Quienquiera se plantee la planificación de cualquier objetivo a corto, medio o largo plazo, está obligado a entender la coyuntura en que se encuentra y estimar si la misma es resultado de la maduración estructural de los factores socio-políticos, de toda índole, que condicionan el proceso, o simple circunstancia aleatoria que engaña la percepción que tiene el sujeto sobre la realidad.
Creo importante que los soberanistas navarros seamos conscientes de esta exigencia a la hora de dar los pasos pertinentes en el camino de recuperación de nuestra soberanía nacional. La experiencia de las generaciones soberanistas actuales contempla cuando menos la frustración de la guerra civil española de 1936, la represión de la Dictadura franquista y el fracaso de la transición; momento este en que acariciamos la ilusión de alcanzar finalmente la libertad nacional. La confusión en que se encontraba nuestra colectividad nacional, a consecuencia de la férrea represión de la dictadura española, implicó carencias muy serias en el quehacer de las fuerzas soberanistas. Estas carencias se concretaron en la falta de organizaciones adecuadas para el encuadramiento de los soberanistas y, más que ninguna otra deficiencia, en la falta de claridad respecto a un proyecto soberanista que tuviese en cuenta la realidad sociológica y política del Mundo europeo. Una inadecuada percepción en este terreno significó la presencia de propuestas y alternativas nacionales muy diferentes y encontradas. La diversidad de propuestas, particularmente las que pretendían recoger la tradición revolucionaria europea, fracasada ya, y su alternativa de un proyecto más acorde con la realidad europea de democracia a la occidental, pero con escaso peso sobre planteamientos sociales, dificultó la elección entre ambas alternativas de nuestra sociedad en aquel momento. Con todo, el factor decisivo del fracaso de los planteamientos soberanistas debe ser atribuido a la opción hecha por Europa y el Mundo occidental a favor de la transformación de la Dictadura franquista en una monarquía parlamentaria.
Se insiste en el seno de algunos sectores soberanistas en que la opción de las principales fuerzas del soberanismo en aquella coyuntura constituyó un error, en un momento en que la crisis de España permitía esperar actitudes más decididas hacia la independencia como consecuencia del desprestigio del Franquismo. Lo cierto es, no obstante, que todas las propuestas ofertadas por las fuerzas soberanistas se limitaron a reclamar un Estatuto en el marco del Estado de las autonomías. Es cierto lo que se afirma, incluyendo a las fuerzas de la izquierda abertzale en general, conformada en el momento por E.E. y H.B. En la perspectiva de estas dos fuerzas se encontraba la independencia a medio plazo, de la que la autonomía era considerada camino obligado.
Las graves divisiones existentes en el momento entre las fuerzas soberanistas y la misma izquierda, hicieron inviable siquiera el diseño de un plan de independencia, en tanto P.N.V. y E.E. optaron con decisión por un estatuto abierto también a fuerzas políticas partidarias de España y responsables de la deriva del Estado español hacia el centralismo tradicional. Tampoco H.B. fue capaz de proponer una alternativa hacia la soberanía. En definitiva la propuesta de esta fuerza se redujo a la presentación de un proyecto de Estatuto diferente al aprobado por los institucionalistas; estatuto que pretendía disponer de mayor sensibilidad social y nacional. Considero que la razón por la que no se planteó la independencia como alternativa fue resultado del confusionismo existente tras la desaparición de Franco, la incomprensión del proyecto y desarrollo del proceso de reforma del Estado de la Dictadura y, en definitiva, la decidida apuesta del Mundo occidental por la misma transición española. Por lo que se refiere a la no comprensión de la coyuntura por parte de los soberanistas, es obligado mencionar la solidaridad que se sentía en los círculos abertzales con los demócratas españoles, al igual que la confusión sobre los propósitos de estos últimos. En el seno de la actuación política no quedó establecido el límite de separación entre estos dos grupos. Finalmente la apuesta del P.N.V. por la legalidad constitucional, a pesar de su posicionamiento contrario de principio hacia la Constitución, terminó por desarmar a los independentistas; no en vano el propio P.N.V. representaba la vieja tradición abertzale, de la que se esperaba una actuación que retomaría planteamientos de su pasado histórico. Creo importante insistir en la aceptación generalizada del nuevo marco jurídico a lo largo y ancho del Estado español del nuevo marco jurídico de España, incluida Cataluña. Este hecho permite entender la diferencia en el proceso de liberación nacional que presentan los casos navarro y catalán.
