La crisis del régimen de verdad. El caso de Iruña Veleia desde la perspectiva de Michel Foucault

La obra de Michel Foucault —especialmente Surveiller et punir, L’ordre du discours, La volonté de savoir— ofrece un sólido entramado teórico para comprender la configuración discursivo-política del caso de Iruña Veleia. Según Foucault, el caso de Iruña Veleia demuestra que la verdad no es un mero conjunto de datos objetivos, ni el resultado directo de descubrimientos técnicos; la verdad es consecuencia de una configuración histórica entre relaciones de poder, dispositivos y discursos. Por eso, la teoría del régimen de verdad de Foucault es una herramienta especialmente adecuada para entender este caso: a través de ella se puede ver cómo se activan los dispositivos académicos, administrativos y jurídicos, cómo se generan posiciones de sujeto y cómo se instituye una verdad oficial. Desde este punto de vista, el caso de Iruña Veleia puede interpretarse como un laboratorio social de producción de verdad. Para situar adecuadamente este caso, es necesario aclarar primero el concepto de régimen de verdad de Foucault.

¿Qué es un régimen de verdad?

Para Foucault, la verdad no es una entidad que se encuentra; es un régimen que se produce. El régimen de verdad es la configuración discursivo-institucional que cada sociedad establece, y que determina qué es científico, qué es creíble, qué es legítimo decir y, sobre todo, quién puede hablar con verdad. Es decir: el régimen de verdad no es un conjunto de verdades, sino la organización histórica de los mecanismos para producir y hacer circular la verdad. No describe qué es la verdad, sino que establece qué puede llegar a ser verdad.

La verdad no es el contrapunto del poder; es un efecto del poder. Las redes de poder-saber establecen qué es verdad y qué no, y esas redes no son neutras: son organizadas por instituciones, expertos y discursos. Entre ellos se sitúa el “dispositivo”: no es una herramienta, sino una red de poder-saber que vincula discursos, instituciones, leyes, figuras de experto y prácticas materiales, para producir sujetos y condiciones de verdad.

Desde esta perspectiva, el caso de Iruña Veleia no es un mero conflicto sobre la veracidad técnica (“¿los grafitos son auténticos o falsos?”), sino un caso paradigmático que pone al descubierto los mecanismos de producción de verdad (“¿quién y cómo ha producido la verdad oficial?”). Dicho de otro modo, la verdad no es algo que esté en los grafitos, sino el resultado producido por una red de relaciones de poder.

Iruña Veleia: la crisis de un régimen de verdad

Cuando los hallazgos se hicieron públicos, las primeras reacciones no fueron conflictivas: predominaron el asombro y la curiosidad. Pero pronto apareció una tensión dentro de la academia: los hallazgos no encajaban con el marco epistemológico previamente establecido. Ese marco no era solo científico; era parte del régimen de verdad hegemónico, y ponía en riesgo su coherencia interna.

Cada sociedad tiene sus condiciones preestablecidas: qué es posible, qué imposible, qué aceptable y qué no. Esas condiciones no son naturales; son límites producidos históricamente por redes de poder-saber. Los ostracas de Iruña Veleia no eran meros objetos arqueológicos: eran grietas que ponían al descubierto los límites del discurso hegemónico. Y una sola grieta basta para hacer tambalear todo un sistema.

De ahí proviene la crisis: no del contenido de los grafitos, sino de su capacidad para desequilibrar los dispositivos de producción de verdad. El caso no era un debate sobre datos; fue una interpelación directa a la estabilidad del régimen de verdad hegemónico.

Los aparatos de producción de verdad en funcionamiento

El informe científico de 2008 no presentó una colección de datos; fue la primera articulación del régimen de verdad hegemónico. El discurso académico nunca es neutro: se organiza según redes de poder-saber, y a través de él se establece qué es “ciencia” y qué no. El informe estableció qué era creíble y qué no. Ese límite no se basó solo en los datos; se basó en la estabilidad del régimen discursivo.

La administración formalizó esa interpretación, y los medios de comunicación difundieron la narrativa, contando lo que debía contarse y silenciando lo que no debía contarse. Los medios no inventaron mentiras; reprodujeron las prioridades del régimen discursivo: qué es importante, qué es secundario, qué es ilegítimo.

Estos tres dispositivos —académico, administrativo y mediático— no actuaron de manera independiente; funcionaron como una única red para producir la verdad oficial. La academia estableció el marco, la administración lo reguló y los medios lo hicieron circular socialmente. Así se configuró la primera versión hegemónica del régimen de verdad: coherente, autoritaria y con gran capacidad para excluir alternativas.

La construcción de los sujetos: Eliseo Gil como figura discursiva

Para Foucault, el poder no solo regula; produce sujetos. El sujeto no es una entidad preexistente, sino la posición discursiva creada por los dispositivos académicos, jurídicos y mediáticos. En el caso de Iruña Veleia ocurrió así: figuras como “experto legítimo”, “científico serio” y “heterodoxo” no fueron consecuencias de los hechos; fueron producciones de la red de poder-saber.

El dispositivo académico heroizó la figura del “experto legítimo” y, al mismo tiempo, marcó al “heterodoxo” como riesgo discursivo: “pseudociencia”, “impostor”, “falsificador”. Esas etiquetas no son descripciones; son tecnologías discursivas del poder, a través de las cuales se establece quién está “dentro de la ciencia” y quién “fuera”.

Eliseo Gil no se presentó como falsificador; fue producido como falsificador. Esa posición de sujeto no fue consecuencia de los datos, sino función del dispositivo académico-administrativo: marcar los límites del régimen de verdad hegemónico y neutralizar el riesgo. Así se convirtió Eliseo Gil en figura discursiva: un sujeto disidente situado dentro del régimen de verdad y, al mismo tiempo, una pieza necesaria para reafirmar la estabilidad de ese régimen.

La verdad jurídica: la verdad performada

Para Foucault, el juicio no busca la verdad; produce la verdad jurídica. El juicio no es un mecanismo de verificación de los hechos, sino una función performativa del dispositivo de poder-saber: las palabras no son descripciones, son acciones. Fórmulas como “se da por probado”, “no hay duda”, “según los expertos” son marcadores de autoridad y a través de ellos se establece qué debe tenerse por verdadero.

Así se estableció la verdad jurídico-administrativa: que los ostracas eran falsos, que la falsificación se había realizado basándose en conocimientos modernos, y que el caso podía darse por cerrado. Esa verdad no era consecuencia de la verdad material; era producto del dispositivo jurídico de producción de verdad. El juicio no encontró la verdad: estableció una verdad, y ese establecimiento tuvo consecuencias sociales, políticas y epistemológicas.

La verdad jurídica, una vez formalizada, influyó de nuevo en los dispositivos académico y mediático: consolidó la interpretación hegemónica e ilegitimó las alternativas. Así se cerró el círculo: la academia estableció el marco, la administración lo reguló y el juicio performó la forma final de la verdad oficial.

La exclusión epistemológica: la producción de la inexistencia de la alternativa

El régimen de verdad hegemónico no debate la alternativa; la envía al ámbito de la inexistencia. La exclusión epistemológica no es una forma de crítica, no es la presentación de argumentos contrarios: es producir un discurso fuera del espacio, volverlo ilegítimo y, en consecuencia, hacer que deje de ser discutible.

En el caso de Iruña Veleia, las voces que defendían la autenticidad de los ostracas no solo fueron criticadas, sino que fueron situadas fuera del espacio de la ciencia. No fueron marcadas como “equivocadas” o “menos creíbles”: fueron calificadas como “no científicas”, “pseudocientíficas” o “riesgo discursivo”. Esas etiquetas no son valoraciones; son mecanismos del dispositivo de poder-saber, a través de los cuales se establece qué pregunta se puede hacer y qué pregunta no es legítima.

La exclusión epistemológica no solo silencia un discurso; vuelve ilegítima la propia pregunta. Así se fija el límite del régimen de verdad: no según los datos, sino según la red de poder-saber. La alternativa no se debate, no se refuta: se la hace desaparecer del espacio discursivo.

La resistencia discursiva: las grietas del régimen de verdad

Para Foucault, el poder nunca ocupa todo el espacio; las relaciones de poder siempre crean grietas, y en esas grietas aparecen formas de resistencia. La resistencia es proponer una verdad alternativa y, sobre todo, poner en cuestión las propias condiciones del régimen de verdad.

En el caso de Iruña Veleia también fue así. Entre los ciudadanos, en algunos sectores de la comunidad científica y en la memoria colectiva surgió un contradiscurso. La fuerza de ese contradiscurso no residía solo en defender la autenticidad de los ostracas, sino también en poner al descubierto los límites establecidos por el régimen de verdad hegemónico: quién puede hablar, qué pregunta se puede hacer y qué es ilegítimo. Por tanto, la resistencia discursiva no sustituyó a la verdad oficial; desnaturalizó los dispositivos de producción de verdad. Dicho de otro modo, puso en evidencia cómo se produce la verdad.

Así entendida, la resistencia surgida en el caso de Iruña Veleia no es una anécdota social; es un síntoma de la crisis del régimen de verdad. Una crisis no porque exista desacuerdo sobre datos técnicos, sino porque las redes de poder-saber ya no pueden producir y mantener su marco de verdad de manera coherente.

A modo de resumen. ¿Por qué es Iruña Veleia un caso paradigmático?

Aplicando las enseñanzas de Foucault, el caso de Iruña Veleia no es solo un acontecimiento arqueológico del pasado, ni un mero debate técnico sobre epigrafía. El caso de Veleia es un laboratorio social, un caso paradigmático para entender los mecanismos de producción de verdad. En ese laboratorio, poder, discursos, instituciones y sujetos interactúan para crear, mantener y, a veces, hacer entrar en crisis un régimen de verdad. Y en medio de todo ello, aparece Eliseo Gil: ni como héroe, ni como culpable, sino como sujeto disidente surgido dentro de un régimen de verdad, convertido en figura indispensable para comprender la anatomía del caso. Su figura no es consecuencia del caso; es la posición discursiva creada por el propio dispositivo del caso. El caso de Eliseo muestra que el poder siempre crea tanto formas de obediencia como grietas de resistencia. Por eso, el caso de Iruña Veleia no es un capítulo cerrado; sigue siendo un espejo que permite entender y cuestionar los mecanismos de producción de verdad.

Zuzeu