¿Islamofobia?

La semana pasada las redes se llenaron de debates y discusiones sobre el portazo, más o menos forzado, de Joan Ramon Resina, en Vilaweb. Resina, brillante ensayista, profesor de la Universidad de Stanford y uno de los intelectuales más respetados de nuestro país, dejaba la colaboración con el diario después de muchos años (1). Un artículo suyo reciente sobre la victoria de Zorhan Mamdani en las elecciones municipales de Nueva York, “Un alcalde musulmán”, propició un confuso episodio que puso fin a la relación con el diario creado por la familia Partal–Maresma. Resina, en una idea compartida por muchos, ponía de relieve que la acusación de islamofobia se utilizaba para expulsar del campo de cualquier debate a todos aquellos que somos partidarios de una sociedad fundamentada en la razón y quienes advertimos de los peligros de deriva hacia la teocracia si minimizamos el papel de una ideología fundamentalista infiltrada en las sociedades occidentales. Decía que la idea es compartida por muchos, aunque son pocos los que se atreven a verbalizarla y menos aún quienes se atreve a ponerla por escrito porque ser acusados ​​de islamófobos equivale a ser tildados de racistas e implica la exclusión de su propio espacio político. Tan brutal es el clima de intimidación que reina en determinados niveles en el campo de las izquierdas.

Circunstancias como éstas, en un espacio ideológico tradicionalmente proclive a los sectarismos, se han agravado estos últimos años a partir de la ocupación de buena parte de los espacios políticos, mediáticos, culturales e intelectuales por el ‘wokismo’. Y quisiera hacer aquí una acotación. El ‘wokismo’, término familiarizado en los últimos años, especialmente como término despectivo desde sus detractores, es una etiqueta, como todas, simplista e imprecisa que actualmente desde la derecha, sirve para desautorizar globalmente una serie de propuestas políticas. Más bien convendría hablar de una izquierda cultural, posmoderna o relativista donde los elementos emocionales y tangenciales (el género, la apariencia estética, la procedencia étnica, los agravios particulares de las minorías, el subjetivismo en todos los niveles) acaba desplazando los elementos centrales de los antagonismos sociales: el reparto y distribución del trabajo y la riqueza, los elementos que contribuyen a un bienestar y prosperidad generalizada, el control de los medios de producción, las prioridades económicas…

En los últimos años, y provenientes del mundo anglosajón, un supuesto antirracismo cuestiona el universalismo ilustrado que había caracterizado a las izquierdas, y a partir de guerras culturales atribuye una legitimidad a cualquier elemento cultural y religioso ajeno a la tradición occidental y a los principios generales humanísticos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que implica, por ejemplo, aceptar y legitimar religiones como el islam, no sólo desde una perspectiva teológica o filosófica, sino también en la traducción práctica de sus pilares religiosos: la sumisión de la mujer –con sus restricciones en cuanto a libertades personales, civiles o sexuales–, la imposición de normas severas, la aceptación de fórmulas de servidumbre, la incompatibilidad respecto al principio de igualdad u otros elementos que, en el último medio siglo, se han ido generalizando y reavivando, también entre buena parte de las comunidades musulmanas en los países occidentales.

En el debate posterior al incidente Resina-Vilaweb se hizo alusión a otra polémica histórica: la que enfrentó a dos viejos amigos, Jean Paul-Sartre y Albert Camus. Las formas y contenidos mantienen amplias coincidencias. Se trató de un choque entre las (teóricas) grandes ideas y principios defendidos por Sartre y una izquierda de cierta tendencia dogmática, y la reivindicación de la libertad e independencia individual que a menudo empuja a cuestionar las grandes ideas y principios. Porque a menudo, cuando las grandes ideas y principios, en su traducción real, pasan por encima de toda consideración ética y racional, quizás ya no son tan grandes, ni tan legítimas. En el caso de Camus, vale la pena recordar su declaración en Estocolmo cuando, interrogado por un periodista argelino e independentista le interpeló sobre la justicia de su causa, pese a que ésta tuviera que implicar poner bombas y matar a inocentes. La respuesta de Camus pasó a la historia como ejemplo de la prioridad de la dimensión humana por encima de la política o la religiosa: “siempre he condenado el terror. Yo también tengo que condenar un terrorismo que se ejerce ciegamente, en las calles de Argel, por ejemplo, y que un día puede golpear a mi madre o a mi familia. Yo creo en mi madre. Yo creo en la justicia, pero defenderé a mi madre antes que a la justicia”.

Siento mucho un conflicto moral entre dos personas que aprecio: Resina, desde una perspectiva intelectual; y Partal, desde una dimensión personal. Sin embargo, este punto de falla tectónica va mucho más allá de dos brillantes personalidades o dos puntos de vista a la hora de afrontar un problema. ¿Es legítimo criticar el islamismo? La pregunta, ofende. Todos somos mayores de edad y la democracia y la libertad es incompatible con el blindaje de una confesión o de las tradiciones y prácticas de una colectividad con valores o prácticas que niegan la primacía del humanismo y la libertad personal. Es siempre cuestionable una descalificación genérica o una discriminación sistémica contra un determinado grupo. Sin embargo, criticar el velo, que el testimonio de las mujeres valga la mitad del de un hombre, que se apruebe la decapitación de alguien que exhibe caricaturas de Mahoma, no es un acto de racismo: es un acto de necesaria resistencia contra lo que constituye una ideología totalitaria, como el que vemos en las teocracias. Y no es una anécdota. En todo caso, lo injusto es utilizar el comodín del racismo para desautorizar cualquier crítica al islam o al islamismo y descalificar así a quien quiere participar en el debate.

En un momento de grave polarización social, y donde las emociones se imponen a la razón, y el anatema al argumento, vivimos un momento en que, quienes tenemos cierta trayectoria entre las ideas que propugnan la emancipación y la justicia social, nunca pensábamos que llegaría. Se trata de un choque cultural e intelectual sobre cuáles deben ser las prioridades en un modelo civilizatorio: una moral pública, que para ejercer de guía de comportamiento implica fundamentos como la neutralidad, el consenso y la universalidad que incluye tres siglos de valores occidentales; o bien una perspectiva culturalista, multicultural, relativista y que, en la práctica, busca el minado de la ilustración y el racionalismo. En el primer caso, las religiones deben ser desplazadas a la esfera privada, y deben evolucionar de acuerdo con la primacía de la libertad y la dignidad humanas. En el segundo, las creencias particulares, con sus cargas proselitistas y ansias totalizadoras, se desatan en la esfera pública propiciando graves conflictos internos con una gran capacidad de disolver cualquier proyecto de vida en común.

El problema es que la parte minoritaria de la izquierda –con estrategias bolcheviques– ha tomado el control político, cultural y mediático de su espacio. Y, como ocurrió hace más de un siglo con la revolución soviética, ha sido capaz de neutralizar la disidencia interna. Descalifica a todo aquel que hace preguntas incómodas, y el ostracismo resultante propicia la autocensura, la inhibición o el cambio de bando de quienes tienen dudas. Podría parecer un éxito, sin embargo ha sido todo lo contrario. Porque este faccionalismo lo que ha logrado es destruir la izquierda como alternativa viable y fiable. Lo hemos visto con el Partido Demócrata bajo el imperio de los Clinton. Lo hemos visto con los laboristas después de que Tony Blair adoptara el neoliberalismo como religión oficial del partido. Lo hemos visto más de cerca cuando Podemos supo apropiarse del movimiento del 15-M, un espacio que reclamaba un reparto más justo de la riqueza y oportunidades materiales y profesionales para los más jóvenes y que ha acabado con una constelación de causas periféricas bajo el tono de la canción del enfado. Lo hemos visto también en nuestro país, cuando la izquierda ha mirado hacia otro lado en el momento decisivo de crear el momento más revolucionario posible: ejercer la soberanía popular desde el principio (por cierto, universal) de la autodeterminación y la independencia, es decir, boicotear la posibilidad de destruir una opresión tangible: la nacional.

Esta estrategia puede parecer victoriosa, sin embargo es un desastre sin paliativos. Christopher Rufo explica que estas tácticas bolcheviques han permitido a núcleos de activistas obtener un control en determinados ámbitos, por ejemplo, el académico, donde éstos pueden acabar dictando las reglas del juego. Sin embargo, para el caso de Estados Unidos lo que implica es un aislamiento de las universidades, y una creciente hostilidad desde el mundo real que deriva en un antiintelectualismo equivalente al perpetrado por los bolcheviques posmodernos. Y que, a su vez, radicaliza las derechas hasta el punto de que éstas ya han decidido librar la guerra cultural, y tienen más posibilidades de ganarla… ¡a un precio terrible! Porque en la agenda de las fuerzas e ideologías de la nueva derecha radicalizada –o, como dicen ahora, del nacionalpopulismo– existe una agenda involutiva precisamente en los ámbitos material y social. Basta con leer los programas electorales y las prácticas de donde mandan o están en disposición de hacerlo: rebaja radical de impuestos a los ricos, destrucción de programas sociales, ataque a las pensiones y a los servicios públicos. O en otros términos, combatir la reaccionarización de las izquierdas con una reaccionarización de las derechas. Y en medio, un solitario desierto poblado por quienes defendemos una sociedad libre fundamentada en la igualdad de derechos y deberes.

 

EL MÓN, 28/11/2025 

(1) DEBATE:

 

ORIGINAL DE J. R. RESINA

VILAWEB, 11.11.2025 

Un alcalde musulmán

Joan Ramon Resina

Los partidarios de revertir la frágil hegemonía de la razón en los países occidentales se han inventado la palabra estremecedora de islamófobo para silenciar a quienes advierten del posible retorno de la teocracia

La victoria de Zohran Kwame Mamdani en la carrera por la alcaldía de Nueva York la semana pasada ha generado bastantes comentarios y un considerable entusiasmo en el extranjero, algo muy poco habitual en las contiendas municipales. ¿Cuánta gente sabe el nombre del alcalde o el partido que gobierna las principales metrópolis, no ya de Asia, África o América Latina, sino de la propia Europa? ¿Quién sabe el nombre de los alcaldes de Roma, de Viena, de Berlín? Con un poco de suerte los españoles conocerán a la alcaldesa de París por el hecho de haber nacido española. ¿Pero el alcalde de Edimburgo? ¿De Ámsterdam? ¿De Copenhague? ¿Y en Estados Unidos, el de Chicago, Los Ángeles, Atlanta o San Francisco? Sin embargo, muchos sabían el nombre del alcalde de Londres y ahora también saben el de Nueva York.

El combustible político que ha llevado a Mamdani a ganar a su principal oponente, el ex-gobernador Andrew Cuomo, ha sido una combinación de agresividad retórica contra Trump y de prometer abaratar el coste de vivir en Nueva York. La campaña la ha basado sobre todo en la propuesta de congelar el precio del alquiler y construir vivienda. En la fórmula Colau, pues, y con similar dosis de demagogia. Pero la principal razón de que esta victoria de ámbito local haya sido noticia fuera del país radica en la personalidad, más exactamente en la personalización de la campaña, al más puro estilo de Trump: “Soy musulmán. Soy un socialista demócrata. Y me niego a pedir perdón por el hecho de serlo”. Quizás el nuevo estilo de hacer política incluye dosis elevadas de narcisismo, de jactarse de ser como se es y exhibir las particularidades pese a quien pese. La ambigüedad de la frase es deliberada. Porque ambas cosas son señas de identidad, una política y otra religiosa. En Estados Unidos, ambas son minoritarias y por tanto lejos del consenso de la mayoría que se aspira a gobernar. O quizá se trate de un oxímoron deliberado, pues el socialismo proviene de la ilustración y de la crítica a la religión, mientras que ser musulmán implica acatar el mandato de una religión de origen tribal y vocación universal.

Se ha dicho que el ejemplo de Mamdani podría inspirar a los países islámicos a separar la religión del Estado. Es pasar por alto que la relación causal es la inversa: que es el islam el que aprovecha la separación de religión y Estado en los países occidentales para introducirse en ellos y reclamar el derecho de autoctonía. Mamdani reclama que la fe musulmana salga de la zona de sombra a la que según él ha sido relegada y entre de lleno en la vida pública. Por eso puso su identidad religiosa en el centro de la campaña, realizando numerosos actos en mezquitas y empleando terminología religiosa en los discursos. Los destinatarios eran sobre todo los cientos de miles de residentes musulmanes de Nueva York, un cuarto de todos los que viven en Estados Unidos de acuerdo con la estimación de Aljazeera.

Que Mamdani haga bandera de la religión en campaña no es algo extraordinario. También lo hacen la mayoría de republicanos y muchos demócratas, aunque sea cínicamente. Como Enrique IV de Francia cambiando de religión con la frase “París bien vale una misa”, Trump pasó de la noche a la mañana de defender el aborto a estar en contra para poder liderar el Partido Republicano. La grotesca exhibición de la Biblia frente a la iglesia episcopaliana de St. John en junio de 2020 contrasta con las dudas expresadas por Trump en más de una ocasión de no tener expedita la entrada en el cielo.

Lo extraordinario, en tanto que socialista, es convertir la religión en un principio de gobernabilidad. La estrategia sólo puede pasar por progresista mientras el islam pueda jugar la carta del victimismo. Pero si esta fe fuera mayoritaria en cualquier país occidental, sin duda reproduciría la regresión democrática hoy asociada al trumpismo. Por una razón muy simple y no menos verdadera por ser negada: que el islam y la democracia son incompatibles. Al igual que lo son la democracia y el cristianismo si se toma la doctrina al pie de la letra, como lo hacen, no sin razón, los fundamentalistas. Porque la palabra de Dios no se tergiversa con trucos teológicos. En Occidente la llamada democracia cristiana es un subproducto del debilitamiento político de la iglesia durante los siglos XIX y XX. No en vano Pío X condenó la corriente eclesiástica que pretendía actualizar la doctrina católica, instituyendo en 1910 un juramento contra el modernismo obligatorio para todos los clérigos. En 1964 Pablo VI volvió a condenar el modernismo a la encíclica ‘Ecclesiam Suam’ tachándolo de error que volvía a levantar la cabeza. 

El cristianismo primitivo era la religión de los miserables y de los esclavos practicada a la sombra de las catacumbas, pero una vez convertida la religión oficial del imperio romano abolió la tolerancia religiosa y persiguió el llamado paganismo. Si el cristianismo se ha impuesto a muchos pueblos a la fuerza y ​​ha impulsado persecuciones, colonizaciones y guerras durante siglos, el islam ya nació en la guerra y para la guerra. El significado de su nombre, “sumisión”, expresa en una sola palabra todo el sentido de la doctrina. Con la prescripción de la guerra santa, justificada en cerca de doscientos cincuenta versículos del libro sagrado, el islam ha conquistado gran parte del mundo. Hoy predomina ya en cincuenta y tres países y es la religión que más crece. Especular con un islam evolucionado hasta el punto de extraer principios democráticos de la doctrina coránica choca con el hecho de que esta hipótesis no se ha materializado en ningún sitio donde esta religión ha obtenido el poder político. 

Alli donde Dios ha escrito el texto por persona interpuesta y ha prescrito la ley hasta en los detalles de higiene y dietética más irracionales, el libre pensamiento equivale a blasfemia. De ahí salen las ‘fatuas’ y los ‘autos de fe’. La democracia moderna es hija del racionalismo. Los partidarios de revertir la frágil hegemonía de la razón en los países occidentales se han inventado la palabra estremecedora de islamófobo para silenciar a quienes advierten del posible retorno de la teocracia. La cuestión que nunca enfrentan los islamófilos es si la supuesta conciliacoón del islam con los valores occidentales –por ejemplo, en el socialismo de Mamdani y el laborismo de Sadiq Khan– tiene que ver con el islam y no es básicamente socialismo y laborismo convencional. Puede que, como representantes electos de un Estado laico, los políticos musulmanes se comporten como los católicos que no van a misa, no leen el Evangelio, no se confiesan, no se abstienen de comer carne en Cuaresma, practican el control de la natalidad y el aborto, y sólo se acuerdan del cura para los bautizos, bodas y exequias. Si así fuera no habría ningún motivo de alarma, pero tampoco ningún motivo de triunfalismo por el hecho “extraordinario”, según Khan, que haya alcaldes musulmanes en las dos principales ciudades del mundo anglosajón.

Si éstos y más políticos, que sin duda obtendrán cargos de responsabilidad en los países occidentales, se consideran musulmanes por origen familiar y no como correligionarios de la ‘Umma’; si no anteponen la pertenencia a esta comunidad global expansiva al compromiso adquirido como servidores del Estado nacional, no existe ningún motivo ni para celebrar ni para deplorar el éxito de los Mamdani de turno más allá de la competencia y responsabilidad en el cargo. Pero si la confianza depositada en ellos por un electorado culturalmente heterogéneo se deshace al contacto con las formas y fórmulas de la superstición, la reacción podría reabrir el conflicto religioso prácticamente extinto en los países de Occidente.

 

COMENTARIO DE UN LECTOR:

Michael Paul Benson

12.11.2025 | 04:25

Eres tú islamófobo. Sería mejor que limpiaras tu casa y escribieras sobre el Opus Dei.

 

VILAWEB, 18.11.2025 

Carta al director de VilaWeb

Joan Ramon Resina

En este artículo Joan Ramon Resina se despide de su colaboración en VilaWeb después de casi diez años de escribir en el diario

Stanford, 16 de noviembre de 2025

 

Señor director,

Confieso que estaba tentado de escribir “Monsieur le directeur” en la dirección, porque me ha venido a la cabeza su admiración por Albert Camus y la influencia que en su diario tiene el ejemplo de ‘Combat’. Sólo que esta vez usted se encuentra en la posición de Jean-Paul Sartre como fundador y alma de la publicación que dirige. Ni que decir tiene que el paralelismo es estrictamente formal. No tengo ni la vanidad de compararme con el autor de ‘El hombre rebelde’ ni la ingenuidad de compararle con el editor de ‘Les Temps Modernes’. Sin embargo, con la respuesta que me ha hecho llegar mediante la editorial de VilaWeb, me ha recordado el gesto de Sartre hacia su viejo amigo, cuando Camus cometió la indiscreción de publicar un ensayo que impugnaba la variante marxista del existencialismo propagada por la revista. Con su respuesta ha hecho aflorar, y me obliga a hacerlo a mí también, la falta de sintonía que algunos lectores ya habían observado, pero que quedaba tácita con buen criterio por un lado y por otro. Pero, habiendo decidido hacerse solidario de un ultraje, me aboca a decir, como Martín Lutero en la ocasión que recordaba hace poco: “No puedo hacer otra cosa; ¡esta es mi postura!”.

Habría podido empezar esta carta con las palabras de Camus: “Voy a tomar pretexto del artículo que bajo un título irónico me ha consagrado su revista para someter a sus lectores algunas observaciones sobre el método intelectual y la actitud de que es testigo este artículo”. Camus se refería a la recensión hostil que un miembro del equipo editorial de ‘Les Temps Modernes’, Francis Jeanson, había hecho de su libro. Detrás de ese escritor de segunda fila se escondía Sartre, y Camus, obviando el intermediario, respondía directamente al responsable. Permítanme pues que yo también destierre las formalidades e ignore la comunicación de la editora de su diario informándome de que la decisión de validar el dicterio de un lector la había tomado todo el equipo directivo. Si yo tomo pretexto de este hecho para someter a sus lectores algunas observaciones sobre el método intelectual y la actitud que revela esta comunicación, es porque usted ha tomado pretexto del exabrupto de un lector para hacerme saber cuál es el encaje de mi colaboración en el diario.

En su decálogo editorial existe una norma de decoro para los comentarios con la obligación de basar la crítica, cualquier crítica, en argumentos. La semana pasada alerté de un “comentario” que me tildaba de islamófobo sin apariencia alguna de argumentación. Por poco objetivo que sea, cualquier lector convendrá que la intención del comentario no es interpretable. Ni abría espacio de debate alguno ni tenía otra voluntad que desacreditar a la persona. Porque sí, gratuitamente. Usted ha determinado que el comentario se ajustaba a la deontología del diario y de esta forma se pone al nivel del infamador. 

Me propuso magnánimamente, es cierto, discutir sobre el significado de la palabra “islamófobo”. Señor director, me perdonará que no acepte discutir sobre el sexo de los ángeles. Sartre también quiso hacer juegos de manos semánticos para acusar a Camus de terrorista, precisamente cuando éste acababa de condenar la violencia que Sartre defendía en nombre de la dialéctica de la historia. Terrorista, islamófobo… La terminología importa menos que la intención de desanimar para ganar el debate. Cada época delimita el terreno de liza de acuerdo con la cultura dominante, y Sartre jugaba, como usted, la carta progresista cuando acusaba a Camus de escorarse a la derecha. El pecado, mortal en el ambiente parisino de los años cincuenta, era haberse distanciado del marxismo, lo que convertía a Camus en un paria en los cenáculos de la izquierda bienpensante. Hoy el marxismo ha sido relevado por la corrección política. Este catecismo pleno de generalidades es la cobertura ideológica de una izquierda huérfana de doctrina y sumida en contradicciones.

Camus reprochaba a Sartre que su hombre de paja era incapaz de ver la frontera entre una persona de derechas y un crítico del marxismo dogmático. Ahora la incapacidad de distinguir entre la crítica de la teocracia y la política de la extrema derecha se ha convertido en un rasgo del progresismo que se cree legitimado para lanzar excomuniones democráticas. Sartre, en su cruzada contra el burgués, se comprometía defendiendo la Unión Soviética cuando ya era imposible ignorar el Gulag. A veces, leyendo sus editoriales me he preguntado si no sufre una fijación similar haciendo de la alcaldesa de Ripoll un ogro mientras cierra los ojos ante la carga política de una religión que aspira a imponer sus jerarquías (especialmente la de género) y sus costumbres, si es necesario con violencia. 

Así como Camus recordaba a Sartre que él no compartía cama con la derecha francesa, me veo obligado a llamarle la atención sobre el error de dedicarme el calificativo de islamófobo hoy asociado a la extrema derecha y el neofascismo. Por pulcritud intelectual y juego limpio democrático, me parece inexcusable recordarle que el rasgo más identificador y condición necesaria del fascismo es el recurso a la violencia. Si la distancia física y la escasez de información directa no me inducen a engaño, yo diría que hasta ahora Aliança Catalana ha sido más objeto de violencia que sujeto. Ocurre que la actitud anti es el reverso de la moneda. Tesis y antítesis son la cara y la cruz de la polarización.

Que la religión islámica entre en las instituciones y reorganice la vida de la colectividad debería preocupar a quien ha vivido bajo el nacionalcatolicismo, una síntesis relativamente inocua comparada con la de los países donde ha triunfado la revolución islámica. La aprensión puede parecer exagerada, pues las sociedades generalmente se transforman a un ritmo más lento que el de la vida humana. Pero, como es evidente con el calentamiento del planeta, negar el cambio no consigue más que aumentar el riesgo. Pronto hará veinte que años Walter Laqueur, uno de los historiadores más eminentes sobre la Europa de posguerra, advirtió del futuro musulmán de Europa en ‘The Last Days of Europe. Epitaph for an Old Continent’. Desde la publicación del libro se han islamizado barrios enteros de las principales ciudades de Europa y como subproducto de esta transformación se han perpetrado asesinatos y atentados, algunos tan espectaculares como los de París, Madrid, Barcelona o Bruselas. No cabe duda, y es falaz pretender lo contrario, que la gran mayoría de los residentes musulmanes en Europa viven pacíficamente, pero también es verdad que muchos viven en ella sin voluntad de integrarse. La continua afluencia y la natalidad superior a la de los autóctonos transforma el paisaje urbano y también el rural de áreas cada vez más extensas. August Compte, el padre de la sociología moderna, dijo que la demografía es el destino. Ignorar esta obviedad en un país con uno de los índices de natalidad más bajos del mundo y donde los habitantes de raíz autóctona son ya minoría es una inconsciencia que sólo se explica por el doctrinarismo.

A principios del siglo, Xavier Rubert de Ventós criticaba que alguien quisiera la fuerza de trabajo de los inmigrantes pero no su ADN. Ningún país está obligado a aceptar inmigrantes, pero por coherencia si importa trabajadores no puede rechazar su herencia biológica. El racismo nunca es admisible, pues la humanidad es común a todos. Pero en ningún sitio está escrito que con la fuerza de trabajo también se tengan que asumir las costumbres, la idiosincrasia y los prejuicios de quienes cambian de país por voluntad propia.

Una lectura honesta de mi artículo podría dar pie a tacharme de ateo o de racionalista, es decir, de antirreligioso, algo que no soy en el sentido literal del prefijo. Criticaba la agresividad histórica del cristianismo con igual vehemencia que la del islam. Si no mencionaba el judaísmo es porque no es una fe proselitista, pero puede incluirse en la crítica en la medida en que en la antigüedad y también actualmente religión y Estado confluyen en la política de Israel. Esto mismo vale para otras creencias, como el budismo, el hinduismo o el sijismo. En este punto vale la pena leer el libro de Mark Juergensmeyer ‘Terror in the Mind of God’. En mi artículo decía que si los musulmanes de Occidente se comportaran con la misma indiferencia que los católicos hacia las prescripciones canónicas y los dogmas de fe, no habría motivo para inquietarse. En cuanto a la doctrina agresiva que se imparte en muchas mezquitas, encuentro su diario bastante deficitario en información. En VilaWeb, más que el razonamiento inductivo a partir de la información disponible, frecuenta el procedimiento deductivo con citas y opiniones elegidas para autorizar la tesis bendecida de antemano. Echo de menos, por ejemplo, una reflexión sobre el aviso de Amin Maalouf sobre el peligro de un islam resentido por el triunfo histórico de Occidente, o las conclusiones del historiador de Oriente Medio Bernard Lewis. Y en un plano más personal, las reflexiones de Irshad Manji por una reforma del islam que por ahora no parecen haber abierto mucho camino. O las denuncias de Ayaan Hirsi Ali, refugiada somalí y ex-diputada en el parlamento neerlandés, de donde tuvo que huir amenazada de muerte por haber colaborado en el documental ‘Sumisión’ con Theo van Gogh, el cual fue asesinado en represalia por la película. Trasladada a Estados Unidos, creó la Fundación AHA para apoyar a los apóstatas del islam y combatir la mutilación genital, que sufrió en su persona, los matrimonios forzados y en general para defender las libertades occidentales del extremismo islámico. No hace falta decir que ha sido tildada de islamófoba.

No quisiera abusar de su paciencia ni de la de los lectores. Me despido recordando con agradecimiento que la primera vez que me publicó un artículo me dijo que era un honor para usted. En justa correspondencia, le aseguro que para mí ha sido un honor colaborar con su diario, no tanto por lo que he podido decir con más o menos acierto siguiendo el hilo de los acontecimientos, pues la relevancia de los temas periodísticos es extremadamente efímera, como por haber podido decirlo procurando no abusar de la prolijidad académica pero sin descuidar la exigencia formal. Acabo confiando en que, haciendo honor a la condescendencia que ha tenido no censurando mis artículos, tal y como me recordaba antes, tampoco tendrá ningún inconveniente en publicar esta carta.

 

RESPUESTA DE VICENT PARTAL

Joan Ramon Resina ha decidido voluntariamente dejar de colaborar con VilaWeb, argumentando que no hemos accedido a censurar el comentario que un suscriptor hacía en su artículo de la semana pasada. Hoy publicamos, pues, su último artículo y para evitar que se pueda volver a sentir ofendido hemos decidido que, de forma extraordinaria, no se podrán hacer comentarios. El profesor Resina empezó a colaborar con VilaWeb en enero de 2016 y le agradecemos mucho que nos haya permitido acoger sus escritos durante cerca de diez años.