La idea de un “choque de civilizaciones” no era errónea; simplemente era prematura
Nos encontramos ante un punto de inflexión en las relaciones internacionales tan decisivo como los de 1989, 1945 o 1919: un auténtico acontecimiento generacional. Como entonces, el derrumbe del orden liberal internacional surgido en los años noventa abre una etapa en la que esperanza y temor se entrelazan, mientras las viejas certezas –tanto las reconfortantes como las inquietantes– se desvanecen. En momentos así, los oportunistas carismáticos suelen eclipsar a los gestores competentes.
En cada uno de esos puntos de inflexión previos, el viejo orden había ido resquebrajándose lentamente antes de desplomarse de golpe. Aunque no siempre resultara evidente para sus contemporáneos, en retrospectiva podemos ver que el nuevo orden destinado a reemplazarlo llevaba mucho tiempo gestándose. En 1919, por ejemplo, la proscripción de la guerra y la creación de un parlamento de naciones figuraban desde hacía décadas en el debate político; en 1918, el presidente estadounidense Woodrow Wilson incluso había propuesto la «autodeterminación nacional» como requisito para el reconocimiento de un Estado (aunque reservada, en la práctica, a las naciones de liderazgo blanco). En 1945, la idea de una Sociedad de las Naciones reformada con un consejo de seguridad eficaz se había perfilado ya desde 1942, aunque la aparición del arma nuclear al final de la guerra alteraría por completo los cálculos estratégicos y allanaría el camino hacia la Guerra Fría. Y antes de 1989, la noción de un orden internacional universal «liberal» o «basado en reglas» como alternativa a las pugnas Este/Oeste y Norte/Sur ya era parte del debate desde la década de 1970.
La hegemonía posterior a la Guerra Fría que cristalizó en los años noventa descansaba sobre varios pilares normativos. El primero sostenía que las fronteras internacionales no debían redibujarse por la fuerza, una norma de la posguerra cuya defensa sirvió incluso de ‘casus belli’ declarado en la Guerra del Golfo de 1991. El segundo establecía que el principio de soberanía nacional seguía siendo inviolable, salvo en casos de atrocidades masivas contra los derechos humanos, excepción que acabaría formalizándose bajo la rúbrica de la «responsabilidad de proteger». El tercero asumía que la integración económica y financiera global debía ser abrazada por todos, pues el libre comercio –presumiblemente justo– beneficiaría a cada una de las partes. Y el cuarto defendía que las disputas entre Estados debían zanjarse mediante negociaciones legalistas en instituciones multilaterales, siendo la transformación del GATT en la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995 su expresión institucional más emblemática.
Ciertamente, ninguno de esos pilares quedó libre de cuestionamientos; hegemonía nunca fue sinónimo de consenso. Durante los últimos quince años, cada uno de ellos ha sido desafiado de forma creciente y explícita, especialmente por la Rusia de Vladímir Putin y la China de Xi Jinping. Pero lo que ha terminado por asestar el golpe definitivo a ese orden es que Estados Unidos –que en las décadas de 1990 y 2000 se presentaba como su principal garante– ha empezado ahora a desmarcarse de esos principios uno por uno. Como apuntó Nathan Gardels hace unas semanas, bajo el liderazgo de un Donald Trump reinstalado en el poder, Estados Unidos se ha convertido en la mayor potencia revisionista del planeta, una idea que Howard French ha repetido recientemente.
Mientras el viejo orden se descompone, la gran incógnita que hoy atenaza a las relaciones internacionales es la forma que adoptará el nuevo que pugna por abrirse paso. Sea cual sea la etiqueta que finalmente reciba, sus rasgos más visibles apuntan a un transaccionalismo de suma cero en la economía internacional, a una política de poder abiertamente tucidídea –donde «los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben»– y a una reafirmación identitaria articulada en torno a los llamados «estados-civilización». Todo ello se desplegará en un tablero global mucho más nivelado que el que siguió a la caída del Muro de Berlín: aquel «momento unipolar» descrito por Charles Krauthammer, cuando Estados Unidos aparecía, en palabras del entonces ministro francés Hubert Védrine, como la única «hiperpotencia».
