Mr. Arkadin, de Orson Welles, es una obra extrañísima -rodada, entre otros lugares, en Barcelona y Segovia- que contiene un monólogo impactante. Se trata de una vieja y conocida fábula. Un escorpión le pide a una rana que le ayude a cruzar un río. Esta, juiciosamente, declina la propuesta por temor a ser picada por el peligroso pasajero. El escorpión, sin embargo, la acaba convenciendo: “Si te pico, moriremos los dos”. El razonamiento parece tan claro como incontestable y, en consecuencia, la rana accede a llevarlo al otro lado sin miedo a ser agredida. Cuando ya están en el agua, el escorpión le clava su aguijón letal. Ambos morirán inevitablemente: uno ahogado y la otra por culpa del veneno. Mientras agoniza, la rana exclama: “¡Pero esto no tiene ninguna lógica!” El escorpión, a punto de ser engullido por la corriente del río, todavía tiene tiempo de responderle: “¡Bien sé que no tiene ninguna lógica… pero es mi carácter!” Orson Welles, siempre excesivo y genial, termina el cuento con una coda desconcertante: “¡Brindemos, pues, por el carácter!”
Hace pocos días, Rajoy y el aparato del PP han acabado interpretando el desganado papel del batracio y Aznar el del escorpión. Aznar sabe que si se hunde la actual estructura de un PP que en estos momentos pende de un hilo, también se hundirá él, su esposa y, probablemente, le salpicará a su yerno y a su hija. Lo sabe perfectamente, pero -¡qué le vamos a hacer!- es su naturaleza… La gigantesca trama que dejan entrever las patillas Canosa de Bárcenas no se ha gestado en tiempos de Rajoy, sino de Aznar. Desde la perspectiva de determinados caracteres, sin embargo, una punzada extemporánea y arbitraria resulta irresistible, incluso cuando tiene un componente suicida.
Las picaduras de Aznar siempre han sido inoportunas para sus propios intereses y los de su partido. El día 23 de febrero de 1979 publicó en el diario Nueva Rioja de Logroño un artículo que se titulaba “La abstenciones. La lección de la historia”, en el que justificaba sus abismales distancias ideológicas con la Constitución española. Todo aquello le parecía demasiado progresista, demasiado alejado del régimen anterior: ” Tal y como está redactada la Constitución, los españoles no sabemos si nuestra economía va a ser de libre mercado o por el contrario va a deslizarse por peligrosas pendientes estatificadoras y socializantes, si vamos a poder escoger libremente la enseñanza o nos encaminamos hacia la escuela única”. En 1996, sólo 17 años después de haber escrito esto, Aznar ganó las elecciones haciéndose pasar por un centrista centradísimo que siempre había creído en las bondades de la Constitución española. De hecho, resultan impresionantes las vehementes lecciones de democracia y de constitucionalismo que el expresidente español ha impartido periódicamente a personas que habían pasado muchos años de su vida en las cárceles franquistas.
Continuemos retrocediendo en el tiempo. El 1 de julio de 1969, el joven Aznar envía una carta a la revista SP en la que decía: “Cuando a las manos de un joven como yo -16 años- llega un ejemplar de las Obras Completas de José Antonio y, como tal, siente la imperiosa necesidad de hacer rápidamente algo útil, a este joven se le presentan dos posibles caminos. El primero consiste en llevar una vida cómoda, fácil y sin complicaciones, alistado o “apuntado” en una organización del Movimiento. En el segundo, se trata de tomar una decisión tan compleja como costosa. Es la de militar al lado de los falangistas independientes”. En ese momento, Aznar no es centrista, ni mucho menos liberal (recordemos el “falaz liberalismo trasnochado” de José Antonio), sino apenas falangista.
En la actualidad, Aznar está en todos los consejos de administración que le proponen y en otras meriendas abundantes. El suyo es un retrato intermitente que, curiosamente, siempre ha querido ofrecer una imagen monolítica, de una coherencia a prueba de bomba. Es justo lo contrario: su imagen resulta no sólo fluctuante, sino inconsistente. A mediados de los noventa, el astuto Miguel Angel Rodríguez organizó mil y una comidas para comunicar a todo el mundo que Aznar era un castellano adusto, inmune a las tentaciones de los cuartos y a las frivolidades que conlleva el poder. Después se ha visto que no era precisamente así, ni en su caso ni el de su entorno inmediato, familia incluida. Sólo hay unas cuantas cosas que sí que lo han acompañado toda la vida: el carácter agrio, el trato frío y una profunda mala baba. Es probable que su actitud actual del termine llevándole de un trompazo al vertedero de la Historia, pero él necesita picar. Es su carácter.








