténticas, tales como el estatuto, el amejoramiento, el cupo o un “derecho a decidir” que no hay intención de llevar a la práctica.
Las mismas guerras de parcialidades de siempre. Segimos más preocupadas por defender nuestros intereses particulares que los del país. Diferencias de partidos a las que se unen diferencias de territorios, contaminadas por diversos clientelismos, que se fundamentan en un foralismo inventado para someternos. Falta de unidad, lucha de banderizos vasconavarros disfrazados de políticos. Eso es lo que hay.
A mi juicio la vía catalana es la correcta. Un proceso de abajo a arriba que crea un movimiento, apoyado en agrupaciones locales y sectoriales, que potencia una Asamblea, la cual, en su momento, proclamará la independencia.
Esto es recuperar la soberanía arrebatada y ejercerla, porque la soberanía no reside en textos legales, sino en la voluntad de los ciudadanos y las ciudadanas. El llamado “derecho a decidir” no tiene que ser reconocido ni, mucho menos, otorgado por nadie. Se ejerce y a otra cosa.
Por supuesto que hay diferencias entre Vasconia y Catalunya. Para empezar el territorio. Catalunya constituye una realidad histórica y cultural, que se ha extendido por otros territorios. Por nuestra parte, Vasconia ha sufrido un proceso inverso, su unidad original, sustanciada políticamente en el estado de Navarra, se ha visto mutilada por sus vecinos a lo largo de la historia.
En esas circunstancias, el independentismo cívico catalán está planteando un estado europeo independiente de ciudadanos y ciudadanas, mientras que nosotros andamos con el estatuto a cuatro de unos y los del norte ya se verá, o el nuevo status a tres de los otros y los navarros ya “vendrán” si quieren. Para entendernos, nuestra Catalunya es Navarra y no el paisito vascongado, como interioriza el aranismo. Es Navarra el sujeto de la independencia y no cualquiera de las partes en las que fue troceada.
Por otra parte, la persistencia de la lucha armada en el territorio vasconavarro, ha supuesto un factor de división y, en consecuencia, una rémora en el proceso soberanista, no sólo por sus efectos directos, sino también por sus secuelas de víctimas, presos y otras, constituyendo una importante disparidad entre el proceso catalán y el vasconavarro.
Todas estas consideraciones y algunas más, en mi opinión, deberían llevarnos a plantear la necesidad de elaboración de un modelo propio de vía hacia la independencia, cuyas líneas maestras sean fruto del consenso.
Fernando Sánchez Aranaz
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