No me parece arriesgado afirmar que las fuerzas políticas catalanistas aceptaron lo idóneo del camino que les propusieron los ejecutores de la Transición, a fin resolver el conflicto histórico que Cataluña mantenía con España. Se constata la colaboración mantenida por ellas con el Gobierno español y la fuerza política concreta que en el momento ejercía el poder. C.I.U. ha prestado su apoyo en los terrenos económico y político a los proyectos y medidas de carácter general tomadas por P.P. y P.S.O.E. Lo cierto es que las expectativas de los catalanistas de alcanzar un status que permitiera el reordenamiento de las relaciones entre Cataluña con España, fue un factor que reforzó grandemente las posibilidades de éxito del plan de transición, al igual que dio al Mundo Occidental la tranquilidad de que en España no tendría lugar un proceso de revolución. En definitiva, se puede aceptar que aquella coyuntura no era la mejor para impulsar la independencia, en un caldo de cultivo en que se manifestaron fuerzas muy dispares como elementos impulsores del cambio; desde las más radicales que propugnaban revoluciones de modelo tercermundista a simples partidarios de la supresión formal de los rasgos franquistas más conspicuos.
En contra de lo se puede pensar, en el soberanismo navarro no existía claridad de ideas con respecto a los pasos a dar en el camino de la liberación, ni con quién contar como compañero de viaje; de esta manera, los franquistas reciclados -junto a los grupos temerosos del posible surgimiento de procesos revolucionarios- fueron llevando a cabo de modo gradual los pasos imprescindibles para que se asentara la transición, aceptada como mal menor -si no deseada- por parte de los elementos demócratas calificados de moderados. Es obligado reconocer, en consecuencia, que el conjunto de los soberanistas navarros aceptaron el camino que se iniciaba en un Estatuto como correcto para la consecución de la independencia, con la esperanza de que madurasen los factores que debían posibilitar el proceso soberanista. Fue una decisión inadecuada. los transicionistas españoles no tenían disposición para marchar en tal dirección. En realidad contemplaban la autonomía como simple válvula que aligerase la presión interior de España generada durante la época de Franco. Tenían a su lado, por lo demás, los poderes fácticos, particularmente los militares, que se manifestaban con mucha virulencia en su censura frente a los teóricos detentadores del poder político. Se explica, por ello, que el sistema jurídico alumbrado en la Constitución de 1978 se encontrase secuestrado; argumento este decisivo, utilizado por los políticos madrileños , en el momento de las negociaciones con sus colegas de los territorios navarros, a quienes transmitían su percepción de encontrarse atados de pies y manos como resultado de la presión militar.
Lo cierto es que este recurso al chantaje de los generales era insuperable, cuando se presentaban las legitimas aspiraciones soberanistas de Navarra y de otras latitudes. En conclusión; resultaba imposible avanzar hacia la recuperación de la independencia desde posicionamientos legales. Tan obvia parecía esta realidad, que la administración del Estado ha prolongado hasta hoy en día el traspaso de muchas de las competencias concedidas inicialmente en los Estatutos y los responsables del Estado han manifestado repetidamente con meridiana claridad que determinadas competencias jamás serán transferidas, a pesar de estar aprobadas legalmente.
Vuelvo a insistir en que ni la sociedad española en general, ni su clase política, son sinceramente autonomistas. La declaración de que España es un Estado autonómico, más que afirmar la autonomía de las Naciones que le están sometidas, proclama el derecho de las regiones españolas a disponer de los mismos rasgos competenciales que Navarra, Cataluña y Galicia. Al no tener las segundas mayores exigencias, su reivindicación se dirige a lastrar las aspiraciones de las primeras; Navarra y Cataluña. Es así como al profundizarse la crisis actual, -crisis que ha vuelto a poner en evidencia el carácter autoritario, parasitario y Corrupto de la cultura política española- se pretenda achacar la profundidad de la misma al manirrotismo de las administraciones autonómicas, como una justificación para dar marcha atrás en una medida a la que se recurría de manera coyuntural y afrontar de este modo un conflicto fundamental del Estado. El corolario es claro; proceder a la racionalización de un sistema que se implantó con excesiva alegría, a consecuencia de la debilidad de las élites españolas, a raíz de la crisis del Estado, con ocasión de la revisión de la obra del franquismo.
