Los vencedores bautizan, los vencedores juzgan

“Después de un conflicto, los vencedores quieren cambiar el nombre de las cosas y juzgar a los vencidos para que se note quién ha ganado y perpetuar su victoria”

Dice una vieja máxima de que la casualidad repetida es ley. Hay unos comportamientos de los vencedores después de un conflicto que se han repetido tantas veces a lo largo de tiempo, y se repiten todavía hoy, que quizá deberíamos considerarles una especie de ley de la historia. Al considerar que se pueden declarar vencedores en este conflicto, los ganadores tienden a repetir una y otra vez dos acciones: una es cambiar el nombre de las cosas; la otra, juzgar con la máxima pompa, solemnidad y humillación posible a los vencidos. Se trata, evidentemente, de hacer notar quién ha ganado, de exhibir como pavos reales su victoria. Pero se trata también de consolidarla, de perpetuarla, de poner los cimientos para que no sea revocada y para que no renazca el conflicto del que se han proclamado vencedores. Estas acciones de los vencedores tienen, por tanto, un componente simbólico, de alarde de la victoria, pero también un componente práctico, de cortar las posibilidades de recuperación de los vencidos. Por tanto, son actitudes que a veces se adoptan desde la soberbia segura del vencedor, pero a veces también desde la inseguridad de quien cree haber ganado, pero no haber ganado lo suficiente, y necesita profundizar y llevar hasta el final su victoria. Estas actitudes de los vencedores se producen tanto en los grandes conflictos inmensamente dramáticos como en otros conflictos más sutiles o domésticos. Son acciones de posguerra, pero pueden ser también acciones después de una batalla provisional o de un conflicto de andar por casa.

Cambiar los nombres de las cosas. Bautizarlas. Eliminar el nombre que tenían antes, y que se asocia a los vencidos, para poner uno que pierda esa connotación o se asocia inequívocamente con el vencedor. Ha pasado toda su vida. Después de las guerras que historió Flavio Josefo hace dos mil años, los romanos vencedores de la revuelta judaica cambiaron –con poco éxito- el nombre de la ciudad de Jerusalén por el de Aelia Capitolina y el emperador Adriano borró el nombre de Judea en la denominación de la provincia y el territorio. La misma ciudad se ha llamado Bizancio, Constantinopla o Estambul según quien haya ganado en las batallas militares o religiosas. El franquismo, tras ganar la guerra, cambió los nombres de calles y plazas, eliminando la lengua vencida y toda memoria anterior y el país se pobló de Avenidas del Caudillo y de calles y plazas José Antonio o Calvo Sotelo. Y no sólo aquellos que antes se llamaban de Fermín Galán o de la República. También los que se llamaban Rambla, Rutlla o Diagonal, es decir, nombres tradicionales de toda la vida, sin significación ideológica. Pero también la FAI, cuando se consideró ganadora de la revolución, había decidido que a partir de entonces la montaña de Sant Llorenç del Munt se llamaría Monte Bakunin… Cambiar el nombre de las calles, pueblos, territorios, aeropuertos, pero también de las fiestas y de las diadas solemnes. Es importante el nombre que ponen. Pero es importante sobre todo el poder de bautizar. Quien manda pone el nombre. Quien pone el nombre, manda. Y manda porque ha vencido. Lo han hecho siempre los vencedores, o los que se han considerado vencedores o los que querían dejar claro a diestro y siniestro que habían vencido. Incluso cuando la suya era la victoria rancia del “venceréis, pero no convenceréis”. 

