Volviendo a Rousseau

Ya me perdonarán que vuelva a empezar un artículo citando a Rousseau. La intención no es desgranar su filosofía política, algo impensable en este espacio, sino aprovechar una observación del escritor ginebrino para pulsar “las palpitaciones del tiempo”. Dice Rousseau que es inútil de separar la moral de una nación de los objetos que ama, porque ambas cosas vienen del mismo principio y se fusionan. Lo remacha afirmando que juzgar la moral es juzgar lo que se honra y juzgar lo que se honra es convertir la opinión en ley. Efectivamente, nada más tiránico que la opinión.

La moral trata de las costumbres y la conducta. Es la función operativa del juicio; razón práctica, la llamaba Kant. Es pues la facultad que se preocupa del ‘cómo’. La estima, en cambio, es el área del ‘qué’ y se refiere a los objetos de la voluntad. La semana pasada, en su colaboración en el diario Ara, Salvador Cardús exponía de manera brillante la necesidad de que el independentismo estimule la conciencia del ‘cómo’, esto es que reencuentre el método o proceso (términos casi sinónimos) para realizar los principios.

Enfilando argumentos con la pulcritud que le caracteriza, Cardús abogaba por lo que algunos impacientes exigen de cualquier manera: soluciones en lugar de declaraciones. En realidad no es así, porque Cardús, a diferencia de los ansiosos que reclaman recetas, sabe la importancia de acertar el diagnóstico. En el texto aludido no tiene la arrogancia de fijar “soluciones”. Lo deja, supongo, a la incontinencia promisoria de los políticos.

Habría que ver si los lectores que reclaman soluciones aplicarían su receta. En esto hay mucha hipocresía, porque el oficio de resistente y los alrededores de la revuelta no son misteriosos. Basta con adaptarlos a las circunstancias y persistir. Sobre todo, no hay que pregonarlas desde las azoteas si se quieren poner en práctica. El pasado día 29, Qi Hong, un disidente chino, proyectó mensajes de protesta en caracteres luminosos en la fachada de un edificio en Chongqing. La proyección venía de un hotel y cuando la policía se presentó para detener al responsable, fueron filmados por cámaras que Qi había instalado en la habitación. Con el mismo procedimiento grabó a los policías que fueron a interrogar a la madre, frágil y atemorizada, a su pueblo. Cuando esto ocurría, Qi y su familia ya no estaban en China. Había sido un acto minuciosamente planeado y ejecutado. El golpe de efecto consistió en revolver contra el régimen comunista su principal arma de control en un magnífico ejemplo del cazador cazado. Qi ya tenía claro el ‘qué’; el ‘cómo’ se lo sugirió la tecnología represiva del gobierno.

Si algo demuestra la acción es que para acertar el ‘cómo’ debe ser consecuente con el ‘qué’. Y el ‘qué’ nunca es gratuito. Los principios morales son coactivos y piden sacrificios, a veces cruentos. Si juzgar la moral de un pueblo es juzgar lo que el pueblo honra, ¿qué se puede decir de la moral de los catalanes? ¿Cuáles son los objetos de admiración pública? No cabe duda: los futbolistas ocupan la parte superior del estrado, seguidos de los demás deportistas y de personajes cuyo mérito principal es salir en televisión. La veneración multitudinaria de un poeta como Verdaguer es hoy impensable. Si Verdaguer volviera a morir, en las exequias sólo se encontrarían el cura, el monaguillo y el enterrador. Vale, la poesía está muerta o malvive en la letra de las canciones de moda. Pero tampoco cambia nada mucho si permutamos al poeta por un científico. ¿Cuál es el grado de estimación pública de, pongamos por caso, Jaume Ferran o Joan Oró? Todo el mundo se precia de culto, pero nadie rinde culto a la cultura superior, y es que entre los catalanes la superioridad está proscrita y la envidia estropea la capacidad admirativa. En el país no faltan pensadores ni personas de gran cultura, pero las reputaciones son caseras y raramente atraviesan las fronteras. Hay que ir muy atrás, casi a la edad media, para encontrar nombres reconocidos internacionalmente. La razón de esta penuria es ambiental. Sin estímulo ninguna planta florece.

La pereza intelectual que extienden los medios pide un pensamiento triturado, fácil de tragar, sin matices. Entre los extremos de la grosería pueblerina y el esnobismo de importación, la cultura catalana, especialmente la letrada, debe adaptarse a un mercado minúsculo y con pocas gradaciones. Es un mercado muy dependiente de la moda, sin el grueso y la continuidad que permiten construir una tradición intelectual.

Cuando hacía el programa de licenciatura, escribí un trabajo de curso sobre el libro de Richard Hofstadter ‘Anti-intelectualism in American Life’ (‘El antiintelectualismo en la vida norteamericana’). Unos años más tarde, estudiando para el doctorado, disfruté de una clase magistral del folclorista Alan Dundes, en la que el elocuente profesor explicó con su mítica velocidad de comunicación el antiintelectualismo de la cultura popular estadounidense. Con el tiempo, el desprecio de la cultura exigente se ha convertido en una opción política, que hoy representa a la mayoría de votantes de Donald Trump. La división social es nítida: a Trump le han favorecido las personas sin educación superior. Exagerando un poco, puede decirse que la cultura popular, entronizada en la universidad por los estudios culturales (ideológicamente de izquierda) de los años 80 y 90, ha ganado la partida. Y ahora que la alta cultura se muere, como Dios murió en el siglo XIX, muchos de estos intelectuales anti elitistas corren por los campus como pollos sin cabeza.

Una cultura que deserta de la realidad es un callejón sin salida. Pero conculcar el cariño de los objetos que la merecen es importar la inmoralidad a la cultura. Más que a encontrar el ‘cómo’ para salir del callejón sin salida, la incapacidad de amar en la justa proporción empuja a permanecer ante un ‘qué’ tragado por sombras platónicas. La opinión corriente, la ‘doxa’, era para Platón el muro con el que los hombres (y los pueblos) sonámbulos chocan una y otra vez.

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