Según se ha hecho público, recientemente, el exministro de Defensa Federico Trillo, en el momento más crítico de la crisis de Laila/Perejil, en julio de 2002, Estados Unidos hizo llegar a Madrid una oferta de mediación que implicaba ceder a Marruecos ese islote más varios territorios, como las islas Al-Jaafarya/Chafarina/ y el peñón de Haŷar Badis/Vélez de la Gomera. En aquel momento, Aznar y su gobierno decidieron tirar por la directa y actuar militarmente contra una raquítica guarnición de seis gendarmes marroquíes. El incidente no importó demasiado a nadie, más allá de la extrañeza general por esa inflamación nacionalista española.
Pero lo cierto es que han pasado dos décadas largas y el mundo ya no es el mismo. Marruecos es el único aliado fiable de Estados Unidos en África y Europa -y Francia menos aún- no tendría ningún incentivo real para defender las posesiones africanas del Estado español. Así que el nuevo orden trumpista ha dejado a la intemperie los restos del antiguo protectorado español en el Magreb, que cuelgan de un hilo que la monarquía marroquí -especialmente corrupta y desvergonzada- puede cortar en cualquier momento que les interese apaciguar las protestas sociales con una aventura anticolonial. Una escalada de este tipo parecía imposible, pero ya no lo es. Y la cobertura de la OTAN no está garantizada en caso de los enclaves españoles en África. De hecho, la última encuesta del CIS detecta que un 42,2% de los españoles considera Marruecos como el adversario potencial de un posible conflicto armado en el futuro.
Así las cosas, el escenario geopolítico es más incierto que nunca. Y aquí es donde deberá situarse el independentismo catalán, si es que quiere existir políticamente. La alternativa es disolverse, poco a poco, dentro del PSOE.
EL MÓN








