Me habría gustado, después de dos o tres artículos más o menos directamente relacionados con los reconfortantes cambios políticos de las últimas semanas en el Pais Valenciano, alejarme un poco de esta materia -que es una de “mis” materias, no es necesario decirlo- y dedicarme algún tiempo a especular sobre estética, ética vaga, literatura, los colores del mar o los calores de cada verano. Pero el discurso ya famoso de la señora Carolina Punset me hizo volver a esta tierra (la “tierra valenciana”, por decirlo como alguien que no quiere nunca decir “el nombre”, ay dolor), donde parece que la política, la ideología y la lengua deben ir todavía mucho tiempo tan estrechamente ligadas. Hasta no hace mucho tiempo -hasta la irrupción de Compromiso, hace pocos años, después de muchos años de trabajo incansable del Bloque (de un Bloque Nacionalista Valenciano, ‘¡horresco referens!’)-, en este país (o tierra, ¿o cosa incierta?) dominaba una ideología nacional hoy todavía muy viva, patrocinada por extensos sectores de la derecha valenciana y activa o pasivamente compartida por extensos sectores de la izquierda, en virtud de la cual no sólo es irrelevante e incluso molesta la existencia de partidos políticos de ámbito valenciano, sino que es de hecho (ya veces por principio) secundaria, irrelevante y molesta la existencia de una lengua y de una producción cultural no reducibles a las definidas como nacionales españolas. En el caso del castellano (el español, como la diputada Punset nos recuerda que hay que decir), la lengua es tan expansiva y hegemónica como el país o territorio donde nació hace mil años: devenida lengua/cultura nacional de un Estado moderno , tiende a ocupar todo el espacio de poder, el espacio social y físico de ese mismo Estado. Simplemente porque una lengua-cultura hegemónica, al definirse como nacional, tiende a llenar todo el espacio del Estado definido como nación , y a reducir y eliminar la diferencia, en tanto que el mantenimiento de esta diferencia es un obstáculo a la perfección de su hegemonía. Y nadie renuncia al dominio mientras es cómodo: mientras el dominado se deja dominar sin demasiadas dificultades, y todavía da las gracias. Como aquellos que, ahora y antes, para facilitar la sumisión perfecta aceptan la inferioridad propia como dominados: no ser nada valioso, o ser muy poco, es el camino más recto a la inexistencia asumida.
En todo caso, el discurso ofensivo de la señora P., tan “moderno”, tiene antecedentes ilustres de hace un siglo y más de un siglo. La ideología nacional era la misma, y no debe sorprender que, cuando aparecen los primeros intentos de valencianismo político, a principios del siglo XX, aparezca también brutalmente la negación explícita y frontal de la existencia del país. Hay un texto del diario El Pueblo , en plena campaña del blasquismo contra el “contagio” en Valencia de la Solidaritat Catalana, que he considerado siempre emblemático: “¿De donde sacan estos señores valencianistas que aquí puede haber sentido regionalista hasta el punto de constituir una fuerza poderosa y eficiente? ¿Acaso ha tenido Valencia historia propia que haya delineado su personalidad con caracteres imborrables a través del tiempo? […] Es una tontería el querer engañar con una historia ficticia y con una personalidad tan poco persistente. Estamos todos en el secreto: ni historia, ni literatura, ni lengua ni nada” V. Ballester Soto El Pueblo, 18 de junio 1907. En A. Cucó, ‘El valencianismo político’ , p. 63). Difícilmente podía ser más explícita la negación, ni más diáfana la posición nacional que se expresa: tan antinacional valenciana, que llega a no reconocer ni siquiera una “personalidad regional” capaz de mostrar alguna señal de identidad respetable. Recordando, sobre todo, que esta posición, curtida o no con toques de regionalismo agrarista, populista o lírico, fue mantenida de manera permanente por una fuerza, como el republicanismo blasquista, alrededor de la cual giraba la vida política de la capital del país, y no sólo de la capital.
Continuará.
EL TEMPS








