Gertrude Bell (Washington, Inglaterra, 1868-Bagdad, Irak, 1926), de una familia aristocrática de la industria siderúrgica, escritora, arqueóloga, viajera incansable, arabista, espía y agente al servicio del imperio británico, conservadora –antisufraguista– y una mujer capaz de romper todos los moldes morales, de valores y de rol social que la época victoriana imponía a las mujeres. Thomas Edward Lawrence, Lawrence de Arabia (Tremadog, Gales, 1888-Bovington Camp, Inglaterra, 1935), militar (teniente coronel) y funcionario al servicio del imperio británico, viajero infatigable, estudioso de los castillos medievales franceses y de los cruzados en Oriente Próximo (su tesis en Oxford en 1910, ‘La influencia de las cruzadas en la arquitectura militar europea hasta finales del siglo XII’), antropólogo, arabista y arqueólogo. En el curso de una excavación en Mesopotamia conoce a Bell, que ejercería sobre él una gran influencia sobre la visión de Oriente Próximo. En 1914, como ya había hecho unos años antes, bajo la apariencia de una expedición arqueológica, actualiza con fines militares la cartografía del desierto del Neguev y visita Petra y Aqaba. Bell y Lawrence, aunque con diferentes convicciones, compartían una visión idealizada del árabe, el beduino nómada, noble y leal, señor del desierto, aunque la mayoría de los árabes vivían en las grandes ciudades y sus entornos rurales. Ambos fueron determinantes en el diseño que Londres había hecho de Oriente Próximo.
Antes de la Primera Guerra Mundial, las provincias otomanas del sur constituían un conjunto de regiones que se correspondía con la historia de la denominada Gran Siria (Siria, Palestina, Jordania y Líbano) y de Mesopotamia-Babilonia (Iraq), donde vivían sobre todo árabes suníes y, en menor medida, árabes chiitas, drusos, kurdos y minorías cristianes otras religiones (maronitas, judíos, armenios, griegos ortodoxos, yazidís…), mientras que los británicos ocupaban Egipto desde 1882 y franceses, italianos y españoles, el Magreb. Arabia también era parte del Imperio otomano, pero en las ciudades santas de la Meca y Medina gobernaba un emir, Hussein bin Ali, miembro de una dinastía que se remontaba al profeta y el desierto central interior era objeto de disputa entre las tribus de los Rashid y los Saud. Londres perseguía dos objetivos: conectar por vía terrestre el Imperio británico de Egipto y el de la India, por lo que era necesario impedir la consolidación de una gran potencia árabe en una región que era la cuna de la escritura y de la civilización occidental. Y, de paso, impedir la presencia de una potencia en ascenso como EEUU, que acabarían consolidando su influencia en Arabia a partir de la década de los años treinta del siglo XX cuando el Standard Oil Company of California empezó a extraer petróleo en Bahréin y al reino saudí. Persia ya estaba bajo la influencia de Londres desde las primeras concesiones petroleras al capital británico, en el último cuarto del siglo XIX, y la creación del Anglo-Persian Oil Company, en 1908. La guerra evidenció la importancia del crudo para el desplazamiento y el uso de la maquinaria militar e hizo más indispensable que nunca controlar los yacimientos. recientemente descubiertos en Mosul, que acabaron con la posibilidad de un Estado kurdo en los acuerdos de paz de posguerra.
Para alcanzar estos objetivos, en 1915, Londres promete al emir de La Meca la constitución de un Estado árabe independiente si los árabes se sublevaban contra los otomanos con el objetivo de obligarles a distraer fuerzas de los frentes europeos para trasladarlas a las provincias del sur (aquí, el papel decisivo corresponde a Lawrence, que nunca superó haber traicionado a los árabes); en 1916, firma los acuerdos de Sykes-Picot, por los que Londres y París se repartían la región (Irak, Jordania y Palestina para Reino Unido, y Siria y Líbano para Francia), y en 1917, promete a la comunidad judía británica el establecimiento de un hogar judío en Palestina. Huelga decir que Londres sólo estaba dispuesto a cumplir los Acuerdos de Sykes-Picot, que en 1920 darían lugar a los mandatos de Francia y Reino Unido, y, subsidiariamente, a facilitar la emigración judía a Palestina para contrarrestar la población árabe. Así, Oriente Próximo fue troceado en los estados de Siria, Líbano, Jordania –de la que fue rey Abdalá, uno de los hijos de Husein–, Irak –del que fue rey Faisal, también hijo de Husein–, más Palestina, que hoy comprende Israel y los territorios palestinos. En el caso de Irak y la entronización de Faisal, el papel determinante corresponde a Bell. En 2014, Estado Islámico difundió un vídeo, ‘The end of Sykes-Picot’, en el que se borraba una línea imaginaria entre Siria e Irak y se afirmaba que se revertiría Sykes-Picot y bajo la arena reaparecería la Gran Siria. Dos lecturas: ‘Seven Pilars of Wisdom’ (1926), de T.E. Lawrence, y ‘Mesopotamia’ (2025), de Olivier Guez.
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