Gaudí, Goya, Cataluña

Hay una vieja obsesión española que vuelve cíclicamente: “normalizar” Cataluña. Convertirla en un paisaje amable, homologable, integrado en una narrativa de concordia en la que todo conflicto sea superado por la escenografía. Los intentos han sido diversos y espectaculares, últimamente: unos Juegos Olímpicos de invierno proyectados como abrazo blanco en los Pirineos; una copa América convertida en escaparate marítimo de modernidad; la reiterada promesa de una “cocapitalidad cultural” que debía diluir tensiones en una geometría institucional compartida. Y ahora, la celebración de los premios Goya en la ciudad de Barcelona, ​​como si trasladar una gala fuera trasladar un centro de gravedad sentimental.

Pero la normalidad no se impone con foco ni alfombras rojas. Se construye (si se construye) desde una experiencia compartida, valores similares. Pero en cambio la ceremonia evidenció una desafección palpable: el catalán, testimonial y casi folclórico; los discursos, abocados a todas las causas nobles del mundo excepto a lo que atraviesa esta sociedad desde hace décadas y siglos. No se pedía militancia, tampoco, pero al menos conciencia del lugar. Sin embargo, el aire era el de una distancia cultural elegante, como si la ciudad fuera un escenario de alquiler. Que es, de hecho, en lo que pretenden transformar Barcelona.

No todo es culpa ajena: ya había pasado con los premios Gaudí. Progresivamente, los agradecimientos (también en el ámbito de los premios literarios) han ido desterrando nuestro propio conflicto nacional, como si el silencio fuera sinónimo de madurez, de superación o de profesionalidad. Pero el silencio no es neutral, es una opción. Y a menudo es el reflejo de una fatiga o de un miedo que nada resuelven. La supuesta “normalización” se convierte así en un decorado, como decíamos. No hay concordia, ni alegría ni siquiera indiferencia. Existe resentimiento soterrado, alejamiento progresivo y una forma de supremacía que se expresa en el relato.

Esta supremacía se fundamenta en algo incontestable: ciertamente, el proceso no culminó. Y cuando no ganas, los demás imponen su relato (o lo intentan). Es el relato de la superación del trauma, de la página pasada, del regreso a la rutina productiva y cultural. Pero es un relato artificial, desarraigado, que no conecta con la realidad íntima y la conciencia política de mucha gente. Las instituciones pueden decretar fases; la sociedad, no. La sociedad metaboliza a su manera, y a un ritmo que no entiende de agendas ministeriales ni calendarios de gala.

Este año también se puede intentar convertir a Antoni Gaudí en un español de concordia, un genio integrador que sutura heridas desde el mármol y el vitral. Pero tampoco será creíble. Gaudí es universal porque está radicalmente arraigado. Y de hecho su obra mayor, la Sagrada Família, lo recuerda estos días con una imagen elocuente: la torre central de Jesús, culminada y coronada con la bandera catalana y la del Vaticano. Ninguna bandera española en el punto más alto de Barcelona. No es un gesto contra nadie; es una constatación simbólica de donde late el centro emocional, histórico, social, de esta ciudad.

Y si miramos hacia las cimas naturales, pues en Montjuïc lo que corona el foso y el relieve de la montaña también es una gran bandera catalana (impulsada, lo recuerdo bien, por el concejal Jaume Ciurana). Los símbolos no resuelven conflictos, pero tampoco mienten del todo. Por mucho que se desplacen galas, se convoquen eventos o se ensayen nuevas narrativas, hay una realidad persistente que no encaja en la postal. Cataluña no se ha “normalizado” porque la normalidad no es la ausencia de conflicto, sino capacidad de afrontarlo. Y esto todavía está pendiente.

Por tanto, podrán tratar de hacer de Gaudí un relato compartido; de Goya, un abrazo institucional; del aeropuerto, un nombre descafeinado, y de Barcelona, ​​un escenario pretendidamente reconciliado. Pero mientras el relato sea impuesto y no vivido, mientras la lengua propia sea decorado y no centro, mientras el trauma quiera superarse por decreto o por pura artificialidad, la normalidad será sólo un eslogan. Y nuestras cumbres (las de piedra y las de memoria) continuarán diciendo otra cosa.

EL PUNT-AVUI