Pagar a Atila

12 Octubre 2026

En el lapso de cuarenta y ocho horas, el presidente de Estados Unidos hizo tres cosas que, leídas juntas, dibujan la geografía moral de nuestro tiempo. El viernes anunció en ‘Truth Social’ (1) que había cerrado un acuerdo con Vladimir Putin: Rusia aportará de inmediato unas 300.000 toneladas de diesel a los mercados estadounidense y mundial, e incrementará la cantidad en noviembre y meses posteriores, mientras el Tesoro concederá una licencia temporal para sortear las sanciones que el propio Washington le ha impuesto. El sábado, antes de volar hacia un mitin electoral en Tennessee, Trump culpó a Volodímir Zelenski del elevado precio del combustible y sugirió a los ucranianos que buscaran un nuevo líder, alguien capaz de llegar a un acuerdo con Rusia. El mismo día, las bombas planeadoras rusas caían sobre bloques de pisos de Zaporíjia y mataban al menos a veinte personas, tres de las cuales eran niños. Zelenski lamentó con amargura la forma en que Moscú había decidido agradecer a Washington el alivio de las sanciones.

La aritmética del acuerdo es reveladora. Unos analistas alemanes han calculado que la primera entrega de diésel cubre aproximadamente catorce horas de consumo de este combustible en Estados Unidos. Su valor no es económico, sino electoral, y se explica por tres razones: porque el precio del diésel ha subido por encima de los seis dólares por galón, porque el estrecho de Ormuz sigue afectado por una guerra con Irán que comenzó en febrero, y porque las elecciones de medio mandato están muy cerca. El veredicto de Zelenski fue preciso: «una decisión débil de socios fuertes».

La trampa de Roma

La edición de este domingo de La Vanguardia publica la traducción de un artículo de Shlomo Ben Ami (2), antiguo ministro de Asuntos Exteriores de Israel y, no por casualidad, uno de los mejores historiadores de la España contemporánea. Ben Ami lee los quebraderos de cabeza de Estados Unidos a la luz de la caída de Roma. No es un mal ejemplo. La deuda pública estadounidense ha superado los cuarenta billones de dólares, por encima del 120% del PIB, y Washington gasta ya más en los intereses de esta deuda que en defensa. En ‘Why Empires Fall’, Peter Heather y John Rapley sostienen que la deuda es el síntoma de una redistribución más amplia de la riqueza y el poder, y que un imperio agotado fiscalmente se convierte en frágil ante los choques externos, como lo era Roma cuando llegaron los hunos. El israelí termina con Gibbon y con los padres fundadores de Estados Unidos, convencidos de que las repúblicas virtuosas se arruinaban por la corrupción imperial, el comercio y el orgullo militar. Estoy de acuerdo casi en todo lo que dice Ben Ami. Pero hay una segunda lección romana, implícita en su artículo y que el acuerdo del diésel entre EEUU y Rusia hace incómodamente visible. No tiene que ver con la deuda que un imperio debe, sino con el tributo que decide pagar.

El tributo

En la década del 440, el Imperio romano de Oriente era rico, se había expandido demasiado y estaba entretenido en guerras en otras fronteras. Teodosio II optó por comprar la paz a Atila. Con el acuerdo del 447, según recoge el historiador Prisc de Panio, Constantinopla pagó seis mil libras de oro atrasadas y triplicó el tributo anual hasta 2.100 libras. El oro no compró la paz. Pagó la siguiente campaña, y cada pago enseñaba a Atila que la presión funcionaba. Sólo cuando Marciano llegó al trono, en 450, y dejó de pagar, los hunos se apartaron de Constantinopla, y se volvieron hacia el oeste, hacia la Galia e Italia. Negar el tributo no llevó la catástrofe que pronosticaban sus partidarios.

