Nuevas viejas lógicas imperiales

Ante los peligros y las incertidumbres que marca el conflicto con Irán, a muchos les resulta reconfortante buscar culpables con nombres y apellidos. Buscar explicaciones simples, como la atribución de los bombardeos y la escalada bélica en Trump o Netanyahu puede tranquilizar nuestras conciencias, sin embargo nos impide quitarle la razón y el trasfondo de esta fase histórica donde ya hace tiempo nos encontramos. Porque, ¿cambiarían mucho las cosas si hubiera otros dirigentes? ¿O estas situaciones de tensiones tienen que ver con factores más potentes y determinantes?

Cuando estudiaba historia en la UAB, hace cuatro décadas, nos impartían una asignatura de epistemología, donde nos explicaban, desde las principales corrientes historiográficas hasta la lógica hermenéutica de este campo de conocimiento. Y como ya nos alertaba Josep Fontana en sus libros sobre la cuestión, atribuir a personajes singulares y carismáticos la evolución de la historia puede ser tentador, aunque superficial. Como nos recordaba Fernand Braudel, siempre hay procesos de larga duración en los que intervienen más factores que actores, desde la geopolítica a la economía, pasando por las mentalidades, que determinaban la dirección de una historia que, a diferencia de lo que creían los marxistas, nunca es lineal. Por cierto, me explican que ya prácticamente nadie enseña epistemología en las facultades de historia…

Todo esto sale a colación porque la actual política exterior de Estados Unidos no responde a los caprichos de un personaje peculiar, sino más bien es el reflejo de lo que sucede a escala global: el fin del orden posterior a 1945, con su mundo de alianzas y equilibrios, y algo aún más importante y que parece pasar más desapercibido: el fin de la globalización. No es como ingenuamente lo anhelábamos la gente de izquierdas, más o menos vinculada al movimiento antiglobalización, con vínculos con organizaciones como ATTAC (https://attac.es) o revistas como ‘Le Monde Diplomatique’ en la década de 1990. Todo lo contrario, el fin de la globalización está hecho desde una perspectiva más técnica de producción como el “just in time” (que ahorraba stocks, maximizaba productividad y que requería un flujo ininterrumpido de mercancías), fundamentado en el mercado libre, el libre comercio sin aranceles, las deslocalizaciones industriales, la deslocalización del trabajo (desde los ingenieros y directivos sin fronteras) hasta una circulación suficientemente descontrolada de inmigrantes del tercer mundo de baja cualificación)..

Ha habido cinco factores que han hecho corregir el rumbo: la entrada de China en la OMC en 2001; la crisis financiero-especulativa de 2008-2012; la erosión del dólar como divisa; la emergencia de los BRICS y la pandemia. Los economistas neoliberales no calcularon demasiado bien las consecuencias de sus ideas. Querían hacer del país asiático una especie de fábrica barata que permitiera al gran capital hacer un gran negocio para maximizar márgenes y beneficios… y se encontraron con una China que, no sólo se convirtió en la fábrica del mundo, sino también en su centro de diseño, de ingeniería, de atracción de talento y de retorno a la condición de superpotencia que ha sido en diecisiete de los últimos veinte siglos de la historia. Hoy Pekín es una potencia industrial y tecnológica que desafía a unos Estados Unidos que ha transformado la desindustrialización en resentimiento político y una imparable decadencia económica y cultural, que ha impulsado a colocar a alguien como Trump en la sala oval de la Casa Blanca. La crisis de 2008-2012 también fue un exponente de lo nocivas que habían sido las ideas de Milton Friedman, Ludwig von Misses o von Hayek y las políticas de Reagan y Thatcher. Habiendo sustituido el humo de las fábricas por la fabricación del humo de la especulación, las clases dirigentes pasaron de construir coches, trenes, cohetes o vaqueros a dirigir el dinero hacia la especulación inmobiliaria o bursátil. Y, efectivamente, como nos muestra la historia, todo lo que se construye sobre el humo de las esperanzas de rendimiento se desvanece y se hunde como los castillos de naipes o los tulipanes holandeses. La industria de la especulación hizo que los estadounidenses se hayan acostumbrado a vivir sobre la ficción del crédito. Que pierda posiciones respecto a las nuevas potencias amenaza con hacerle perder el comodín que representa al dólar como divisa internacional, que es la carta mágica que le permite imprimir billetes sin demasiadas consecuencias internas. Sin embargo, si sigue la misma lógica, es cuestión de tiempo que todo este edificio carcomido se derrumbe. Finalmente, la pandemia de 2020 les mostró de forma muy cruda que Estados Unidos era incapaz de fabricar algo tan sofisticado como… mascarillas sanitarias. Más allá de la metáfora, Washington se dio cuenta de que el sistema ‘just-in-time’, la concentración de la producción en Asia, la interrupción de las cadenas de suministro, no sólo había puesto en crisis y en cuestión el sistema económico, sino que exponía a la luz pública la vulnerabilidad de un occidente desindustrializado en general, y de Estados Unidos en particular. 