Fukuyama vs. Huntington
Durante aquella gran reordenación, el debate central en las relaciones internacionales enfrentó dos visiones icónicas: el ensayo sobre el «Fin de la Historia» de Francis Fukuyama –publicado, proféticamente, pocos meses antes de la caída del Muro– y el «Choque de Civilizaciones» de Samuel Huntington, que llegaría cuatro años después. El propio Fukuyama reconocería que «el fin de la historia» no debía leerse como «una afirmación sobre la condición empírica del mundo, sino como un argumento normativo sobre la justicia o idoneidad de las instituciones político-liberales». Pero los liberales de la época entendieron que esa visión normativa merecía apoyo. Y, al filo del cambio de siglo, podían contemplar las reformas en la Rusia de Boris Yeltsin y la China de Jiang Zemin con suficiente optimismo como para convencerse de que Fukuyama había ganado el debate, tanto en el fondo como en la forma.
Huntington no estaba de acuerdo. Al igual que Fukuyama, el académico –cofundador de ‘Foreign Policy’– sostenía que las divisiones de la Guerra Fría entre un Este comunista y un Oeste democrático, entre un norte global rico y un sur global pobre, «ya no eran relevantes». Pero mientras el internacionalista liberal Fukuyama veía en el final de la Guerra Fría el preludio de una paz perpetua entre estados alineados con los principios de la democracia electoral y un capitalismo regulado –lo que él describió como «la forma final de gobierno humano»–, el realista Huntington anticipaba algo muy distinto: un mundo atravesado por conflictos permanentes, aunque reconfigurados a lo largo de ejes completamente nuevos.
Para Huntington, los actores geopolíticos decisivos dejarían de ser los estados-nación para convertirse en las «civilizaciones», entendidas en el sentido que les dio el historiador británico Arnold J. Toynbee en su monumental ‘Estudio de la Historia’, publicado en doce volúmenes entre 1934 y 1961. Desde esta perspectiva, las «líneas de falla» –una metáfora deliberadamente tectónica– que separan unas civilizaciones de otras pasarían a ser los principales puntos de fractura del orden internacional posterior a la Guerra Fría.
La identidad civilizatoria, advertía Huntington, ganaría un peso creciente en el futuro. El mundo quedaría moldeado, en gran medida, por las interacciones entre siete u ocho grandes civilizaciones: la occidental, la confuciana, la japonesa, la islámica, la hindú, la eslavo-ortodoxa, la latinoamericana y, quizá también, la africana. Los conflictos más significativos del mañana estallarían precisamente en esas líneas de falla culturales que separan unas civilizaciones de otras.
La visión de Huntington sobre el nuevo orden era considerablemente más sombría que la de Fukuyama, aunque ambas contenían una ambivalencia de fondo. Fukuyama cerraba su célebre ensayo advirtiendo que el precio de la paz perpetua sería un tedio tecnocrático: la «audacia, el coraje, la imaginación y el idealismo» que habían alimentado las grandes contiendas ideológicas serían reemplazados por «el cálculo económico, la resolución interminable de problemas técnicos, las preocupaciones medioambientales y la satisfacción de sofisticadas demandas de consumo». Los «siglos de aburrimiento» que se avecinaban, sostenía, desembocarían en una crisis existencial para quienes buscaran reconocimiento social en un mundo sin espacio para la gloria política.
Por el contrario, Huntington sostenía que las identidades de grupo –alimentadas por distinciones culturales profundamente arraigadas– eran perdurables y solo se volverían más visibles a medida que las ideologías universalistas de la Guerra Fría se disiparan. En el libro de 1996 que desarrollaba su artículo original, anticipó un equilibrio inestable sostenido por «estados centrales» capaces de imponer su autoridad dentro de sus respectivas «esferas de influencia» civilizatorias. Por un lado, «los choques de civilizaciones son la mayor amenaza para la paz mundial», escribía, pues el énfasis en diferencias culturales insalvables sentaba las bases de una hostilidad sin fin. (Huntington también previó que la animadversión hacia los inmigrantes se convertiría en el rasgo definitorio de la política interna en un orden mundial moldeado por el choque de civilizaciones).
Por otro lado, si en ese nuevo orden todos asumían la insensatez de intentar imponer su propio sistema cultural a civilizaciones «ajenas», entonces «un orden internacional basado en civilizaciones es la salvaguardia más segura contra una guerra mundial». La hostilidad cultural entre civilizaciones podía ser inevitable, pero, con algo de suerte, el «choque» se limitaría a un estrépito ensordecedor antes que a un enfrentamiento violento.
En comparación con el de Fukuyama, el ensayo de Huntington –y el libro que lo amplió– recibió, si cabe, aún más atención, mucha de ella en un registro abiertamente crítico. Historiadores y antropólogos cuestionaron la incoherencia de la categoría misma de «civilización» (una fluidez que el propio Huntington reconocía), mientras que los especialistas en relaciones internacionales subrayaron que muchos de los conflictos más sangrientos del momento –desde las guerras entre musulmanes suníes y chiíes hasta numerosos enfrentamientos en África– estallaban ‘dentro’ de las supuestas civilizaciones, no entre ellas. Cosmopolitas, globalistas y liberales rechazaron el libro no tanto por su lectura de la política mundial como por lo que percibían como un amoralismo descarado.
La lenta erosión del orden liberal
Durante las dos primeras décadas posteriores al fin de la Guerra Fría, el orden internacional operó, en lo fundamental, dentro del marco normativo que había anticipado Fukuyama. Desde mediados de los noventa hasta bien entrada la década de 2010, la mayoría de los líderes políticos –aunque a veces de mala gana– aceptaron jugar según las reglas del llamado «orden liberal internacional». Europa profundizó su integración bajo el paraguas institucional de la Unión Europea. Las disputas comerciales se encauzaron a través de la OMC, cuyos dictámenes fueron, en general, acatados. Los criminales de guerra fueron perseguidos con desigual rigor, pero cuando eran detenidos, terminaban ante tribunales internacionales formalmente establecidos: el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia (1993), el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (1994) o la Corte Penal Internacional (2002).
Cuando Estados Unidos decidió recurrir a la fuerza –en los Balcanes en los años noventa, en Irak en 2003 o en Libia en 2011– procuró revestir sus operaciones con algún tipo de legitimación internacional, ya fuera a través de Naciones Unidas o de la OTAN (aunque, llegado el caso, un voto adverso nunca lo disuadió). George W. Bush, en particular, se empeñó en presentar tanto la guerra global contra el terrorismo como el derrocamiento del régimen iraquí en clave fukuyamiana, y no huntingtoniana: «Cuando se trata de los derechos y necesidades comunes de hombres y mujeres, no hay choque de civilizaciones», proclamó. «Las exigencias de la libertad se aplican plenamente a África, a América Latina y a todo el mundo islámico. Los pueblos de las naciones islámicas quieren y merecen las mismas libertades y oportunidades que los de cualquier otra nación. Y sus gobiernos deberían escuchar sus anhelos».
Incluso Rusia, el gran perdedor geopolítico del arreglo posterior a la Guerra Fría y, por ello mismo, su potencia disidente más previsible y vehemente, mantuvo durante un tiempo cierta deferencia hacia el nuevo orden. Sus intentos de modificar fronteras se limitaron a anexiones ‘de facto’ –y no ‘de jure’– de territorios arrebatados a sus vecinos: Transnistria en Moldavia tras 1992, y Abjasia y Osetia del Sur en Georgia a partir de 2008. Cada uno de estos episodios puede leerse como el tributo que el vicio rinde a la virtud; pero, en última instancia, no dejaban de ser un tributo.