Los paralelismos históricos nunca son exactos, pero aquí es difícil no ver su constante. Una gran potencia, atascada en una guerra en otro lugar y que va corta de chaleco, compra el alivio doméstico rebajando la presión sobre un agresor, y a eso le llama un acuerdo. El alivio de sanciones es un tributo a la inversa: en lugar de enviar oro al bárbaro, le permites vender sin sanciones. El efecto sobre su tesoro de guerra es el mismo. Las dos trampas romanas, además, están conectadas. El imperio que no puede pagar las deudas es precisamente el más tentado a pagar un tributo en especie, porque el tributo parece más barato que la firmeza hasta que, final e inexorablemente, llega la factura.

«Un nuevo presidente»

Aquí la persona cuenta menos que los principios. No defiendo a Zelenski por devoción personal. Es un político, con los defectos propios de un político, y tiene críticos dentro y fuera de Ucrania, algunos con razón. Lo defiendo por lo que ha llegado a representar su cargo: el derecho de una nación democrática europea a defenderse y a elegir a sus propios gobernantes. Para nosotros, los catalanes que en 2017 salimos a la calle para defender las urnas y votar democráticamente si queríamos ser independientes o no, eso es muy importante.

Cuando el Kremlin decidió lanzar la invasión a gran escala de Ucrania, en febrero de 2022, su objetivo era provocar un cambio de régimen que disfrazaba con los fantasmas del pasado ruso. Apelando a la «desnazificación» de Ucrania, en realidad Putin buscaba decapitar al gobierno de Zelenski con la intención de que las columnas rusas que avanzaban hacia Kiiv pudieran instalar un gobierno dócil. Fracasaron porque los ucranianos, y un presidente que se negó a abandonar la capital, se quedaron y resistieron. Cuatro años y medio después, el presidente de Estados Unidos pide a los ucranianos que hagan lo que los tanques rusos no consiguieron: quitarse de encima a su jefe de Estado. Esto no es mediación. Es el más antiguo de los hábitos imperiales: la gran potencia que elige a los gobernantes de la nación pequeña.

La palabra «desnazificación» merece que nos detengamos. En la edición del sábado 10 de octubre de La Vanguardia, el columnista Plácid Garcia-Planas (3) recordaba cómo Mólotov, el ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, justificó el pacto de 1939 con Ribbentrop, su homólogo nazi: el fascismo, dijo, era «una cuestión de». Garcia-Planas subraya la ironía. Putin invadió Ucrania para «desnazificarla», pero su aliado más valioso en Alemania es el AfD, un partido que quiere que los alemanes dejen de sentirse responsables del Tercer Reich y que acaba de pactar con el BSW, el partido de izquierda populista, en Sajonia-Anhalt, un acuerdo que él llegó. El propio Putin ha defendido el pacto de 1939 aduciendo que, en aquella época, la política exterior iba así. Para Kremlin, pues, el nazismo es una acusación reservada a los enemigos y una cuestión de gustos cuando se trata de los amigos. La desnazificación nunca fue un principio moral para invadir Ucrania. Era un pretexto para derrocar a un gobierno elegido, y ese es el objetivo que ahora encuentra eco en Washington. En Venezuela Trump se ha comportado de la misma forma pero apelando al narcotráfico para secuestrar a Maduro y pactar con sus herederos.

El argumento de la legitimidad también se toma de Moscú. La ley ucraniana prohíbe realizar elecciones bajo la ley marcial, al igual que Gran Bretaña no celebró elecciones generales entre 1935 y 1945. Cuando Trump calificó a Zelenski de «dictador sin elecciones», en febrero de 2025, repetía el argumentario del Kremlin y no la ley ucraniana. Los ucranianos votarán libremente cuando callen las armas, y quizá elijan a otro que no sea Zelenski, como ocurrió con Churchill en 1945. Esta decisión les pertenece. No pertenece a una rueda de prensa en la Casa Blanca, ni mucho menos a una llamada de Trump a Putin.

