La sensatez, la inteligencia y, en última instancia –si esto falla–, el sentido común, nos recomiendan ir directos al origen de un conflicto para poder solucionarlo. La minimización, atenuación o relativización de un problema grave nunca han solucionado nada. Al contrario, han hecho que el problema adquiriese unas proporciones que si antes daban miedo ahora dan pánico. Y es difícil que alguien se atreva a enfrentarse a lo que le da pánico. Más bien, para que no se le note, opta por realizar movimientos de distracción con temas menores que le den apariencia de valiente. Al decir ‘menores’, no quiero decir que sean temas pequeños. Pueden ser grandes, pero carecen de entidad propia porque derivan directamente del origen, es decir, de la causa matriz.
Quizás se pregunten: “¿Y cuál es la causa matriz del problema de Cataluña?”. Su carencia de libertad, evidentemente. Ser un país cautivo, un país esposado y expoliado, tiene gravísimas consecuencias en la vida de sus gentes. Consecuencias que se hacen sentir en la vivienda, en la lengua, en la sanidad, en la educación, en el urbanismo, en la economía, en el campesinado, en el transporte público, en los servicios sociales, en las carreteras, en los bosques… Todas las estructuras del país, absolutamente todas, se convierten en caducas, deficitarias, obsoletas o caóticas por la sencilla razón de que les falta el elemento base, el elemento esencial, que es la plena disposición de los recursos propios. Sin esta facultad, ningún país del mundo puede dar respuesta a sus necesidades colectivas. En el caso específico de Cataluña, la consecuencia máxima de la causa matriz, la más gigantesca, la más escalofriante, son los 28.000 millones de euros que España le saquea anualmente, vía fiscal, por derecho de conquista.
Para que nos hacemos una idea de lo que supone el expolio de 28.000 millones de euros anuales a Cataluña, detallémosla en números redondos: 2.300 millones cada mes; 537 millones cada semana; más de 76 millones cada día; más de 3 millones cada hora; más de 53.000 euros al minuto; cerca de 900 euros cada segundo. Es decir, 280.000 millones de euros en diez años. Sí, 280.000 millones. Pues si retrocedemos unos pocos años, no más de quince, recordaremos los rescates que la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional tuvieron que realizar en Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre. El total de esos rescates tuvo un coste de 243.000 millones de euros. 243.000 millones. Una cifra, ya vemos, sensiblemente inferior a los 280.000 millones expoliados a Cataluña en diez años. Pues bien, la aportación global del Estado español a aquellos rescates fue tan sólo de 8.000 millones, sólo un 29% del total que expolia cada año a Cataluña. Pero lo más estremecedor es que Cataluña pudo pagar sola el rescate de Grecia, Irlanda, Portugal y Chipre en sólo ocho años y ocho meses, ya que 243.000 millones de euros es la cifra que en ese mismo espacio de tiempo –ocho años y ocho meses– España expolia a Catalunya.
A pesar de esta depredación, por incomprensible que parezca, no existe ningún movimiento reivindicativo de causas justas como la vivienda, la sanidad, la educación, los servicios públicos y sociales, etc., que haga la más mínima alusión –¡sólo alusión!– al fin del expolio de dichos 28.000 millones de euros anuales. Silencio absoluto. Todos los colectivos vindicativos callados sobre el tema. UGT y Comisiones Obreras por supuesto, porque son sindicatos nacionalistas españoles con un marco mental hispanocéntrico y con su centro neurálgico en Madrid, pero también callan sindicatos con sede central en Barcelona. Como si el expolio no existiera, como si el botín español de 28.000 millones de euros fuera un gasto natural e incuestionable que Cataluña debe asumir como asume que noviembre es otoño y abril primavera. Es como si uno tiene un escape de agua en el hogar y, en vez de cerrar la llave de paso, se dedica a poner bayetas maldiciendo los desperfectos que provoca. ¡Y estupendo si sólo fuera eso! Quiero decir que, con muy buena voluntad, se puede admitir que una persona desquiciada no caiga en un detalle tan elemental como es cerrar la llave de paso. Pero es que el caso de los movimientos vindicativos catalanes tiene un carácter clínico, y no porque su indignación no sea justa, sino porque por más que se les haga ver la importancia de cerrar el grifo, ellos prefieren maldecir los desperfectos y reivindicar bayetas. “¡Queremos bayetas!”, es su lema. “Bayetas, bayetas, bayetas! ¡Necesitamos bayetas!”.
A una de estas bayetas ERC la llama “sistema de financiación propia”. Dejando a un lado que es mentira, que es un fraude escandaloso (como el traspaso de Cercanías) y que los cuatro mil millones de euros que afirman que arañarán ‘un día’ en Madrid son cuatro mil millones de euros genuinamente catalanes –tal como si alguien, con infinita benevolencia, te devolviera cuatro migas del pan que antes te ha robado–, el “sistema de financiación propia” es, en sí mismo, una flagrante contradicción. ¿Cómo puede ser “propio” un sistema de financiación que depende de otro? ¿Cómo puede ser “propio” un sistema de financiación que es sólo la calderilla del expolio más feroz, descomunal y rapaz que se ha hecho nunca en la Europa democrática? ¡Hablamos de 28.000 millones de euros anuales! Hablamos de 280.000 millones de euros en diez años. Hablamos de 700.000 millones de euros en un cuarto siglo. Digamos las cosas por su nombre, amigos. Hablemos claro y catalán, por favor. El único sistema de financiación propio de una nación es el de la recaudación, administración y libre disposición de todo el dinero que produce. ¡De todo! Si una nación no es propietaria de su dinero, si una nación no dispone de todo el dinero que genera, carece de un sistema de financiación propio. Tiene el sistema de financiación que interesa a su Estado opresor. En otras palabras, todo movimiento social que esconda el sangriento expolio que sufre Cataluña, se convierte en cómplice. Dos razones lo hacen evidente: no sólo contribuye a la pervivencia del expolio, también imposibilita la consecución de los recursos que justamente reivindica.
EL MÓN










