Con frecuencia creciente se producen en Europa y América simposios y conferencias para analizar los procesos por los que un pueblo se independiza y crea un nuevo Estado en situaciones de estabilidad democrática, ante la importancia y probabilidad crecientes de nuevas independencias en Europa occidental. A diferencia de las independencias surgidas de la descolonización o de la derrota y derrumbe de imperios, bien conocidas y estudiadas, las que han resultado de una decisión democrática tomada dentro de un Estado que no estuviera en crisis terminal, como en la primera mitad del siglo XX Noruega, Irlanda e Islandia, eran lejanas y escasas. Últimamente, sin embargo, Eslovaquia, Montenegro y Kosovo, y los referéndums en Quebec, interpelan a la comunidad internacional sobre los límites de la democracia, el alcance de los derechos, y los aspectos sociales, económicos, morales, y legales de los procesos políticos de independencia.
Los casos de Cataluña, Flandes y Escocia han sido el objeto de la conferencia internacional organizada la pasada semana por la London School of Economics, donde fui invitado como ponente. Es imposible recoger aquí la riqueza y profundidad de ideas que unos excelentes académicos, ponentes y participantes, generan en una de las mejores universidades del mundo, pero para los catalanes creo que lo más relevante es constatar cómo nuestra independencia es contemplada internacionalmente como una posibilidad real.
Las tres naciones estudiadas tienen en común la pertenencia secular a un Estado ajeno que se ha esforzado en construir una identidad inclusiva y sustitutoria, para convertir a los escoceses en británicos, a los flamencos en belgas, y a los catalanes en españoles, y el fracaso de esta política asimilista. La mayor diferencia, sin embargo, radica en la singularidad española, por su comparativamente corta y defectuosa trayectoria democrática, que levanta la preocupación por su desestabilización profunda en caso de la independencia de Cataluña y Euskadi. Hasta ahora las independencias democráticamente decididas no han provocado la crisis de los Estados donde se han acontecido, pero si España se empeña como hasta ahora en la mera negativa y no deja a los catalanes otra opción que acatar y someterse, la falta de mecanismos efectivos de represión para impedir una independencia unilateral puede llevar a España a una crisis post-independencia tanto o más desestabilizadora que la generada por las americanas o la cubana.
El problema para Europa y Occidente no es que Cataluña se independice, sino que el fracaso por impedirlo lleve a España a la postración. Si la única opción que España deja en Cataluña es independizarse contra España, que siga negándose a cualquier diálogo o negociación que pueda llevar a una independencia acordada, se produce un juego de suma cero que Cataluña ganará, porque nada ni nadie en democracia puede impedir la voluntad de un pueblo. Ambas naciones, Cataluña y España, pueden ganar siendo Estados independientes, si el proceso es mutuamente aceptado, pero si España, como hasta ahora, se erige en enemigo, será tratada como enemigo, perderá, y un nuevo 1898 es su triste horizonte.
A los catalanes sólo nos hace falta votar nuestra independencia, no necesitamos destruir España, pero si los españoles vinculan una y otra cosa tendrán las dos. Es su elección: si actúan como lo hacen el Reino Unido, Canadá o Bélgica, nuestra independencia será para ellos un nuevo comienzo. Si no, perderán algo más importante para ellos que Cataluña, perderán España.