Trump y Putin van a lo suyo, sin embargo. Tras el apretón de manos y el acuerdo del diésel, el presidente de EEUU anunció ayer unilateralmente, de nuevo desde su red social, una tregua energética entre Rusia y Ucrania para proteger las refinerías y las infraestructuras de los ataques recíprocos. Zelenski respondió en una entrevista que no sabía nada, pero estaba dispuesto a aceptar la tregua si Rusia se comprometía de verdad. Y no sólo eso: si Putin se avenía a un alto el fuego de sesenta días, él organizaría elecciones en Ucrania. No está claro qué va a salir de todo esto, si bien es legítimo pensar que un conflicto no se acaba poque que una de las partes, o el supuesto mediador, decida por la otra.

De Helsinki a Helsinki

La Vanguardia ilustraba la crónica del acuerdo sobre el diésel con una fotografía de Trump y Putin en un apretón de manos en Helsinki en julio de 2018. La ciudad dio nombre a otra cosa. En 1975, treinta y cinco estados firmaron el Acta Final de Helsinki, donde se comprometían a respetar la inviolabilidad de las fronteras, la integridad territorial de los estados y, en el octavo principio, el derecho de los pueblos a determinar su estatus político sin injerencias externas. El camino de Helsinki 1975 a Helsinki 2018, y de ahí a Anchorage en 2025, es el camino que va a respetar las reglas a un orden mundial basado en las transacciones entre grandes potencias.

Lo que ahora se está configurando es un sistema imperial contemporáneo. Carece de ministerios de colonias ni imperios formales, pero sus grandes potencias tratan la soberanía de las naciones pequeñas como moneda de cambio: el territorio y el presidente de Ucrania, el gobierno de Venezuela, el futuro de Groenlandia. El propio Ben Ami lo ha descrito como un orden mundial hobbesiano. En un sistema así, la cuestión ya no es si una frontera se ha atravesado por la fuerza, sino quién obtiene qué de reconocer el resultado de la agresión a favor de uno de los nuevos imperios.

Las naciones pequeñas conocen bien a este patrón. Checoslovaquia no se sentaba en la mesa de Múnich en 1938, cuando Chamberlain hablaba de una disputa en un país lejano entre gente de la que los británicos no sabían nada. Como historiador catalán, no puedo dejar de recordar un precedente más antiguo y muy nuestro. En Utrecht, en 1713, Gran Bretaña abandonó a sus aliados catalanes a Felipe V a cambio de Gibraltar, Menorca y el ‘asiento’, el monopolio del comercio de esclavos hacia la América española. El «caso de los catalanes» se debatió en Londres y después se olvidó. Barcelona cayó el 11 de septiembre de 1714. La ventaja comercial se impuso a la lealtad a un aliado, que es exactamente el vicio del comercio que temían los padres fundadores estadounidenses.

El turno de Europa

Si Washington paga tributo, Europa debe sostener la frontera. Lo digo sin complacencia. La UE acaba de levantar las sanciones a dos oligarcas rusos como precio para renovar las del resto, un pequeño tributo por su cuenta. Pero Europa tiene tres cosas para ofrecer que Estados Unidos ahora mismo escamotea: el dinero para que Ucrania continúe en pie, unas sanciones que no se dobleguen al ciclo del precio del combustible y una declaración clara de que el liderazgo de Ucrania se decide en Ucrania.

Apoyar a Zelenski era fácil en 2022, cuando salía en todas las portadas y el Parlamento Europeo concedía el Premio Sájarov al pueblo de Ucrania ya sus dirigentes. Ahora significa algo más, sobre todo cuando el hombre más poderoso del mundo la quiere fuera. Apoyar al presidente elegido de un país atacado no es culto a la personalidad. Es la defensa de un principio que los europeos aprendieron a un precio muy alto: que el destino de una nación no se decide por encima de su cabeza entre vecinos más fuertes, y que una civilización se mide por cómo trata a quienes no se pueden defender solos. Aquellos que critican a Zelenski por la sangre derramada deberían recordar a Bertrand Russell, un pacifista convencido de que abandonó el pacifismo absoluto ante Hitler. Russell defendía —y estoy de acuerdo— en que el pacifismo absoluto no siempre es moralmente sostenible si permite el triunfo de un mal mayor o la destrucción de la libertad, por lo que la resistencia armada puede ser un mal menor frente a un peligro extremo, que es caer en el pozo de un imperio corrupto como es la Rusia de Putin.

