Despedazar una lengua

“La distinción entre “valenciano” y “catalán”, como si fueran idiomas diferentes, la mantiene también oficialmente el gobierno español más progresista de la historia”

El odio contra la lengua catalana que, históricamente, profesa una parte importante de la sociedad española, a derecha e izquierda, tiene varios motivos. Se trata de una lengua que vehicula una cultura y una literatura independientes y que fue la primera, en Europa, en emplearse para tratar temas que hasta entonces estaban reservados al latín: ciencia, teología, medicina, astronomía o filosofía, gracias a Ramon Llull. Una nación que un Estado tiene en propiedad y la quiere uniforme, en cuyo interior se encuentran la mayor parte de los territorios de lengua catalana, no puede tolerar esta independencia porque es síntoma de una dinámica nacional propia que puede conducir a otros ámbitos de soberanía que no tienen cabida en España.

Se trata de un idioma que se enseña en universidades de los cinco continentes, que dispone de diccionarios de correspondencia con las lenguas más habladas del mundo, incluidas singularidades como el sánscrito, y en algunos casos antes de que existiera una versión española similar. O bien diccionarios especializados como el de la ciencia y la tecnología nucleares, adelantándose así a buena parte de los idiomas europeos como es el caso del español. Se trata de un idioma con mucha obra literaria traducida a numerosas lenguas, que edita más de diez mil títulos anuales en esa lengua (25 cada día), que es el número 10 que más traduce del mundo y el 23 más traducido y con escritores que, por su calidad, ya habrían ganado un Nobel de Literatura si en vez de tener dos Estados en contra, tuviera uno propio, a favor. 

Sin embargo, hay otro hecho que no es asumible por el nacionalismo español como es la importancia demográfica del número de hablantes y el ámbito territorial de su dominio lingüístico. Es la única lengua del Estado español que se habla en cuatro Estados europeos, a diferencia del español, y, con 10 millones de hablantes, ocupa la 13ª posición por delante de lenguas oficiales y se sitúa por delante de 12 lenguas que sí son oficiales en las instituciones europeas, como el danés, el noruego, el croata, el eslovaco. Como segunda lengua más aprendida en Europa ocupa el séptimo puesto y, en proporción al número de hablantes, es una de las 10 lenguas más activas del mundo en la red.

Ante esta innegable realidad, el objetivo del nacionalismo español es negar la realidad. Y una forma de debilitar, minorizar y perjudicar el idioma es atacar su unidad, indiscutible por completo a nivel científico. Divide y vencerás es una divisa bastante conocida desde Julio César acá. De esta forma, como idioma fragmentado tiene muchas menos posibilidades de sobrevivir y mantenerse fuerte de cara al futuro, sobre todo si se cuestiona permanentemente su identidad común y compartida, por encima de todo tipo de fronteras administrativas. Aprovechándose que, tradicionalmente, en muchos lugares, se llama la lengua a partir del propio dialecto (valenciano, mallorquín, tortosino, etc.) se quiere convertir cada una de las variantes de la misma lengua en idiomas diferentes para hacerla más débil, frágil y vulnerable.

En las Islas Baleares, en el País Valenciano y en la Franja existe una verdadera ofensiva para negar a la lengua propia de estos lugares la condición de catalana, compartida, pues, con el resto de territorios del mismo ámbito lingüístico. Sin embargo, hay que decir que una cosa es el nombre de la lengua con más de una denominación para referirnos al mismo idioma y otra, bien distinta aunque puede conducir a ello, la distinción o contraposición absoluta entre el nombre popular o dialectal y el conjunto de la lengua, queriendo hacer pasar por idiomas diferentes “valenciano”, “mallorquín” o “catalán”.

Curiosamente, no somos el único idioma con más de un nombre popular, pero sí el único que sufre este ataque constante contra su unidad científica, a diferencia de la doble apelación castellano/español, flamenco/neerlandés o aranés/occitano, denominaciones que nadie sostiene que se trate de idiomas diferenciados. Es decir, en ningún cajero automático o en la web de ningún ministerio se dispone de la doble posibilidad de poder elegir entre castellano o español, o bien entre flamenco u holandés como si fueran diferentes, ya que lo único que aparece es el nombre científico como es conocida internacionalmente la lengua: español y neerlandés.

Aún resuenan los gritos histéricos de Pablo Casado, a quien Dios haya perdonado, dirigiéndose a menorquines, mallorquines, ibicencos y formenterenses, diciéndoles que no hablaban catalán sino menorquín, mallorquín, ibicenco y “formenterés”. Y es cierto que hablan todo esto que dice él, tanto como todo esto es, a la vez, catalán, la forma característica que adopta la misma lengua en cada lugar. Del conjunto de estas variantes la legalidad vigente, es decir, el Estatuto de Autonomía de las Islas Baleares y la Ley de Normalización Lingüística llama, sólo y no de otro modo, “lengua catalana”. Pero a los que tienen odio a nuestra lengua pasan de la ley, como más de una vez han manifestado, sin reparos, cargos institucionales de la derecha española y más allá. 

No son los únicos que no respetan la ley. Tampoco lo hace el jefe de Estado del Reino de España otorgando, en 2024, el título de “Real” a algo que se llama “ReyalAcademi de Sa LlengoBaléà”, “lengo” en la que no hay nadie que sea capaz de escribir, ni ningún literato que asuma el disparate. Esta decisión puede ser vista como una exhibición gratuita de ignorancia científica, desconocimiento filológico y mala fe política. No importa que el Instituto de Estudios Catalanes, la Universidad de las Islas Baleares, la Obra Cultural Balear y el propio gobierno balear del PP hayan protestado y pedido al monarca retirar la cobertura real a una muestra tan colosal de analfabetismo y falta de sentido del ridículo. Pero, hasta ahora, lo más caliente brilla por su ausencia.

La distinción entre “valenciano” y “catalán”, como si fueran idiomas diferentes, la mantiene también oficialmente el gobierno español más progresista de la historia. Basta con consultar la web del ministerio de Cultura (!?), dirigido por el barcelonés Ernest Urtasun, de los Comunes; del ministerio de Industria y Turismo, encabezado por el barcelonés y ex alcalde de Barcelona, ​​Jordi Hereu, del PSC; del ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades (!?) en manos de la gandiense Diana Morant, del Partido Socialista del País Valenciano, y del ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que lleva otro socialista valenciano, Lluís Planas.

No importa que el Tribunal Constitucional, como antes lo había hecho la Real Academia de la Lengua, hubiera reconocido la unidad de nuestra lengua, como hacen todas las universidades del mundo, porque el gobierno actual se pasa el reconocimiento por el arco de triunfo. ¿Los Comunes, el PSC, el PSPV, el PSOE y Sumar tienen algo que decir? Con su silencio son tan culpables de atentar contra la unidad de la lengua como sus ministros.

En cuanto a los cajeros automáticos, en el Principado, en relación con nuestra lengua los grandes bancos sólo ofrecen la posibilidad de elegir “catalán” como opción lingüística al realizar operaciones con tarjeta, si bien entidades menores como IberCaja diferencian entre “catalán” y “valenciano” simultáneamente en el mismo territorio, pero, en cambio, sólo admiten “español” sin dar la posibilidad de elegir “andaluz”, “extremeño”, “argentino”, “mexicano” o “ecuatoriano”. En el País Valenciano, Banco Sabadell, Caixa y Cajamar sólo tienen “valenciano”, mientras que BBVA, Santander y Caja Rural Central mantienen exclusivamente “catalán”.

Tan sólo alguna entidad como la ya mencionada IberCaja, aragonesa, da ambas opciones, distinguiendo entre “valenciano” y “catalán” como idiomas distintos. En Baleares, las entidades del país (CaixaBank, Banco Sabadell, y Colonya Caixa Pollença), así como otras de ámbito estatal, sólo tienen la opción de “catalán”, junto a otras lenguas extranjeras, salvo nuevamente IberCaja, que vuelve a ser la que discrimina y diferencia “catalán” de “valenciano”, hecho que ya no puede ser visto como casual o anecdótico, sino por completo intencionado y consciente, con voluntad de dañar por fragmentar el idioma.

Esta entidad aragonesa es también la única que distingue entre “catalán” y “valenciano” en los cajeros de la Franja , mientras que CaixaBank y el Banc Sabadell sólo tienen la opción de “catalán” y Santander y BBVA una sola opción para “catalán/valenciano”. En Andorra, los cajeros automáticos de las principales entidades (MoraBanc, Creand y Andbank) ofrecen el catalán como opción predeterminada en todos los dispositivos del país, dado que está la única lengua oficial. Por último, en Cataluña Norte, sólo el CréditAgricole Sud Méditerranée dispone de la opción “catalán” en Perpinyà, zonas turísticas y lugares fronterizos. En Andorra y en Catalunya Nord tienen la suerte de no contar con oficinas de IberCaja.

El éxito sin precedentes alcanzado este año por el Correllengua Hermanado, sin necesidad de poner el nombre de la lengua por cuyo futuro se corre, es un gesto de afirmación popular en favor de un idioma cuyos confines los han fijado los miles de personas que se han sumado a la iniciativa, en todos los territorios donde se habla. Sólo si lo convertimos, permanentemente, en una lengua viva, aseguraremos su futuro, de Perpinyà a Alacant, de Lleida a Palma, por encima de los que, por acción decidida y consciente, o por omisión cobarde e irresponsable, atentan cada día contra su unidad. Recordando a Joan Fuster, “o nos recobramos en nuestra unidad o seremos destruidos como pueblo”. Y no queremos ser destruidos.

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