El otro asunto, juzgar a los vencidos. Con o sin razones. A menudo acusándoles de haber hecho las mismas cosas que también habían hecho –y, a veces, sólo habían hecho– a los mismos vencedores. En los procesos franquistas se acusaba a los republicanos de “rebelión militar”. ¡Pero si los que se habían rebelado militarmente eran los franquistas! No importa. Después de una guerra, sólo los vencidos han hecho crímenes de guerra. Nuremberg es de una justicia incontestable. Pero si los nazis hubieran ganado habrían montado su Nuremberg. De hecho, montaron, y bien brutos, cuando iban ganando… Importa, y mucho, la sentencia. Pero importa aún más el hecho de juzgar: quién juzga y quién es juzgado. Y sobre todo, quien no será juzgado, en ningún caso. Quien juzga, manda. Pero también quien manda es lo que juzga. Quien ha perdido no juzga. Es juzgado. Y de modo que se note. El hecho mismo de sentar a alguien en el banquillo, lo que se ha dado en llamar la “pena de paseíllo” –y en tiempos modernos, a ser posible con cámaras y fotógrafos– es de hecho un desfile de la victoria y de la derrota. ¿Real o sólo representada? Representada, enfatizada y subrayada, porque el poder nacido de la victoria es real. Los cargos pueden ser justificados, imaginarios o construidos. Pero quién es juzgado y quien no es juzgado –cuando se le podrían aplicar esos mismos cargos o sospechas– tiene que ver con quién ha ganado y quién ha perdido. En quien debe quedar claro que ha ganado y en quien debe quedar claro que ha perdido. 

Ha pasado siempre y todavía sucede. Muchas de las noticias más recientes se entienden mejor con la aplicación de este tipo de ley histórica. Por ejemplo, las voces que reclaman cambiar el nombre de la fiesta de Sant Jordi. Por ejemplo, la tozuda negativa a aplicar la ley de amnistía al presidente Puigdemont: si no hay una fotografía suya en el banquillo, si no ha pasado por la escenificación de la derrota que representa el juicio, los ganadores no sienten su victoria como completa. Se puede amnistiar a los vencidos si han pasado por juicio, se puede amnistiar a los vencedores aunque no hayan pasado, pero no se puede amnistiar al vencido que no ha sido retratado en el banquillo. Por ejemplo, también, el trato vejatorio al president Pujol, haciéndolo ir a Madrid para obtener la fotografía entrando en la Audiencia Nacional, rompiendo el criterio aplicado a otros acusados, la lógica procedimental y humana y la confianza misma con especialistas forenses. Por ejemplo, la convicción universal de que Juan Carlos de Borbón no sólo nunca será juzgado, sino que será enterrado con todo honor y toda gloria. Como tampoco serán nunca juzgados Felipe González ni Mariano Rajoy porque nunca se considerará suficientemente consistente la sospecha de que uno era el señor X de los GAL y el otro el ’eme punto’ Rajoy de los papeles de Bárcenas…

Quizás quien ha explicado con más claridad y más crudeza la aplicación actual de este tipo de ley de la historia ha sido Javier Mariscal cuando ha dicho eso tan sutil y tan tierno de “¡el Sant Jordi, como el pan con tomate!, a tomar por el culo”. Y deseando que esto, que ya debería haber pasado, porque para eso ganamos, acabará de pasar afortunadamente en breve, cuando desaparezca de una vez Jordi Pujol. Más claro, agua. Lo que los que han ganado no han ganado sólo contra el independentismo, sino también contra Sant Jordi y el pan con tomate, contra una catalanidad de fondo que ven encarnada en Jordi Pujol, que se convertiría, por tanto, a sus ojos, símbolo último de los vencidos. Lo que escribió Jaime Gil de Biedma: “Como la vulgaridad, con el desprecio total de que es capaz, frente al vencido”, en un poema que se llamaba precisamente Años triunfales.

El visitador español en Perú José Antonio de Areche, vasco, supuestamente ilustrado y ahora llamaríamos progresista, después de descabezar –literalmente– a sangre y fuego la revuelta indigenista y mestiza de Tupac Amaru y de haber juzgado y condenado a sus dirigentes, prohibió el teatro en lengua quichua. También los nombres. Juzgar y cambiar el nombre de las cosas, para que la revuelta vencida no vuelva a reavivar, para cortar sus raíces. Los vencidos no eran sólo los sublevados, era la lengua y la cultura de la que habían salido. Vencer de verdad era negarla o diluirla. Porque en el fondo los vencedores hacen lo que hacen por orgullo y soberbia, por el espíritu del ‘Ya hemos pasao’ con el que Celia Gámez contestaba al “No pasarán”, pero también porque tienen la íntima convicción de no haber ganado aún lo suficiente. Que deben ganar hasta el fondo. No sólo vencer en el conflicto y eliminar la revuelta, sino hacer que desaparezcan sus raíces. Los vencedores cambian los nombres de las cosas y juzgan a los vencidos cuando creen que aún tienen que ganar un poco más. Que el vencido todavía se mueve.

EL MÓN