Grandeza desmedida

Gibbon concluyó que la decadencia de Roma era «el efecto natural e inevitable de una grandeza desmedida». Hoy, la grandeza desmedida no toma sólo la forma de la deuda, sino también de la convicción de un jefe de Estado de que una gran potencia puede comprar su comodidad -catorce horas de diésel por unas elecciones de medio mandato-, y hacérselo pagar a otro. En Zaporíjia, ese otro tiene nombre, y tres de ellos eran niños. Como dice el dicho, pagan justos por pecadores. Roma aprendió que el tributo compra tiempo, pero nunca la paz. Europa no debería necesitar volver a aprenderlo.

https://agusticolomines.cat/2026/10/12/pagar-atila/


(1) https://www.itv.com/news/2026-10-09/trump-says-us-to-obtain-diesel-from-russia-despite-energy-sanctions

(2) 11/10/2026
La trampa de Roma
Shlomo Ben Ami
Exministro de Exteriores de Israel

La guerra de Irán y las rebajas fiscales de Donald Trump, Estados Unidos ha superado una marca preocupante: la deuda nacional ha pasado por primera vez de los 40 billones de dólares y alcanza el 123% del PIB. Por otra parte, el país gasta hoy más en el servicio de la deuda que en la defensa nacional. La guerra de Irán era una guerra completamente innecesaria, lo mismo que la guerra comercial de Trump. Trump supuso de modo equivocado que los ingresos de los aranceles compensarían los efectos de sus rebajas fiscales sobre las personas de altos ingresos y las corporaciones. Lo único que ha conseguido es una disrupción de los negocios y las cadenas de suministro en todo el mundo. Para ser justos con el caótico presidente estadounidense, sus guerras, el incremento del gasto energético y el coste de la financiación de la deuda (el rendimiento de los bonos estadounidenses ha alcanzado su máximo en 25 años) se han añadido a un problema que no había sido causado por él. Unos desembolsos estadounidenses crónicamente elevados (sobre todo, una estructura de costes sanitarios particularmente onerosa) y una población envejecida que sobrecarga los gastos de Seguridad Social son los principales responsables de los descomunales déficits fiscales del país.

Según sostienen el economista Peter Heather y el clasicista John Rapley en su libro Why empires fall: Rome, America and the future of the West (2023), la deuda estadounidense se inserta en un debate más amplio sobre el declive imperial, puesto que la deuda es síntoma de un cambio en la distribución global de la riqueza y el poder. Como en el caso del imperio romano, cuyo declive respondió a la transformación que este había operado en los pueblos situados más allá de sus fronteras, la globalización encabezada por Estados Unidos ayudó a crear unas economías de gran éxito fuera del núcleo occidental, y con ello disminuyó la parte de Occidente en la producción mundial. Sin embargo, en lugar de adaptar sus políticas a las nuevas circunstancias, Estados Unidos ha continuado sosteniendo el consumo, los compromisos militares, los programas sociales y los niveles de vida asociados con el período de predominio occidental pese a la disminución de su dominio económico relativo. El centro imperial ha contribuido al desarrollo de sus competidores y ahora busca aprovechar la ventaja del dólar como moneda de empréstito para mantener los beneficios y los compromisos de una época anterior. Se trata de una dinámica que los historiadores se saben de memoria: el conquistador crea redes de integración que acaban escapando a su ­control.

La deuda por sí sola no anuncia el colapso de la hegemonía; pero, al igual que ocurrió con las crecientes presiones fiscales de la Roma imperial, debilita su capacidad para resistir a choques externos, como la llegada de los hunos procedentes de la estepa euroasiática en el siglo IV. El choque que supuso la llegada de los hunos amenazó el “eje militar-fiscal” fundamental sobre el cual se sostenía el imperio. De modo similar, la elevada deuda hace que Estados Unidos sea vulnerable a equivalentes modernos del choque que supusieron los hunos (por ejemplo, una disrupción externa inesperada, una gran guerra injustificada o una competencia imposible de sostener con un imperio rival como China) sin recurrir a un endeudamiento creciente, aumentar los impuestos, recortar el gasto o permitir que la inflación erosione las obligaciones. En resumen, la deuda elevada puede ser la receta para un gigantesco conflicto interno de carácter social y distributivo.

¿Funcionará en el caso de Estados Unidos la fórmula tradicional de equilibrar el presupuesto a través de la austeridad? Se trata de una fórmula alemana que el actual Gobierno de Berlín rechazó en cuanto se vio enfrentado a los retos planteados por el derrumbe del sistema de seguridad europeo. Recortar los servicios solo intensificaría la desigualdad social y la fragmentación política, la misma dinámica que provocó la caída de Roma. Si el Gobierno español de Pedro Sánchez ha podido negarse al incremento del presupuesto militar hasta el 5% del PIB por temor a una disrupción del tejido social, ha sido porque no se enfrenta al mismo grado de amenazas existenciales al que se enfrentan Alemania y otros países de Europa oriental miembros de la OTAN por parte de un Putin que tienen a su puerta y que incluso acaba de amenazar a sus vecinos con una guerra nuclear. Ahora bien, el desarrollo de una crisis con Marruecos en torno a Ceuta y Melilla podría hacer que un futuro gobierno español reconsiderara su posición.

Israel es otro caso en el que la base productiva interna y la amenaza al tejido social condicionan las necesidades y las ambiciones geopolíticas. A lo largo de su guerra con Irán, Israel ha puesto de manifiesto una abrumadora superioridad tecnológica y militar. Sin embargo, nunca logrará un dominio estratégico en tanto que no amplíe proporcionalmente su base productiva. Con una deuda que solo representa el 68% del PIB, Israel no comparte el mismo tipo de dilema al que se enfrentan Estados Unidos y Occidente en general. De todos modos, tiene un grave problema interno que convierte en insostenible una proyección regional imperial. Sus compromisos estratégicos se amplían al tiempo que se reduce la base productiva que los financia: exenciones de su numerosa comunidad ortodoxa del mercado laboral y el servicio militar, emigración de una élite muy formada y cualificada, costoso servicio de reversa militar y efectos económicos de una grave crisis reputacional asociada a su guerra de Gaza.

Con todo, aunque el problema de Israel no es tanto la deuda como la base productiva del país, sigue precisando el mismo tipo de soluciones que precisan el creciente rearme militar de Alemania y la excesiva proyección imperial de Estados Unidos. Ripley y Heather aciertan en no creer en un recorte del gasto hasta que disminuya la deuda. La solución exige pasar de la fiscalidad sobre la renta a la fiscalidad sobre el patrimonio, lo cual, según consideran, restauraría el crecimiento económico y ensancharía la distribución de sus beneficios, con lo cual el Estado ampliaría su base impositiva. Lo que está claro es que las alternativas de un mayor endeudamiento o una austeridad más severa son causa de riesgo de un agravamiento de las divisiones políticas y sociales, síntomas del declive imperial.

Pese a todo, las extrapolaciones automáticas de la caída de Roma a las actuales disyuntivas pueden ser engañosas. El declive no es necesariamente fatal. La Roma imperial no pudo reconstruir su base fiscal después de que el choque que supuso la aparición de los hunos desencadenara el ciclo de pérdidas territoriales; pero Estados Unidos sigue teniendo la capacidad institucional para cambiar de rumbo antes de que se produzca una conmoción externa equivalente. Además, Roma nunca experimentó nada parecido a las revoluciones científicas e industriales que siguen revolucionando el mundo. La creciente población estadounidense depende de la ciencia y la industria, así como de una revolución constante de las oportunidades. La sociedad romana mostraba un arraigado apego a su pasado glorioso, mientras que el ethos estadounidense siempre ha mirado al futuro, en pos de oportunidades e innovaciones.

Más allá de las simples cifras del rendimiento fiscal se encuentra la sabiduría política y la necesidad de una comprensión sutil de los límites del poder. Se trata de algo cierto en el caso de los dos aliados en la guerra de Irán, Estados Unidos e Israel. Los postulados de Edward Gibbon (el declive de Roma como el “efecto natural de una inmoderada grandeza”, una insolvencia económica agravada por los choques con el imperio persa y una “corrupción moral” aceleradora del declive) encuentran eco en los excesos de Estados Unidos e Israel. Gibbon era una figura típica de la Ilustración dieciochesca y, por lo tanto, un escéptico en materia religiosa para quien el cristianismo contribuyó a la caída de Roma al debilitar el ethos cívico y militar sobre el que se había alzado el imperio romano. Según su interpretación, el viejo ideal romano (servicio público, valor marcial, sacrificio por el Estado) se había visto desplazado poco a poco por una ética que acordaba más valor a la salvación espiritual.

En Estados Unidos, por el contrario, la religión ha sido una fuerza motriz en la historia del país y alimentó el llamamiento de los padres fundadores en favor de una nueva tierra prometida. Aquí, no la religión, pero sí la sobreproyección imperial de Estados Unidos constituye en muchos sentidos una traición al legado ético de los padres fundadores, para quienes una república democrática y un imperio eran radicalmente irreconciliables. Tras estudiar el auge y caída de las civilizaciones antiguas, así como la del imperio británico al que habían derrotado, los fundadores como Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y George Washington proclamaron que todas las repúblicas virtuosas del pasado habían acabado por hundirse en la corrupción imperial y habían sucumbido debido a los “vicios del comercio y las tentaciones de la soberbia militar”. Con carga de la deuda o sin ella, la suya es una lección que tanto el imperio estadounidense global como su mucho más pequeño aliado israelí harían bien en aprender de memoria.

(3) 10/10/2026
Ribbentrop y Mólotov hoy gozarían
Plàcid Garcia-Planas Marcet

“La política hace extraños compañeros de cama”, decía el escritor estadounidense Charles D. Warner. La cama se nos queda diminuta. El ansia globalizada por el poder y la pasta provoca hoy extrañas y espectaculares orgías.

Nunca preguntes a una mujer por su edad, a un hombre por su salario ni a Putin por el pacto Ribbentrop-Mólotov.

Fue un acuerdo tan súbito y pornográfico entre dos regímenes que se repelían que el ministro de Exteriores soviético –Mólotov–, al no tener ninguna esvástica para recibir en el aeropuerto de Moscú a su homólogo nazi –Ribbentrop–, encontró de urgencia una bandera nazi en los estudios de cine moscovitas donde se rodaban películas… antinazis.

Nazis y sóviets acababan de matarse en España y ahora, días antes de que Alemania invadiera Polonia, sellaban un inesperado acuerdo para invadir y repartirse cinco países de Europa. “El fascismo es una cuestión de gustos”, dijo Mólotov para justificar el pacto. Y se quedó tan ancho.

Fascistas y comunistas de todas las naciones se quedaron en blanco, es decir, a la espera de instrucciones. Y los judíos, estupefactos. Nueve días después, el Tercer Reich invadía Polonia por el oeste y un par de semanas más tarde, según lo pactado, la Unión Soviética invadía varios países por el este. Hubo desfiles conjuntos de soldados en Brest-Litovsk y delegaciones militares nazis en la plaza Roja. Una cuestión de “gustos”, como el sexo.

Siguiendo órdenes de Moscú, el Partido Comunista de Estados Unidos llegó a organizar –junto a los trumpistas de entonces– piquetes contra las fábricas que enviaban armamento a Inglaterra. Durante el primer año de guerra, Moscú ayudó a Berlín con trigo y petróleo, y llegó a ofrecer a los nazis una base de submarinos cerca de Múrmansk. Hasta que el Tercer Reich se giró de golpe e invadió la Unión Soviética: los pactos antinatura tienen estas pequeñas sorpresas.

