Soy de los raros -algunos nos llaman puritanos de cierta “creme” de insípidos-, que sistemáticamente escapamos de estas fiestas sin igual. Probablemente tendrán razón. Y hasta acepto que nos tilden de nostálgicos, amargados o inadaptados. Pues bien.
Cierto que se me hace insufrible mi vieja Iruña, la de estos días por supuesto. Tan malolientes, y con tanta ceremonia de bacanal o jauría irracional -y conste que la “orgía y el desenfreno pueden ser en ciertos contextos bellos- y estéticamente tan cutre…
Ya haría un par de lustros que no “aldragueaba” por el complejo procesional de la mañana del siete de Julio.
Ahí andaban las brigadas antimugre, en esa sala de estar tan coqueta que llamamos plaza del Castillo, en descomunal batalla contra los plásticos, la pringue derramada de inmisericordes birras, alcohol jarrafonero y los humores de tantas micciones…
Como iba suficientemente avisado, soportaba con ascética resignación la vaharada cruel de tanto miasma, que al sol resultaba insufrible, pura tortura. Pero bueno…si esta es la marca de Iruña, o mejor, de Pamplona -marca oficial por decreto-, y si en aras del gordo negocio de nuestras arcas todo vale y la crisis, y la consuetudinaria hospitalidad navarra y la pera “nacional” -española, por supuesto- pues vale…
Pues allí que me fui, a la caza del momentico por la senda de los viejos recuerdos… Pues eso.
Suponía, que sin duda por ser fin de semana, la cosa estaría petada. Petada sí, pero no enlatada, porque así estaba la calle Mayor, San Lorenzo, San Antón … Y en verdad, que uno en su afán de fisgonear, se sentía como sardina en lata. El aceite lo sudaba el ambiente y las apreturas…
Al menos pude ver los gigantes, las testas barnizadas del Napoleón y del Caravinagre y alguna cabeza de dantzari… Lo demás, muchedumbre, griterío y mucha acritud de olores estragados…
Ya había optado por escabullirme, buscar algún resquicio que me permitiera evadirme de aquella masa humana. Tuve la suerte de que en mi intento, con gran satisfación para mis iniciales aspiraciones, encontrara una acera donde el gentío, se disolvía notablemente. En seguida supe la razón de tal oxigenación. Se trataba del sol y de los perversos vahos. Difícil definir su inusitada violencia. Pero en fin, tras tantos años emigrado, bien valía la pena un “mínimo” sufrimiento…
Ya había sido testigo desde cierta distancia de algunas refriegas entre los adictos a la gobernanza de UPN y los indignados, que tan explícitamente condenaban la charcutería que tanto en nuestro Reino como en el resto del estado han hecho de los parlamentos… Parlamentos, garitos, triperías, patios de vecindad o lo que seas eso…
Pero bueno, que íbamos de procesiones.
Ya mejor instalado y con los sesos en caldo, pude contemplar el paso de los tradicionales gremios, incluso el de la Santa cofradía de la Virgen del Rocío. Imaginé que sería en justa correspondencia con la presencia o delegación -caso de que así sea- de nuestro morenico, en las campas de Doñana…
Todo como siempre tan casta, que hasta húsares o -lo que sean- de casacas azules con sus cascos empenachados escoltan la comitiva no se si civil o sacra, que aquí sacralizamos todo
Por eso la jarca eclesial y toda la santa parafernalia, que oye, que al fin y al cabo, también es una procesión…
Claro, como la Iglesia desde sus orígenes se empeñó en cristianizar hasta el agua, los solsticios los convertimos en natividades o fiestas de San Juan y las juergas carnavaleras en austeras cuaresmas…Que nos parece que si a los eventos sociales se les quita el incienso, como que pierden enjundia.
Pero que en definitiva, hoy día, ya sabemos en que consiste la celebración navideña o la juerga sanferminera… Consumo y botella, espíritu religioso y lo demás, pamplinas…
Porque seamos sinceros ¿que tiene de místico? -aunque al paso del morenico algunos se emocionen- la conmemoración de un no se qué, de un no se quien, que según historiadores muy conspicuos, ni siquiera existió?
Pues sí, entiendo y asumo el costumbrismo, el folklorismo colorista, nuestros ritos festivaleros. Es algo muy nuestro, parte de nuestra idiosincrasia ¿como no?, resultado de una forma de ser y vivir de los que nos han precedido.
Otra cosa bien distinta, es el que nos hagan comulgar con piedras de molino.
Por eso, aun admitiendo que en la procesión de San Fermín existe una amalgama de tradición, vivencias religiosas de antaño metidas a “machamartillo” y que hoy día a muchos, quizás muchísimos, nos parecen rayanas en el fetichismo e incluso en ramalazos de fanatismo. Y por encima de todo que la sociedad es laica por mucho que, como antes he dicho, haya de tragarse uno tantos embrollos y mejunjes…
Por todo ello, que a un servidor, le parece una tremenda falta de respeto, que el obispo, enviado de dios, prelado de algunos navarros por muy iluminado que se sienta, en plena procesión -ignoro si esto entra en la parafernalia tradicional-, allí, sobre el “pocico de San Cernin”, con ínfulas bien tridentinas, abrume a la nutrida concurrencia, con la renovación de las promesas del bautismo.
Ya saben… aquello de renunciar a satanás, a sus pompas y a sus obras…
Quizás se debió a un calentón cenital o quien sabe si se habrá visto subsumido por el espíritu del Papa Francisco y en un arrebato súbito se vio impelido a renunciar al tal Satanás, es decir, a los vicios -chanchullos económicos, pederastia y otros desenfrenos en que se han enfangado gran parte de sus compadres… ¡A ver si va a ser eso!
Pero por favor, un poco de respeto para laicos creyente y no creyentes, que no comparten sus elucubraciones…
Mientras tanto, Gora San Fermín… Momenticos, bueno, hisopazos…jamás.