Hoy, recuperada la visión adecuada sobre los elementos que deben configurar las estructuras de Nación y Estado españoles, se siente la obligación de perfilar la organización administrativa y otorgar a las instituciones centrales de España el papel primordial de encaje de las autonomías en un marco político y cultural que garantice la supervivencia de España, en tanto que instrumento de la solidaridad colectiva. Se quiere decir que hay necesidad de vigilar el funcionamiento de las competencias transferidas a las autonomías de Navarra y Cataluña. Son estas las que suscitan preocupación por la tendencia social y de las administraciones de estos territorios proclives al Soberanismo.
Tratando de ser coherente con la reflexión que iniciaba este escrito, respecto a lo imperioso de analizar y comprender de modo correcto el estado de los condicionantes de la situación política, parto de que esa situación ha llegado a un punto de madurez para el cambio. Es la crisis que ha desequilibrado las estructuras del Imperio español. En los Estados europeos de mayor peso específico ha crecido la desconfianza hacia España ante la magnitud de la crisis económica y desajuste institucional y fuerzas políticas, inmersas en una corrupción estructural. Los europeos han llegado a entender que el Imperio español puede no recuperarse, disponer de bases idóneas para constituir un proyecto político estatal. Atribuyen la responsabilidad del desastre al histórico carácter español, falto de seriedad en las actividades productivas e inadecuada gestión de los recursos. Por contra, han terminado por aceptar la existencia de elementos socio-culturales que permitan planteamientos más eficaces. El panorama permite pensar en un cambio que implicaría el reordenamiento espacial con el marginamiento de un Estado de las características del Español. Los europeos occidentales llegaron a pensar en el momento de la desaparición de Franco, que España podría alcanzar el status de grande en el concierto europeo, al lado de Francia, Inglaterra, Italia y Alemania. Esta fue la razón de su apuesta por la Transición. De hecho el apoyo financiero, y económico en general, prestado por Europa a España, perseguía este objetivo. La contemplación de la debacle española obliga a modificar la perspectiva. El reordenamiento de esta parte de Europa únicamente será viable cambiando el centro de organización territorial. El imprescindible reordenamiento pasa por determinar unos ejes de desarrollo que permitan una organización más productiva de los factores socio-económicos peninsulares.
A la vista de los resultados depurados -más allá de lo que pueden ocultar las estadísticas referentes al Producto Interior Bruto y otros indicadores- es lógico que Europa plantee la alternativa de los ejes de actividad que obedecen a una dinámica autóctona en el marco de la Península ibérica. Las cifras señalan a Navarra y Cataluña como las áreas más productivas; el caso de Madrid se encuentra mediatizado por la decisión política de convertirla en el centro neurálgico del territorio imperial español. El análisis de la estructura de Madrid revela a primera vista que la mayor parte de su actividad corresponde a funciones administrativas perfectamente prescindibles y a inversiones que en otros puntos resultarían más eficaces; sin obviar la circunstancia de que la inversión en Madrid anula la más necesaria en los centros también más productivos.
Con el análisis precedente se pretende presentar la incuestionable evidencia de que los europeos entienden que lo racional es la promoción de los centros productivos de territorios navarros y catalanes. A este respecto, deben contar con el poder político adecuado, para tomar las decisiones mejores y liberar su gestión, en el momento negativamente condicionada por Madrid y el proyecto estatal español. Estas condiciones a implantar en ambas Naciones se llaman independencia; independencia al mismo nivel que la existente en el presente en manos de los Estados europeos y de la Unidad Europea. No voy a entrar aquí en los imprescindibles cambios que se deben acometer en esta organización, con el fin de superar sus actuales limitaciones frente a los propios miembros de ella y a su necesaria democratización.
A la hora de mirar hacia atrás y contemplar los avatares seguidos por la Historia reciente de Europa y del Mundo, con vistas a plantear un sistema socio-económico más democrático -esto es; que garantice el bienestar y libertad de individuos y colectividades- resulta obligado constatar que los planteamientos revolucionarios defendidos por las clases bajas en Europa hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, no han resultado lo que cabía esperar de ellos, más, tal vez, por el autoritarismo de los dirigentes revolucionarios -quienes asumieron la misión de implantar el socialismo e igualdad- que por los condicionantes impuestos por los grupos socio-políticos dominantes tradicionales. Por otra parte el sistema socio-político vigente en estas latitudes pone en evidencia la dificultad existente, para que se supriman las enormes diferencias existentes entre poderosos y pobres y los consiguientes desajustes de nuestro Tiempo presente a escala universal. No parece, en ningún caso, que haya solución por este camino. El modelo que se presenta más satisfactorio, por el momento, desde el punto de vista de la satisfacción material en un marco de libertad individual y colectiva es el denominado modelo nórdico de base socialdemócrata. Parece fácil la opción. En todo caso este modelo presenta igualmente inconvenientes, al menos desde una perspectiva que tenga en cuenta el conjunto de aspiraciones y necesidades humanas. Tal vez se deba rehuir el objetivo de una sociedad idílica, sin clases e individuos, libres de las contradicciones que el Materialismo dialéctico indicaba.
