Al ministro español de Economía, Luis de Guindos, le tocó, en nombre del Gobierno español, quedarse solo en la votación para elegir al nuevo presidente del Eurogrupo (que reúne una vez al mes a los ministros de Finanzas de la eurozona), el holandés Jeroen Dijsselbloem, sustituto de Jean Claude Juncker. Guindos no le apoyó, a diferencia de los otros 16 ministros, y de esta manera, el Gobierno, como ya hizo en el caso de una vacante en el BCE, expresó públicamente su disgusto por lo que considera infrarrepresentación de España en la eurozona, a despecho de la importancia de su dimensión: cuarto país más grande.
Guindos debió ejecutar su abstención consciente de su mero simbolismo, pues era muy difícil albergar esperanzas de que un puesto de esa relevancia pudiera recaer en el representante de un país que para los socios más potentes del club, en especial Alemania, ostenta la dudosa etiqueta de deudor, tras el rescate financiero, y de potencial necesitado de la ayuda del BCE y su programa de compra de deuda, si las cosas se complican en los próximos meses.
Es cierto el argumento español, compartido por otros países del sur, o más en general de la denominada periferia europea, de que existe un visible desequilibrio en la representación económica de los países del euro marcadamente favorable a los del norte que, casualidad, también ostentan la chapa triple A de la máxima calidad crediticia. Con la casi solitaria, aunque muy relevante, excepción del presidente del BCE, el italiano Mario Draghi, el resto de los cargos los ocupan hombres llegados de la zona fría del continente. Alemania, Austria, Finlandia y Holanda copan los sillones influyentes. Se trata de una de las grandes divergencias geográfico-económicas del momento.
La preocupación española es por lo tanto legítima, aunque puede proceder no sólo de una inquietud por su relación de fuerzas en el exterior; también puede obedecer a criterios de autoridad en el interior. Es un Estado y un Gobierno en busca de prestigio tanto fuera como dentro de sus fronteras. Un Estado sin influencia ante sus socios de moneda única puede ser más fácilmente erosionado por aquellos que cuestionan la unidad. Es decir, en el actual momento de tensión con Catalunya. la representación institucional exterior cotiza el doble.
Pero no son estos los únicos desequilibrios que aquejan a la maltrecha moneda única. Esta misma semana, España ha divulgado sus últimos y escalofriantes datos de paro, un récord de la decadencia económica. Pero no está sola. Francia, aunque ciertamente a mucha distancia, también ha anunciado nuevas cimas en sus propias cifras de desempleo. Y en Italia sigue escalando.
Como contrapunto, Alemania, que se asomó a la contracción en el último trimestre del año pasado, emite señales de optimismo. La economía germana no deposita ya sus expectativas de futuro en las ventas a la eurozona, que la arrastró en caída libre en el 2009, pero de cuyos mercados cada vez depende relativamente menos, aunque sí de sus recursos humanos cualificados y a buen precio, sino a las que realiza en Asia y América. Si China y Estados Unidos crecen, las empresas alemanas mantendrán su sinfonía exportadora es la música en Berlín. Por eso la canciller Angela Merkel y el presidente del Bundesbank, el banco central alemán, Jens Weidmann, se han aplicado a fondo esta semana en advertir a Japón de que no juegue a devaluar el yen para hacer más competitivas sus exportaciones. ¿Y qué les han contestado los japoneses? Que Alemania no debería criticarle, pues la eurozona, desde el punto de vista nipón, es un monumental ejemplo de devaluación competitiva permanente y estructural del marco frente a sus antiguos competidores europeos.
De esas divergencias en la eurozona, la de más calado político es la que se produce con Francia, con un déficit comercial insostenible, especialmente con Alemania, y el estancamiento económico. Eso explica la descafeinada y fría celebración del 60.º aniversario de la firma del tratado de Versalles, que consagró la alianza de los dos grandes países tras la Segunda Guerra Mundial. Merkel y François Hollande no consiguieron transmitir nada más que rígida escenografía.
Y, finalmente, Davos ha aportado una gráfica representación de la divergencia entre el mundo financiero global y el de las economías nacionales sumidas en el desconcierto. En un entorno idílico de nieve y aire puro, un hombre de negocios como Lloyd Blankfein, consejero delegado del banco de negocios Goldman Sachs, proclamaba eufórico que el “momento de crisis ha terminado”. Las bolsas suben en todo el mundo, y los problemas que acuciaban a las deudas públicas del sur de la eurozona, España a la cabeza, parecen disiparse por momentos. Pero, en contraste, los que están pegados al terreno siguen diciendo que aún no detectan señales de un cambio de tendencia. Guindos, cauto, señaló en la ciudad suiza: “A partir del segundo semestre se estará en condiciones de crecer”. Frase prudente.






