¡Ah, amigos! Si ya habíamos oído de disparates a propósito de la independencia de Catalunya, ahora tendremos que armarnos de paciencia, abrir el paraguas y dejar que llueva. Pero también habrá que tener respuestas mucho más inteligentes que las utilizadas hasta ahora. El adversario, asustado, cogido a contrapié por culpa de los intermediarios de los que se fiaba -de los que utilizan el Puente Aéreo- ha optado por meter miedo hurgando en los sectores más frágiles y más cándidos de la sociedad catalana. Y entiendo por sectores frágiles la gran red de pequeñas y medianas empresas y de autónomos, por otro lado los más castigados por el alto precio de pertenecer a España. Los sectores más cándidos son los que tienen como fuente habitual de relación con el mundo los espacios informativos españoles que pasan de las tripas al escándalo fácil, siempre dirigidos a fomentar la antipolítica, que es el clima más cómodo para el gobernante. Practican lo que ya recomendaba Franco: “¡Joven, haga como yo y no se meta en política!”
Sin embargo, nos son los espantajos que agitan desde fuera de Cataluña -todo malos augurios y ningún argumento a favor de quedarnos con ellos- los que más me preocupan. De tan chapuceros que son, pueden ayudarnos a hacer el trabajo más difícil de todas: llegar a los espacios más impermeables donde nuestra ambición de país no es ni conocida. Gracias a los aspavientos de ministros, presidentes autonómicos, tertulianos intereconòmicos y a alguna pechera con galones, bien amplificados por los tradicionales canales españolizadores, ahora se habla de independencia incluso en el bazar chino o la peluquería de barrio más pequeña, donde nunca antes el catalanismo había entrado. Y si corre el rumor de que enviarán los tanques o que nos dejarán sin luz, la amenaza puede ser el primer paso para llevarlos a buscar información fuera de la zona de sombra donde no hemos sido capaces de llegar.
No: lo más peligroso son los argumentos utilizados aquí mismo. Y para empezar, hay dos a los que conviene responder. El primero es un razonamiento digamos de perdigonada, que hace más ruido que daño. Me refiero a la idea sostenida por Joan Herrera de que la independencia debería tener un apoyo del ochenta por ciento para evitar que el país es dividiera por el medio. Dejo sin calificar que, a estas alturas, todavía diga que ve posible una solución federal, e incluso dejo pasar el tic conservador de quien mete miedo en lugar de invitar al valor. Pero Herrera debería decir, en el caso de que la sociedad catalana estuviera efectivamente dividida a partes iguales en dos lealtades nacionales incompatibles, por qué esta fractura sería un problema con la independencia y no lo es en la actual situación de dependencia. Que en pleno siglo XXI se culpe a una Cataluña independiente de una hipotética fractura que, en caso de ser cierta -y no lo es-, en treinta años el autonomismo tampoco habría sabido soldar, raya en la indecencia.
En cuanto al otro argumento, exhibido por Alicia Sánchez-Camacho, tiene forma de traca con pólvora mojada. Es el del recurso a la “mayoría silenciosa”. Desde finales del franquismo no había vuelto a oír hablar de ello, y probablemente la gente joven no debe conocer ni los antecedentes. Y es que cuando Franco quería menospreciar las críticas de intelectuales cualificados o de grupos sociales significativos, aparte de vincularlos a conspiraciones judeomasònicas -ofrezco la idea a la lideresa del PP en Cataluña-, el dictador solía ampararse en el apoyo de la mayoría silenciosa. Una mayoría muda, sí, silenciada por el miedo y la ignorancia. De hecho, el mismo que se proponen conseguir los que ahora nos amenazan con un futuro de fracturas, fronteras cerradas físicas y mentales, y con supuestos empobrecimientos fuera del cálido mimo que siempre nos ha dispensado la ‘madre patria’.