Quizás tendríamos que elegir una auténtica democratización del sistema basado en lo que ha venido siendo denominado como Democracia, a pesar del escepticismo que se pueda albergar sobre una evolución del mismo, sin el recurso a procedimientos revolucionarios. Por lo demás, la experiencia que tenemos referente a la utilización de estos últimos es decepcionante, a la vista de la incapacidad mostrada en la consecución de sus objetivos de alcanzar el desarrollo material de los países capitalistas desarrollados y por el rechazo de que han sido objeto por parte de las poblaciones a las que -en teoría- afirmaba servir. El actual nivel tecnológico y de producción da pie a pensar la posibilidad de unas sociedades a nivel mundial que puedan disponer de un alto grado de satisfacción material, sin que sea imprescindible la colectivización de los bienes de producción, ni tener que reclamar la igualdad social que la tradición revolucionaria veía insoslayable. No abrigo grandes ilusiones sobre un intento de democratización real del sistema actual, teniendo en cuenta la disposición de los grupos dominantes en este momento. En todo caso entiendo que una modificación profunda de las actuales estructuras socio-económicas no debe en ningún caso ser asumida por la Nación Navarra, sino en el marco de una reforma generalizada a escala europea. En definitiva, pienso en que está fuera de lugar plantear un proceso revolucionario tradicional como condición para el objetivo de la independencia misma.
Abordo esta materia por entender que en amplísimos sectores del movimiento soberanista se sigue manteniendo este resabio de procedencia de la periclitada izquierda revolucionaria europea. Socialismo, sí, pero ¿De qué manera debe abordarse esta cuestión? desde mi punto de vista en el marco de un proceso generalizado al espacio geoestratégico en que nos encontramos. A decir verdad, no me hago idea de cómo pueda desarrollarse un proceso de tal índole, ni si llegará a ser posible. En cualquier caso, lo que importa es la existencia individual y de nuestra colectividad nacional. En esta dirección defender la independencia nacional sigue siendo objetivo irrenunciable por la incuestionable mejora que implicará para nuestra colectividad. Por lo demás es un hecho claro que los grandes Imperios que son los Estados-Nación actuales, deben sufrir una profunda transformación; transformación que pasa por una reestructuración del territorio más democrática y satisfactoria en el plano social. En definitiva, reclamo como imprescindible que el nuevo Estado de Navarra atienda primordialmente el establecimiento de una sociedad lo más equilibrada posible y contribuya a la reordenación de las actuales coordenadas socio-políticas dominantes por las democráticas y solidarias.
Llegado a este punto y después de un desarrollo, quizás, excesivo de aspectos teóricos, me referiré a la necesidad imperiosa de aprovechar la actual situación con la mirada puesta en el objetivo soberanista. Considero que la presente coyuntura nos ofrece la oportunidad de acometer el camino directo a la independencia. Lo digo, pensando en lo que debe constituir ya el objetivo concreto e inmediato de nuestra Nación. Soy consciente de que este objetivo no es claro para sectores importantes de las fuerzas soberanistas. Es cierto que las estructuras administrativas y políticas del Estado siguen atadas; no obstante han perdido vigor y la progresión de los factores político-económicos terminarán por desajustar los enlaces que las unen, carentes como se encuentran de solidez. Aunque sea cierto que el factor decisivo para la desaparición del Imperio español es labor de la evolución del contexto internacional, cuando los factores que lo configuran han hecho ya esta labor, el dar el golpe que hunda definitivamente el Estado, corresponde a quienes perseguimos la independencia. Creo que el deterioro de España se acentuará en los meses presentes. La Economía estatal camina al abismo y no es previsible ningún rescate que lo pueda impedir. Es un hecho incuestionable la falta de un liderazgo que pueda reconducir a la sociedad española a la recomposición del Imperio; Rajoy apenas controla su propio partido, carece de un auténtico plan de salvación, que no vea su sujeción al control de los países europeos y U.S.A. , totalmente insuficiente para diseñar un plan nacional español. Otros posibles líderes, incluyendo a quienes en el Pasado parecieron concitar el acuerdo nacional -tales Aznar o Felipe González- tampoco suscitan confianza. Y es que la deficiencia afecta al mismo proyecto de España. No hay -ni existen condiciones para que surja- ningún líder español, que pueda diseñar un plan nacional y transmitirlo a la sociedad española, para que esta lo haga suyo. La perspectiva de España es la debacle, en el momento en que Cataluña actúe para conseguir su Soberanía ¿Qué queda por hacer a los demás? Es claro que actuar en la dirección de nuestro objetivo. Los soberanistas en dirección a la independencia, lo patriotas españoles en el esfuerzo por mantener España y … ¿ No asistiremos a un cambio de planteamiento, al constatar el descoyuntamiento de Estado español por parte de muchos que en el momento piensan en España y los españoles encuentren que son menos de los que creen…?
