No todas las manifestaciones son iguales…

Ocho años después del 3 de octubre de 2017, un independentista que asistiera el pasado sábado a la manifestación contra el genocidio de Gaza no podría dejar de sentir un punto de nostalgia (“¡nosotros lo hemos estado haciendo durante años!”) y uno de rabia (“¡reprimidos a golpes de porra por ejercer un derecho democrático!”), además de un sentimiento de frustración histórica (“¿por qué nos quedamos a medias?”). Aquel 3 de octubre, el movimiento independentista encabezaba una manifestación en el mismo sitio, y con más gente que este sábado, pero de una cualidad distinta. En efecto: la ciudadanía que desfilaba por el paseo de Gràcia era portadora de una ética de coyuntura atraída por el género del día ofrecido en el mercado de la Piedad Universal: incluso había criaturas por las que sólo podías sentir ternura por el tipo de carteles que exhibían: “Es ilegal matar niños y niñas”. La grosería política consiguiente la representó Salvador Illa cuando se felicitaba por el éxito de la manifestación desde una tribuna de CCOO.

Entretanto, sindicalistas de la CGT y la CNT bajaban el paseo de Gràcia, colonizado a ambos lados por las multinacionales de la moda, sin que se les ocurriera establecer ninguna relación entre globalización económica, imperialismo político y exterminio militar y moral de la humanidad, en masa o despedazada, al contado o a plazos, aquí o en Oriente Medio. No había olor a neumáticos quemados por la desesperación, ni metralla en retinas insumisas: sólo el aroma del gas pimienta de los ‘Mossos’, el día anterior, en el puerto. (¿Alguien recordó que piden tres años de cárcel a uno de los concentrados en Montserrat por un golpe –dicen– a un ‘mosso’?) Los bancos llaman a los buenos ciudadanos para ofrecerles créditos que no han pedido y se los niegan a los ciudadanos que no se portan bien. En términos políticos, pensaría el independentista, esto significa que es más fácil mover los sentimientos por hechos que, aquí y ahora, no podemos resolver mientras hacemos la vista gorda a la resolución de los que nos afectan de cerca: por ejemplo, la extinción sostenida, planificada e irreversible del catalán en la capital de la nación (35% frente al 51% de castellano y 10% de otras lenguas). El sábado, los maniquíes de Prada o de Chanel podían continuar impávidos en sus escaparates (esta vez, la cuota “vandálica” correspondió a Ciutat Vella): todo en orden, pues, en la Barcelona del desorden global, que ninguna multitud como la reunida el sábado podrá nunca dar la vuelta por la sencilla razón de que no constituye un sujeto. Representantes de una ética sin política o, como mucho, al servicio de una política sin sujeto, su poder está vacío: un no poder. Lo común no puede; y quien puede no es de lo común.

Algo muy distinto fue la manifestación del 3 de octubre de 2017, porque la movía y la guiaba una ética de ruptura (independencia nacional) que vehiculaba una voluntad de poder propio (República Catalana). La dimensión ética individual adquiría así todo el sentido liberador gracias a un nuevo sujeto político en acto, portador de una moral colectiva. Y el punto de nostalgia y de rabia, y el sentimiento de frustración histórica que un independentista podía experimentar este sábado, se resumiría en la clara conciencia de haber delegado la función de convertir esta moral colectiva en poder a unas instituciones contrarias al sujeto político creado. No era un poder vacío, tampoco un no poder, sino un poder sin uso.

Había mucha gente joven el sábado en el paseo de Gràcia, y es muy buena noticia. Pero, como demuestra la experiencia progresista de la gente joven desde el Mayo francés, una ética sin política es como querer sacar agua con un capazo: mucho movimiento sin una idea de poder es una energía absorbible por el sistema hasta reciclarla en una ética de circunstancias y, en última instancia, de orden, porque no afecta a la reproducción del dominio existente. ¿Habrá que recordar, en este sentido, que en enero de 1973 se firmaron en París los acuerdos de paz que ponían fin a una guerra –la de Vietnam– que tanta energía juvenil desató contra el imperialismo estadounidense? ¿Que este imperialismo produjo, en septiembre de ese mismo año, el golpe de estado de Pinochet contra Allende, que tanta solidaridad popular generó en el mundo occidental? ¿Y que en octubre del mismo año, a raíz de la guerra del Yom Kippur en Oriente Medio, que llevó a los acuerdos de Camp David entre los imperios de la Guerra Fría, estalló la mayor crisis económica desde la Gran Depresión, pagada por unas clases trabajadoras impotentes para frenar la recomposición capitalista y la revolución conservadora? Finalmente, ¿habrá que recordar que, apenas dos años después de la muerte de Franco, la oposición antifranquista estabilizó el régimen neoborbónico tirando por el fregadero cuarenta años de lucha con la firma de los pactos de la Moncloa?

Una ética con política, como la de octubre de 2017, creadora de un nuevo sujeto político, no sólo necesita una idea de poder, sino una vía para alcanzarlo, desplegarlo y sostenerlo. He aquí la tarea pendiente del independentismo: recuperar el sujeto político propio y hacer que la multitud que desfiló el pasado sábado por el paseo de Gràcia, en nombre de los derechos humanos de los palestinos, se dé cuenta de que, ahora y aquí, también se encuentra en peligro el derecho de los catalanes a su tierra.

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