“Era como todos en esa época hacían la política exterior”, afirmó Putin hace unos años para justificar el pacto. “Deberíamos saberlo”, añadió. ¿Y qué más deberíamos saber, camarada? Pues que ha ocurrido siempre, pero que hoy, con los autócratas y oligarcas reproduciéndose como gremlins, estos pactos contra la ley de la gravedad mental han regresado. Con intensidad y transversalidad: lo practican todas las razas, religiones e ideologías.

La República Islámica de Irán, por ejemplo, como otros regímenes musulmanes, tiene la piel extrafina y a la mínima lanzan fatuas mortales contra caricaturistas o prosistas blasfemos y, al mismo tiempo, sin inmutarse, tratan con suma exquisitez a China: su silencio es absoluto ante la implacable represión de Pekín contra la minoría musulmana uigur, con sus torturas y campos de reeducación.

En el área del Pacífico, los piropos que Trump, líder del mundo capitalista, lanza a los grandes líderes comunistas asiáticos son casi de masaje con final feliz.

Por Kim Jong Un, el tirano de Corea del Norte, siente pura adoración después de haberse insultado en su primer paso por la Casa Blanca: Trump se burló de Kim como un “pequeño hombre cohete” y el asiático se la devolvió calificándolo de “viejo chocho”. Pero ya sabemos que el odio y el amor están hechos de la misma pasta. “Es mi amigo. Soy la única persona en el mundo que a él le gusta. Y a mí me gusta él”, dijo hace pocos días Trump de Kim. El presidente de Estados Unidos ha llegado a hablar del “amor” mutuo que se profesan. Y, oigan, si se quieren de verdad no será este cabaret el que les corte el affaire.

Para Xi Jinping –presidente de la República Popular China y doctor en Teoría Marxista y en Educación Ideológica–, Trump ha reservado elogios que nunca ha dedicado a ningún político del Partido Demócrata ni líder europeo, supuestos aliados: hace pocos días calificó a Xi de “gran líder” y dijo que están unidos por una “amistad verdaderamente grande”. Otro prometedor rollito de primavera.

Confiesa este amor por los caudillos de la hoz y el martillo mientras acusa al Partido Demócrata de “comunista” y apuntala al chavismo a cambio de oro negro: como leí en un tuit, Trump ha capturado a Ali Babá (Maduro) y ha pactado con los cuarenta ladrones (el clan Delcy), porque la democracia, como el fascismo, es cuestión de “gustos”. Mólotov, siempre Mólotov.

Entre el trumpismo y el putinismo casi no ha hecho falta ni pacto, todo ha fluido con solo mirarse. Ahí está la foto que la CBS publicó hace dos días de Katie Wiles –hija de la jefa de Gabinete de Trump– con un subfusil junto al líder de la Republika Srpska en lo que parece ser el campo donde los rusos entrenan a sus milicias moldavas.

Pero nada huele más intensamente a pacto Ribbentrop-Mólotov que el pacto recién firmado en Alemania entre los ultraderechistas del AfD con los izquierdistas del BSW para hacerse con la presidencia del Parlamento de Sajonia-Anhalt. Los dos extremos morreándose en el mismo paisaje de 1939.

Los firmantes se compenetran bien porque, entre otras cosas, son prorrusos , que en la práctica significa ser pro Putin: el opositor ruso y ajedrecista Kaspárov sí que es prorruso, porque quiere una Rusia no totalitaria, y cualquier día el Kremlin le unta el sushi de polonio.

Lo más cómico de este cabaret de rímel corrido es que Putin inició la invasión de Ucrania para “desnazificarla” mientras su mayor aliado en Alemania, la AfD, tiene como objetivo –además de retirar todas las ayudas a Kyiv– que los alemanes dejen de sentirse responsables por lo que hizo el Tercer Reich. Al fin y al cabo, para la líder del partido, “Hitler era comunista”. Solo les falta decir que los nazis fueron una mera cagadita de pájaro en los más de mil años de la brillante historia de Alemania… Ay, calla, que esto es lo que llegó a decir, literalmente, el número dos del partido.

Todo es cuestión de “gustos”. Hasta que Mólotov se convierte en cóctel.