A la vista de este panorama, lo sensato para los soberanistas navarros es plantear la independencia como objetivo inmediato. Cualquier otra alternativa terminará en vía muerta. Plantear en el momento actual la obtención de un Estatuto que incluya al conjunto de la C.A.V. y de la C.F.N. constituye un grave error estratégico. Podría tener sentido este camino, de existir una actitud positiva hacia el Soberanismo de parte de España, con disposición de esta a aceptar la independencia de Navarra. Es obvio que no se da esta insoslayable condición. En consecuencia no cabe, sino esperar la oposición española a tal pretensión, puesto que España es consciente de que el citado paso de un estatuto común para los territorios navarros facilitaría el objetivo soberanista. En consecuencia y tras la experiencia de estas tres últimas décadas -sin recurrir a la larga Historia de las relaciones de la Nación Navarra con España- este planteamiento es inadecuado. En el caso improbable de que España mostrase disposición a la concesión de un Estatuto con tales condiciones, quedaría manifiesto que el Imperio español se encontraría en un estado de incapacidad para reaccionar frente al Soberanismo. En el presente momento en que los españoles ven en el horizonte la posibilidad de la secesión -que dicen ellos- de Cataluña, a la que seguiría la de Navarra y el probable desmontaje de su Estado-Nación, se presentan ofertas vagas de federalismo. De haber seguido por este camino tras la desaparición de Franco, es muy posible que las aspiraciones de Cataluña hubiesen sido satisfechas. No deja de ser una cantinela de momentos claves. No obstante, hemos contemplado la negativa de las formaciones políticas españolas a ofrecer esta solución en los momentos en que tenían el gobierno algunas de las instancias -P.S.O.E.- que se apresuran a hacer esta oferta en el momento presente, cuando ya se puede afirmar que se han roto los puentes. Conviene recordar igualmente la cínica actitud de Alfonso Guerra, cuando declaró que se habían cepillado el Estatuto de Cataluña. Creo que no es necesario más… . Por lo que se refiere a las formaciones más a la derecha, está sobradamente probado que no tienen la menor disposición al respecto. En el caso de Izquierda Unida, su marginalidad lleva a no contar social y políticamente con ella. En este punto no está de más señalar que nunca ha precisado su proyecto de federalismo y que su actitud ha sido negativa frente a un proyecto que podía haber sido integrado en el federalismo, como fue el denominado plan Ibarretxe. Su actitud no respondió a una crítica de raíz federalista, sino al simple rechazo por temor al independentismo, común a los patriotas españoles.
Nuestro análisis de la coyuntura y la permanencia de inestabilidad presente aconseja olvidar en cualquier plan estratégico el acuerdo con España que pase por un Estatuto de autonomía, o de cualquiera otra solución de las calificadas como federalista. La conclusión que podemos extraer del proceso de relación con España, se ha caracterizado por la imposición. Nunca ha mostrado España una actitud de colaboración o reconocimiento de un status de igualdad con la Nación Navarra. Es hora de desatender cantos de sirena, porque el estado de convivencia a que se refieren los españoles, cuando hablan de nuestra relación con España ha sido de sometimiento y maltrato, nada que aconseje mantener esa convivencia en el mismo marco jurídico, como sucede -permítaseme la expresión- con un matrimonio en que ha predominado el maltrato y desprecio hacia uno de los cónyuges.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua










