Metáforas y movimiento

Una vez que Madrid entendió que el independentismo catalán no era un farol, movilizó los aparatos del Estado en sentido contrario. También se han movilizado, valga la paradoja, los intereses inmovilistas catalanes. Pero como nada permanece inmutable, el precio de congelar el presente es que estos sectores son cada vez más reaccionarios. Es lo que ha ocurrido con el Estado que surgió de la Transición y, como el Estado no existiría sin un amplio consenso ciudadano, es también lo que ha pasado con una gran parte de la sociedad española. Lo que parecía y era un progreso respecto de la dictadura se ha convertido en un esfuerzo torpe por conservar una monarquía carcomida y reforzar un centralismo caduco. La democracia, a estas alturas, es un jirón sin más función que la de tapar las vergüenzas de España.

 

Después de muchos años de parálisis, en Cataluña hay finalmente un proceso, el proceso. Como los nombres son herramientas simbólicas, deberíamos cuidar más las metáforas. A mí personalmente no me gusta “el proceso”, metáfora industrial que supone unas fases de producción controladas y un producto previsto. La realidad histórica no ha sido así. Por eso me parece estéril exigir garantías y aún más una forma precisa de sociedad, como si la independencia la hiciera al sastre. Si no creemos en unas leyes deterministas de la historia, ¿quién o qué podría llevar su riesgo? Pero la misma indeterminación quita objetividad a los discursos catastróficos. Ni la credulidad ni el pesimismo tienen ningún fundamento.

 

También es retórico el concepto de movimiento, aunque en este caso me parece preferible, porque no presupone el resultado. A lo sumo, supone una finalidad. ¿Se mueve la gente? ¿Se han movido los políticos? Se habla de una nueva centralidad, pero el movimiento no es intuitivo, no está en el objeto sino en nuestra percepción. Lo deducimos de un estado de la sociedad que ya no encaja en las nociones que teníamos hasta ayer mismo. Nociones arquitectónicas como “marco competencial”, “techo autonómico”, “casa grande del catalanismo” y otros de la misma ralea. Todo esto, y la pretensión de peritaje que daba a entender, ya no se sostiene. Con la crisis todo se ha vuelto móvil, fluido incluso: viajes en barco, singladuras y transiciones diversas. Metáforas, todavía. Conviene tener presente que son de factura humana y que a menudo toman el lugar de la acción.

 

El universo no quiere saber nada de nuestros deseos, pero tampoco nos es hostil. En determinadas circunstancias la indiferencia puede ser ventajosa. Políticamente nada está determinado y todo es fruto de equilibrios. El imposible, si es absurdo en relación con el pasado, donde no hay posibilidades sino hechos, en relación con el futuro es un contrasentido. ¿Quién conoce el futuro? ¿Cuántas veces no ha barajado la idea de lo imposible? Hablar de lo posible y lo imposible sólo tiene sentido en el presente, donde no hay hechos sino acciones. Y la acción es un efecto de la voluntad, que no es una fuerza física y por lo tanto no está determinada. Dicho de otro modo: para acceder a la libertad hay que ser libre de antemano. Hay que poder decidir, no porque reclamemos el derecho (que es una entelequia jurídica) sino porque poseemos la facultad.

 

Cómo y cuándo seremos independientes es imprevisible, porque nadie puede prever la infinidad de pequeños acontecimientos que sumados confeccionan el evento final. Una vez ocurra, los expertos explicarán su necesidad. Pero mientras no cristalice en un hecho, sólo lo podremos juzgar según la tendencia y evaluar su fuerza por el alcance de la acción. Es así como medimos el movimiento según la profundidad de campo visual -mayor o menor- que nos presenta el objeto.

 

Podemos discutir incansablemente sobre el plan A, el B o el C, sobre la pregunta y la fecha de la pregunta, pero nada de esto transformará el mundo. El mundo sólo cambia cuando actuamos, y en realidad no dejamos nunca de actuar porque somos fruto de la acción. Actuamos incluso con nuestra dilación. El indeciso suma su inercia a la relación de fuerzas que pugnan por modelar la realidad en cada instante. Nos hemos encontrado el mundo en marcha, su imagen no está fijada para siempre y la libertad es, si me permiten la paráfrasis, un plebiscito cotidiano. Ahora bien, la libertad no es una utopía de la ilimitación sino la decisión de actuar en el lugar en que estamos y en la medida de nuestras posibilidades. Un país, como una persona, es lo que es en cada momento. Hoy Cataluña es mucho más que hace un año. Ha comenzado a crecer cuando se ha descubierto una voluntad de ser. Y el mundo toma nota. Pero querer no es creer infantilmente que el mundo se plegará a nuestro deseo. Querer es no dejar que la oportunidad se pudra mientras discutimos cómo salir de una situación que ya no existe. Arriesgar es adelantarse al pensamiento. Querer es aventurarse. Y la aventura, ¿no es una definición de la libertad?

 

 

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