Soberanías limitadas

Cuando pensamos en la construcción de la Cataluña del futuro, que está ciertamente muy cerca, tenemos presentes las “estructuras de Estado” que necesitamos poner en funcionamiento. Por suerte, ya disponemos de una buena parte de estas estructuras que definen el funcionamiento de una administración pública, como son la enseñanza, la sanidad, unos medios de comunicación públicos y aspectos de la seguridad (los Mossos). Quiere decir que, gracias a la labor realizada por la Generalitat desde su restablecimiento, hemos ido consiguiendo cuotas de poder político. Es decir, de soberanía. Pero también reconocemos que nos faltan aspectos importantes. De hecho, no disponemos de aquellas estructuras que suponen un grado superior de soberanía; las que nos acercarían a un nivel que consideramos normal en los países soberanos de nuestro entorno. Pensamos esencialmente en la hacienda y las relaciones exteriores. Efectivamente, la soberanía nacional se evidencia de manera ostensible en la libertad política a la hora de establecer relaciones con los demás países, de definir de qué manera el país se sitúa en el marco internacional. Por ello, el Gobierno español se empeña en impedir la presencia de la Generalitat en el exterior. También, por ello, queremos que los asistentes al Mobile World Congress conozcan que visitan la capital de Cataluña, un país que lucha por su progreso social y nacional.

En clave de futuro reclamamos para nuestro país y para nuestro futuro gobierno dos cualidades que, si bien pueden parecer contradictorias, son realmente complementarias. Por un lado, queremos la plena soberanía que se expresa políticamente en la existencia de unas fronteras definidas que indican los límites geográficos del ejercicio de la autoridad. Y por otra parte, reivindicamos nuestra presencia como miembro de pleno derecho de la Unión Europea, conscientes de que formar parte de este organismo implica una renuncia significativa de soberanía. Ahora mismo, muchos catalanes deseamos exactamente eso: ser tan soberanos como lo son los otros 28 países de la UE; o si se quiere, queremos ser tan poco soberanos como lo son estos países. Si nos fijamos en el comportamiento de los diferentes gobiernos que han hecho la opción de avanzar hacia una unidad económica y política llamada Europa, vemos repetidamente esta tensión entre soberanía nacional y limitaciones de esta soberanía. Unas limitaciones que a veces son interpretadas en clave positiva, como cuando afirmamos que nos gustaría vernos representados más clara y conjuntamente en los graves conflictos internacionales. Ante situaciones de crisis políticas o humanitarias, somos muchos los europeos que preferimos escuchar una voz de Europa y renunciamos a gusto a hacer oír la voz propia. También es cierto, sin embargo, que otras veces las limitaciones a la soberanía nacional son leídas en clave negativa; lo constatamos cuando escuchamos afirmaciones que critican duramente el hecho de que los países acreedores imponen condiciones económicas a sus deudores.

La realidad es que los gobiernos europeos, cuando toman decisiones, deben tener presentes dos fidelidades. Los responsables políticos (o los políticos responsables) deben responder a las aspiraciones de los ciudadanos, deben intentar hacer realidad las promesas electorales; es decir, deben tener presente la opinión de quien les ha encomendado la tarea de gobierno. Pero estos mismos políticos son también responsables -porque de hecho formamos parte de ellas- ante unas instituciones supranacionales. Allí confluyen intereses a menudo contrapuestos, pero que en la medida en que queremos una Europa unida se han de armonizar en un proceso de compromisos y concesiones mutuas. En resumen y poniendo un ejemplo: en sus decisiones el gobierno griego debe tener en cuenta la voluntad de los electores griegos, pero no puede olvidar lo que opinan sobre Grecia los ciudadanos alemanes. Y viceversa, ¡por supuesto! Nosotros incorporamos esta lección en el camino hacia la soberanía o independencia.

EL PUNT – AVUI