Parafraseando a Fukuyama (y, en última instancia, a Hegel), toda época contiene las semillas de la que habrá de sucederla, encarnadas en fuerzas que se oponen al orden dominante. A comienzos de la década de 2010, las grietas en la arquitectura normativa de la posguerra fría ya eran visibles. Y, cada vez con mayor nitidez, las potencias emergentes que empezaban a pensarse a sí mismas en los términos civilizatorios anticipados por Huntington dos décadas antes comenzaron a cuestionar abiertamente los valores supuestamente universales sobre los que descansaba el orden liberal internacional. Si en los años noventa algunos líderes de países más pequeños –como Singapur y Malasia– habían defendido la existencia de unos «valores asiáticos» distintos de los occidentales, para 2014 tanto Putin como Xi describían sin ambages a Rusia y China como «civilizaciones» dotadas de valores propios, inconmensurables con los de las democracias occidentales y, desde su perspectiva, superiores a ellos.
La geopolítica vuelve con fuerza
Con una década de perspectiva, 2014 se revela como el punto de inflexión en el que la erosión del orden liberal internacional comenzó a volverse gangrena. Ese año, la anexión ‘de jure’ de la península de Crimea por parte de Rusia supuso una ruptura abierta: un desafío frontal a uno de los pilares básicos del sistema surgido tras la Guerra Fría, según el cual las fronteras no debían redibujarse por la fuerza. Significativamente, Putin justificó la operación en términos explícitamente «civilizatorios», alegando que Crimea siempre había formado parte del «mundo ruso». Ese mismo año, el ascenso de Narendra Modi y del BJP –que desplazó al pluralista Partido del Congreso– también se articuló mediante un marco civilizatorio: la ideología del ‘Hindutva’, que presentaba a la India como un estado-civilización hinduista, pese a los cientos de millones de ciudadanos indios que no profesan esa religión. A su vez, la consolidación de Xi Jinping como líder supremo –sin pretensión alguna ya de mantener la ambigüedad estratégica sobre una eventual liberalización de China y cada vez más inclinado a la confrontación ideológica directa– terminó de disipar la utopía fukuyamiana. Para mediados de aquella década, la célebre «tercera ola» de democratización ya no parecía el anticipo de un futuro radiante, sino más bien una falsa alarma histórica.
Desde esta perspectiva, el último cuarto de siglo puede leerse como una larga fase de incubación de la tesis de Huntington. Hoy resulta evidente que el politólogo no erró tanto en los contornos del orden llamado a suceder a la posguerra fría como en el timing de sus intuiciones. Supo señalar el elemento antinómico que quedó incrustado en el interior del orden liberal y que, con paciencia, aguardó su momento para emerger como cimiento del siguiente. Y ese nuevo orden –definido por la lógica civilizatoria y la rivalidad identitaria entre grandes potencias– ha terminado por desplegarse en toda su magnitud durante la última década.
Visto desde la cúspide del optimismo internacionalista liberal de finales de los noventa, nuestro presente se comprende mejor como «la revancha de Huntington». El sueño de un consenso universal en torno a la democracia liberal y a un capitalismo global gestionado tecnocráticamente ha quedado atrás, y los valedores del choque de civilizaciones avanzan con paso firme en casi todos los rincones: de Moscú y Pekín a Delhi y Estambul, y ahora también en Washington D. C. En este nuevo orden, la fortuna se inclinará –aunque no siempre en el sentido de favorecerlos– hacia los audaces y vehementes antes que hacia los corteses y ordenados. En lugar del aséptico tedio de las reglas burocráticas poshistóricas, nos aguardan las pulsiones viscerales de un sistema internacional más crudo y despiadado. La crueldad será recompensada; la debilidad, explotada. Cuesta no imaginar a Huntington sonriendo desde su tumba.
* Historiador y vicepresidente ejecutivo y director de operaciones del Instituto Berggruen.
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