Según la R.A.E., el miedo consiste en la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo real o imaginario. Los peligros que afectan a la vulnerabilidad se pueden distinguir en:
a) Los que afectan al cuerpo y a las propiedades de las personas.
b) Los de una naturaleza más general que amenazan a la duración y fiabilidad del orden social del que depende la seguridad del medio de vida (renta, empleo) o a la supervivencia (invalidez, vejez).
c) Los que amenazan al lugar de la persona en el mundo, su posición en la vida social, su identidad (de clase, género, étnica, religiosa,…).
Una de las consecuencias de la descontrolada y negativa globalización es la instalación del miedo de manera estructural en nuestra sociedad. Podemos hablar de una sociedad en la que uno de sus componentes más destacados es el miedo.
En estos últimos años y, sobre todo desde el inicio de lo que se ha dado en llamar la Gran crisis (en realidad la Gran Estafa) o, más exactamente, debido a la causa por la que ésta se produce, que no es otra sino el alejamiento de los detentadores del poder del resto de la humanidad hasta unos extremos hasta ahora desconocidos a lo largo de la Historia, nos encontramos inmersos en la “sociedad del riesgo” de la que nos habla U. Beck. En ella el miedo se hace presente y paraliza a los individuos y a las colectividades. Quienes lo gestionan lo hacen con una gran sutileza y discreción, eso sí, fuertemente apoyados por los medios de comunicación, de manera que, así como antes eran conocidos (aunque casi imbatibles) y se manifestaban en las guerras y en las represiones políticas y/o religiosas y lo hacían en forma de miedo a la muerte, a los castigos, a la condenación eterna de las almas, catástrofes naturales, terrorismo, etc., en nuestros días, “a diferencia de los antiguos usurpadores del poder, estas estructuras de poder, generadoras del miedo, no tienen rostro ni identidad. Son invulnerables a los golpes y a las palabras. Su poder es quizás menos ostentoso, menos abiertamente declarado, pero es omnipresente y no deja de crecer” (son palabras de Iván Klima en su libro “El espíritu de Praga”). Esto último acrecienta aún más la perturbación. Es como cuando sentimos alguna enfermedad o padecemos alguna dolencia y desconocemos su origen que no tendemos a la normalidad hasta que averiguamos su procedencia. A los anteriores miedos vamos añadiendo nuevos, como el miedo al “otro” que nos disputa los escasos empleos existentes, los beneficios del Estado del Bienestar, a la inseguridad económica, a una peor redistribución de la renta y la riqueza, así como a los políticos que toman las decisiones en instituciones y centros de poder sin legitimación democrática, en lugar de hacerlo en los parlamentos o en el resto de establecimientos habituales de la democracia (allí donde la haya). Y así caemos en un peligrosísimo estado de terror, de desesperación y de impotencia que nos lleva a una especie de “depresión social” de la que nos está resultando muy difícil recuperarnos. Observamos con perplejidad cómo el concepto del miedo que debería tratarse en la psicología y la psiquiatría, invade el campo de la sociología y, sobre todo y lo que es peor, el de la economía. Nos abruman con informaciones sobre peligros no constatados e irreales. Por ejemplo ¿cuántos ordenadores quedaron inservibles como consecuencia del “efecto 2000? ¿Cuántas personas murieron a causa del “mal de las vacas locas” o de la gripe aviar? ¿Quiénes han sido agredidos por los solicitantes de asilo o emigrantes de otras culturas diferentes la nuestra?
Hasta aquí el fenómeno a escala planetaria, del que, por supuesto, no nos libramos. Pero, ¿qué nos ocurre en nuestra sociedad? ¿Cómo reaccionan los Estados gran-nacionales cuando se les presentan iniciativas de contenido independentista? Pretenden aterrorizarnos con amenazas belicosas (“¡enviaremos el ejército!”) Tratan de amedrentarnos con el rechazo de la Comunidad Europea e intentan hacernos creer que no podremos subsistir, que no disponemos de medios económicos suficientes para garantizar un mínimo de calidad de vida a los ciudadanos. Que nos convertiríamos en una sociedad aislada y repudiada por el resto de la humanidad. Que sufriremos el rechazo de los mercados y nos auguran desastres y sufrimientos sin límite.
Prestigiosos autores convienen en que el “Hardware” de la economía son el capital humano, tecnológico, físico, la tierra, la geografía. Pues bien, no carecemos de estos recursos, sino al contrario, estamos en disposición más que suficiente de estas capacidades. El problema se plantea en el “Software” que los mismos autores consideran que es la calidad del marco normativo y de las instituciones en la promoción del progreso. Es aquí donde se manifiestan nuestras carencias y la única manera de solucionarlo es la recuperación del Estado Vasco. Hacia ese objetivo deberemos canalizar nuestros esfuerzos de forma decidida, sin dudas ni temores infundados, sin distraernos, sin perder el norte, como dice Mikel Sorauren. Y cuanto antes, mejor. Un pueblo sin Estado dotado de medios propios idóneos está indefenso frente a la expansión subyugadora de los que disponen de ellos. No tiene, pues, mucho sentido prolongar esta situación, tan desfavorable para el futuro de nuestro pueblo. No tenemos que tener miedo a las perversas amenazas.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua








