El concepto de ‘identidad’ no es ni aséptico ni inofensivo. Más aún cuando la referencia son las superpuestas. Es decir, aquellas que, siendo distintas, comparten un mismo territorio. Como suele ocurrir en el caso de las lenguas, cuando dos o más comparten un espacio, el avance de una comporta el retroceso de las demás. Se quiera reconocer o no. A no ser que el grado de civilización humana de ese territorio sea considerable. Y sin embargo, la convivencia perfecta, respetuosa, es una quimera.
La mayoría de las veces la coexistencia de dos identidades –o de dos lenguas– conlleva una colisión en la que existe una distribución de papeles que favorece una y perjudica a la otra. Es frecuente, por ejemplo, que una lengua sea considerada superior y otra inferior. Aunque estas condiciones no siempre se manifiestan de forma explícita, sino sobreentendida. Y banal. Los flamencos en Bélgica podrían escribir un tratado sobre esto. Un tratado de experiencia subalterna amarga acumulada. Y todo el mundo sabe cuál ha sido la solución belga. Una lengua única para cada territorio.
En el caso de las identidades la superposición de dos marcadamente diferentes a menudo se salda con una que es proclamada “nacional”, “la de todos” –“la que nos une”–, superior, y otra, “regional”, inferior y subordinada, que a menudo es desviada exclusivamente hacia el folclore.
El historiador Borja de Riquer en una entrevista reciente en este diario tratará de precisar y ajustar el concepto: “La identidad se construye a partir de diferentes discursos de memoria. Puede ser una memoria, digamos, más ideológica o política. Hay otras con más referentes históricos. Incluso otras que se forman a partir de tu pequeño territorio donde vives… Con todo esto, vas construyendo… Y claro, cada uno, cada individuo, siente más cercanos unos referentes. O los asimila mejor. Los considera más propios que otros. Y esto es normal. La identidad, por tanto, es variada y plural. Porque dentro de la identidad puede haber contradicciones y enfrentamientos. Puede haber guerras civiles…”.
Por el contrario, la historia para Riquer es mucho más sencilla: “La historia es otra cosa. La historia es la construcción que hacen los historiadores profesionales sobre el pasado, que se basa en documentos y en pruebas fehacientes, comprobables y revisables”. La historia, por tanto, sería más científica; esto es, más empírica. Aunque esto peca de optimismo, porque se dice a menudo que hay dos historias, la de los vencidos –que a menudo ni llega a esta categoría– y la de los vencedores. ¿Cuál es ahora mismo la historia de Occitania? ¿La hay?
Para aclararnos –o complicarnos– más, podríamos tratar de distinguir entre identidades internas e identidades externas. Una identidad interna sería aquella que divide a los individuos de un mismo colectivo nacional por criterios estrictamente ideológicos. La identidad española interna –las identidades internas españolas– sería, pues, aquella que podría enfrentar a liberales y conservadores o republicanos y monárquicos. La que ha provocado un rosario de guerras civiles en la España del siglo XIX y la del XX.
Identidad externa podría ser, por ejemplo, la que contrasta a los españoles con los franceses. En estos contrastes –a menudo enfrentamientos– los matices internos se diluyen. Todos a una, como Fuenteovejuna. Otro ejemplo de identidades externas enfrentadas puede apreciarse en la pugna entre los españoles que consideran la catalana como una variante regional y los catalanes que consideran la propia una identidad nacional.
Habría, también y por tanto, una identidad catalana sumisa –que acepta el hecho regional catalán como propio y complementario del nacional español– y otra ambiciosa, que la considera en pie de igualdad –enfrentada, si es necesario– con la española y con otras identidades nacionales externas.
Sobre estas bases, que pueden ser tan discutibles y tan discutidas como cualesquiera otras, podemos entrar en el viejo debate del avispero identitario catalán, que siempre es áspero. Podemos hacerlo con un ejemplo concreto. ¿Qué dicen las bases del Premio de Honor de las Letras Catalanas? Este galardón fue instituido por Òmnium Cultural, a propuesta de su Junta Consultiva, en 1969. La junta de Òmnium sabía –aunque no podía explicitarlo públicamente– que el Premio de Honor se otorgaba a un escritor o escritora que, con su obra, hubiera trabajado por la identidad catalana, por el hecho nacional catalán, que en ese momento no podía proclamarse ni reivindicarse públicamente.
Las bases, literalmente, especificaban: “El Premio de Honor es otorgado a una persona que por su obra literaria o científica en lengua catalana, y por la importancia y ejemplaridad de su labor intelectual, haya contribuido de manera notable y continuada a la vida cultural de los Países Catalanes. Cualquier candidato deberá ser una figura reconocida por algunos sectores de la cultura catalana”. Su obre debe haber alcanzado una madurez y haber sido publicada”.
Con estas premisas publicadas y explicitadas, el Premio de Honor debería haber sido concedido, por aclamación, unanimidad, alegría y alegría, a Josep Pla. Si el jurado no quiso considerarlo nunca, es porque, a su juicio, Pla había colaborado con el régimen franquista. Pese a la enorme importancia, la trascendencia absoluta de su obra literaria, el escritor de Palafrugell militaba en las filas de la otra identidad.
Muy bien. O muy mal, porque esta percepción que ciertamente ha sido cuestionada después. ¿Y qué dicen las bases que regulan la concesión de las Cruces de Sant Jordi? “Se crea la Cruz de San Jordi de la Generalitat de Catalunya para distinguir a las personas naturales o jurídicas que, por sus méritos, se hayan destacado por los servicios prestados en Cataluña en la tarea de defensa de su identidad y de restauración de su personalidad o más generalmente en el plano cívico y cultural”.
Si las bases de las Cruces se hubieran cortado en la palabra “personalidad”, este galardón este año no debería haber sido concedido ni a Loles León, ni a Javier Moll, ni a Rosa Maria Calaf, ni a José Creuheras. Estas cuatro personalidades no han destacado nada por defender la identidad o restaurar la personalidad de Catalunya. Si se entiende el concepto “identidad” con un sentido ambicioso y no sumiso nacionalmente. Si se le entiende sin supeditaciones a otra identidad que se pretende superior. Y no pasa nada. Hay otros galardones que concede también la Generalitat que reconocen tareas o trayectorias cívicas y culturales sin ese compromiso.
Pero resulta que las bases determinan explícitamente que el galardón puede concederse “más generalmente en el plano cívico y cultural”. ¡Ay! Es decir, que, de acuerdo con esta segunda premisa, estos cuatro galardonados pueden ser perfectamente merecedores del mismo. Quienes protestan que pidan la modificación de las bases. Aún nos pasa poco.
EL MÓN









