Cuando Samuel Huntington publicó el artículo sobre el choque de civilizaciones (luego ampliado a libro), las voces del multiculturalismo se pusieron en pie de guerra. Hablar de colisión entre las grandes configuraciones espirituales ofendía al ecumenismo. Era como advertir de la presencia de un gran bloque de hielo bajo la superficie mientras los pasajeros bailaban en cubierta. Huntington difícilmente podía ganar adeptos para su tesis después de décadas de universalismo simplificador. Las personas de mi edad recordarán la llegada a España a mediados de los sesenta de un grupo de jóvenes cantantes que se llamaban ‘Up with People’; en español, ‘Viva la Gente’. Este grupo “educativo” había sido fundado en Tucson, Arizona, en respuesta a la rebelión juvenil de la época y empezó a girar por el mundo cuando se extendían las protestas por la guerra de Vietnam. Al drama de toda una generación poniendo en jaque al sistema, ‘Up with People’ contraponía buenos sentimientos, optimismo a raudales y propuestas de armonía global, lo que en la jerga actual se llama “buen rollo”. Musicalmente pelada y con una letra completamente tonta, la canción ‘Viva la gente’ se enganchaba como un chicle y se popularizó al instante.
Los lectores algo más jóvenes, los que no pueden revenir la cantinela, recordarán en cambio el equivalente local ‘made’ in los Manolos, ‘Amigos para siempre’, convertido en himno oficioso de los Juegos Olímpicos del 92. Mientras en el Estadio Olímpico la gente coreaba melindrosamente aquel himno de amor eterno a la mundialidad, el juez Baltasar Garzón enviaba a prisión a cuarenta y cinco independentistas, con torturas añadidas, si no con beneplácito del juez, sí con su conocimiento. La simultaneidad de la canción de los Manolos con la tortura no era casual; unos cantaban por gusto y otros a la fuerza, pero las dos interpretaciones se implicaban mutuamente. El Estado encerraba a medio centenar de personas para impedir que expandiesen las aspiraciones nacionales catalanas ante las cámaras del mundo. Y mientras tanto las televisiones emitían un estallido de españolidad, que Pasqual Maragall bendecía oficialmente proclamando: “Con la ceremonia [de inauguración de los Juegos] nace una nueva España”. Aquella nueva España de sonoras reminiscencias falangistas anunciaba el ocaso de la Cataluña histórica que, tras haber sobrevivido al franquismo, estaba a punto de sucumbir a la globalización. La España gloriosa del PSOE nacía con la rendición gozosa de Barcelona, la antigua capital que algunos, ahora que el pescado ya está vendido, proponen recuperar para la catalanidad.
A Huntington le salió al encuentro el presidente español progresista José Luis Rodríguez Zapatero. A falta de argumentos científicos, Zapatero quiso demostrar el movimiento andando e inventó una plataforma llamada ‘Alianza de Civilizaciones’ en Naciones Unidas. Aquel invento, financiado con dinero de todos ustedes, era un instrumento propagandístico sin pies ni cabeza o efectos reales. Las Naciones Unidas son ya, al menos en principio, una alianza internacional por la paz, que dispone de una agencia para el diálogo cultural y científico, la UNESCO. Agregar una subestructura para fomentar el diálogo intercultural era pragmáticamente tan inútil como políticamente interesado. En resumen: era una iniciativa cínicamente oportunista, como lo demuestra el hecho de tener como único suscriptor al dictador turco Recep Tayyib Erdogan. El trasfondo de la gracia de Zapatero eran los atentados islamistas del once de marzo de 2004 en Madrid, pocos días antes de las elecciones que le hicieron presidente y de ceder a la extorsión de los terroristas.
Con el choque de civilizaciones ocurre como con el cambio climático. La ceguera ideológica prevalece sobre la evidencia, por más catastrófica que sea. Pero así como la meteorología ya no se limita a perturbaciones esporádicas sino que marca una tendencia, los grandes conflictos políticos ya no se limitan a escaramuzas nacionales, como lo fue la Guerra Europea y todavía lo fueron las guerras coloniales. El equilibrio de poder salido de la Segunda Guerra Mundial se ha alterado y con él el confort de dividir el mundo en dos bloques alternativos y dos formas de organizar la existencia. El capitalismo corre un riesgo muy grande de autodestruirse, y allí donde el comunismo pervive doctrinalmente, no tiene otra función real que sostener una autocracia. Hoy, los conflictos quemantes o en fase de calentamiento encuentran motivo en coordenadas más primarias.