A diferencia de Europa y sus inoperantes instituciones, los estadounidenses, caracterizados por ser más partidarios de la acción que de la reflexión, han cambiado –literalmente– el chip. Trump puede parecernos errático e inestable, caernos antipático, y nos resulta increíblemente fácil de criticar. Ahora bien, sin embargo, hay cierta lógica en lo que hace. Y se llama dar pasos atrás respecto a la globalización, no para volver a un keynesianismo que ha mostrado históricamente su superioridad a la hora de crear y redistribuir riqueza, sino a tirar un poco más atrás hacia períodos prekeynesianos. Y estamos yendo a roer lo que se llamaba, tomando el título a otro gran historiador, Eric Hobsbawm, en la “era de los imperios”, un mundo que recuerda al período comprendido entre el fin de la guerra franco-prusiana y el inicio de la primera guerra mundial.

Y esto, ¿en qué consiste? Básicamente, en controlar materias primas y mercados. Y en evitar que tus rivales puedan acceder a ellos. Porque, para ser una potencia industrial, debes poder tener un control total sobre la cadena de producción y distribución. Y sabotear la de los demás. La carrera imperial del XIX, la doctrina Monroe y la colonización tenía que ver con esto. Los gestos de Trump del último año están motivados por este cambio de paradigma. Al neutralizar el régimen hostil de Venezuela, no sólo recuperan acceso al petróleo (esencial si tenían previsto iniciar las hostilidades contra Irán), sino que ponían trabas –o directamente expulsaban– al rival chino. El apoyo a Israel no es sólo simpatía política, sino, y con el apoyo de un sistema de alianzas con buena parte de los países de la región –el Levante–, controlar una zona estrategia por la que pasan las principales rutas comerciales. Atacar a Irán, más allá de la retórica sobre armas nucleares y la toxicidad del régimen (en lo que tienen mucha razón), pretende poner fuera de combate uno de los principales suministradores de energía de China a fin de obstaculizar su expansión. Todo lo de las democracias y los sistemas liberales es palabrería de los años noventa, cuando algunos analistas, al caer el muro de Berlín, se habían creído lo del fin de la historia y sostenían una fe irracional sobre la superioridad de la economía de mercado y la democracia representativa. Hoy, ni el propio Fukuyama, el autor de la tesis, se lo cree. Y volvemos a una lógica previa a 1914.

El problema, sin embargo, es que, como ya sabemos los historiadores, esta dinámica de potencias, en un mundo multipolar, que compiten entre sí, hace del mundo un lugar peligroso e inestable, porque a menudo es fácil cometer errores de cálculo. El período descrito por Hobsbawm (1875-1914) estuvo lleno de momentos de tensión hasta que alguien se pasó de frenada. Y así nos va, suspendiendo la materia de historia generación tras generación.

EL MÓN