Uno de los elementos esenciales de la alienación nacional es la alienación histórica. No se trata, pues, sólo de diluir, falsear o simplemente borrar completamente la propia historia nacional sino, sobre todo, sustituirla por otra, con los referentes, fechas, personajes, lugares, intereses y valoraciones característicos de la historia nacional de la nación dominante. Si se ignora, pongamos por caso, que el propio país tuvo instituciones soberanas propias y que fueron muchos los compatriotas que lucharon y, a veces, perdieron incluso la vida por defenderlas y mantenerlas, es poco probable que a alguien se le ocurra intentar recuperarlas.
Justamente por eso, el historiador tarraconense Antoni Rovira i Virgili insistía en la afirmación de que “sin conciencia histórica no se puede tener conciencia nacional”. Por este motivo, además de teorizar sobre la cuestión nacional y estudiar sus movimientos de emancipación existentes en Europa, dedicó toda su vida como historiador a investigar el pasado de la nación catalana y a difundir sus aspectos esenciales para ponerlos al alcance del gran público, a menudo con artículos periodísticos. Si bien la aportación más destacada son los siete volúmenes de la ‘Historia Nacional de Cataluña’, entre otras muchas obras es autor de ‘Guifré I, El Corpus de Sangre’ o bien ‘Los últimos días de la Cataluña republicana’, títulos que, en conjunto, abarcan desde los primeros tiempos de la configuración como comunidad nacional hasta la crónica de la derrota colectiva de 1939.
El desconocimiento de nuestro pasado como pueblo, con diversa intensidad, pero presente en todas las generaciones, nos hace más vulnerables a la manipulación y a la mentira y nos mantiene ignorantes de aspectos esenciales -nombres, fechas, hechos, lugares- que han ido formando nuestra identidad como pueblo a lo largo de los años. Por ejemplo, Joan Fiveller, consejero segundo de la capital catalana, el hombre que se plantó ante el rey Felipe I, en 1416, cuando el monarca, acompañado de un séquito numeroso, pretendía no pagar al municipio el impuesto general sobre el consumo de pescado al que todo el mundo estaba obligado, sin excepción alguna, incluido el propio rey. La firmeza de Fiveller hizo que Felipe I acabara pagando y el recuerdo del conseller se mantiene en forma de estatua en la fachada del consistorio barcelonés.
Años antes, en una época en que las monarquías dirigían los estados europeos, la muerte de Martí el Humano, en 1410, significaba el fin de la dinastía real catalana y la entrada de una estirpe castellana en la Corona de Aragón. Su hijo y heredero legítimo, Martí el Joven, había terminado sus días el año anterior en Cagliari y sus restos se conservan en un imponente mausoleo cuatribarrado en la catedral de la capital sarda. Jaume d’Urgell, otro posible aspirante a la corona, murió en el castillo de Xàtiva, después de dos décadas de cárcel. Muchos de nuestros males, pues, ya provienen del Compromiso de Caspe, cuando, interrumpida la posibilidad de una estirpe catalana al frente de las estructuras de Estado propias, éstas pasaron a manos de la dinastía castellana de los Trastámara, con Ferran llamado de Antequera.
Hay nombres que deberían ser recordados. Como Joan Granollacs, que había hecho frente a las violaciones regulares de las constituciones catalanas llevadas a cabo por Felipe II. Cuando el rey ordenó detenerle, en la calle Montcada, la gente lo impidió, al grito de “Visca lo General, muiran los traïdors a la terra!” (“Viva lo General -común-, ¡mueran los traidores a la tierra!”). Granollacs se refugió en el Palacio de la Generalitat, donde resistió durante casi un año, hasta el verano de 1591. En abril siguiente se estableció en Avinyó, donde permaneció durante nueve años, y así se convirtió en el primer exiliado político catalán. Otro nombre a retener es el del garrotxí Francesc de Verntallat, líder de la revuelta catalana de 1462 protagonizada por los campesinos de remensa, en contra de los abusos que sufrían. E, incluso, en enero de 1641, en plena guerra de los Segadores, Pau Claris, president de la Generalitat, oficializaba la constitución de Cataluña como República independiente, al margen de la corte española y bajo la protección de Francia.
La adversidad de nuestra historia nacional no se explica sin la colaboración del enemigo interior, los “botiflers” o “botifarres”, a menudo miembros de la nobleza, los primeros en hacer dimisión lingüística del catalán, muchos de los cuales acabarán estableciéndose en Madrid. Por ejemplo, Lluís de Requesens y Zúñiga, militar catalán al servicio de la monarquía hispánica, un descendiente del que, con el nombre de marqués de los Vélez, promovió la matanza de los cargos electos y población civil, en Cambrils, en 1640. Contravenía así la palabra dada a las víctimas si entregaban las armas por la inferioridad numérica de los defensores de la villa. Ayer y hoy, el colaboracionismo es un fenómeno muy vivo entre quienes hacen negocio con la dependencia del país. También, como siempre, los pactos con las autoridades españolas acostumbran a no tener la menor credibilidad, ya que nunca se cumplen.
Estas y otras consideraciones se encuentran en un libro que no sólo se hace de leer fácil, sino que hay que leer: “Alma de república”, de Aleix Sarri. Con un lenguaje ameno y comprensible, el autor hace un recorrido por la historia del país y subraya una especie de hilo conductor, el espíritu, la práctica, la cultura cívica nacional que él califica de “republicana”. Se trata de un manual magnífico, escrito desde una perspectiva diferente a la habitual, que cumple todos los objetivos de un texto con voluntad desalienadora y, sobre todo, nada complicado, ya que se lee con el interés y la complicidad de las obras que enganchan. Sin memoria de Estado, difícilmente tendremos sentido de Estado.
*Josep Lluís Carod-Rovira
Nacido en Cambrils (1952), es filólogo y escritor. Ha sido consejero jefe y vicepresidente del govern de Catalunya, diputado en el Parlament y diputado electo en el Congreso de Diputados de España. Ha dirigido la Cátedra sobre Diversidad Social de la Universidad Pompeu Fabra. Autor de una quincena de libros, dirige la colección ‘divÈrsia’, Biblioteca Básica de los Països Catalans. En ‘Nació Digital’ escribe artículos de opinión y la sección “Memoria Nacional”.
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