No hace falta ser demasiado astuto para entender que en la guerra implacable de Putin en Ucrania revive el conflicto entre el antiguo despotismo ruso-oriental y Occidente. China, convirtiéndose en un gigante económico, reclama la hegemonía continental, con India como único rival en potencia demográfica y pujanza económica. El guirigay de Oriente Medio, impensable sin el resurgimiento del islamismo, es un juego a muchas bandas. Por un lado está la lucha por la hegemonía doctrinal y política (pues en el Islam religión y gobierno son inseparables). Por otro lado, el rechazo visceral de las costumbres occidentales. Israel, fundado sobre una concepción étnico-religiosa, lleva décadas oscilando entre el liberalismo democrático y la ortodoxia arcaizante. Últimamente se ha decantado por el fundamentalismo y convertido la justa defensa en una guerra de conquista fundada en una mitología dos veces milenaria. La tierra que Yahvé dio a los hebreos en territorio cananeo hace cerca de tres milenios y medio, los actuales israelíes se la quitan a los palestinos con toda la crueldad bíblica.
No tiene sentido tildar de reaccionario este retorno a los orígenes, pues escapa del eje ideológico, que por cierto es de reciente factura occidental y se deja al atravesar determinadas líneas isobáricas. Continuar analizando la realidad en términos de progresismo y reacción es pura holgazanería intelectual. Hoy las sociedades despiertan del sueño de la globalización y buscan la estructura en los propios fundamentos. En la conferencia sobre sabiduría en la que participé hace dos años en la Universidad de Shanghai, los colegas chinos buscaban en Confucio y Mencio las bases del pensamiento chino actual, como si las sociedades de Occidente volvieran a las raíces presocráticas, platónicas y cristianas. Buscar las raíces tiene sentido, porque los libros sapienciales destilan la experiencia que ha permitido a una civilización como la china sobrevivir durante milenios sin perder su carácter. ¿Por qué puñetas las demás civilizaciones deberían importar el modelo de autodestrucción occidental? La respuesta es obvia. Por eso, a medida que se recuperan de la cacería colonial, a ese modelo oponen uno propio y de la competición inevitable entre modelos se desprende el conflicto.
La advertencia de Huntington recordaba demasiado el catastrofismo de Spengler para que nadie lo tuviera demasiado en cuenta. Puesto que la reacción más común a un aviso de catástrofe subyacente es desentenderse o negarlo, Occidente se sumergió en una ola de frivolidad. A medida que se deshielan los polos de la modernidad, el Viejo Continente se hunde como una nueva Atlantis. No es que el cambio sea imperceptible; es que la gente se ha habituado, como la rana proverbial. El choque de civilizaciones no se produce como las escaramuzas del siglo XVIII, con las tropas alineadas y los bandos perfectamente definidos en el campo de batalla, sino en el corazón de las civilizaciones. En las más refractarias puede tomar la forma de persecuciones religiosas, en las más dúctiles la de guerras culturales.
En los países de tradición democrática estas guerras se libran en aras del liberalismo. El hecho es paradójico, porque mientras que el liberalismo clásico era una defensa del individualismo frente al ascenso del poder de las masas, las guerras culturales son un fenómeno grupal. Pero esté donde esté, la lucha por el universalismo —esto es, por la hegemonía de los principios metafísicos de una concepción de la vida humana— causa el desplazamiento lento o repentino de las placas históricas que en el reloj de lo cotidiano solemos contemplar bajo la especie de noticias. Éstas pueden ser tan turbadoras como los atentados del once de marzo de 2004 o los del diecisiete de agosto de 2017 y tan anecdóticas como que un grupo de estúpidos encuentre virtuoso amargar la fiesta a alguien tirando un paquete de sal en una paella durante una comida popular. Dramáticas o triviales, las sacudidas que los pretenciosos llaman delitos de odio tienen importancia como síntomas, puesto que ponen en evidencia lo que es de sentido común. Pero en la noche ideológica, cuando los creadores de opinión manejan el sentido de realidad con lo que dicen y sobre todo con lo que no dejan decir, el sentido común, como sabía Orwell por haberlo aprendido en Cataluña, es la peor de las herejías.
EL MÓN









