Lo siento por la relación que tengo con algunos amigos catalanes, muy queridos, pero observo cierto achique de espacios de complicidad entre nuestras dos sociedades, la valenciana y la catalana. En una parte de la sociedad catalana (¿especialmente los más jóvenes?) se va abriendo cierta “divergencia y desunión”, si me permiten el juego de palabras, a medida que la idea estructural de un sinn-fein (un nosotros-solos) crece al otro lado del riu de la Sénia y con ello la historia pierde sentido explicativo. Lo digo con preocupación y sin ningún afán polémico. Por eso cuando algún episodio de la historia compartida entre valencianos y catalanes aparece, se debería aprovechar para reabrir caminos de diálogo. Hay que asumir que nuestras sociedades tienen trayectorias propias, identidades diversas y sensibilidades plurales, y precisamente por eso, disponer de espacios de encuentro constituye una oportunidad valiosísima. La proximidad histórica, cultural y geopolítica no exige pensar igual, sino reconocer los vínculos que nos han conectado y convertirlos en una base para la cooperación.
El encuentro de los cuatro presidentes de los territorios de la Corona de Aragón en Poblet para celebrar la reunión de su patronato, presidida por el rey Felipe VI, debería leerse como un paso en esta dirección. La presencia institucional abre la posibilidad de dar más visibilidad a esta historia plural. Iniciativas como el Foro de Poblet, lanzada por el presidente Salvador Illa, pueden ayudar a hacer más presente esta diversidad y a incorporarla con naturalidad al relato colectivo, creando una narrativa diferente a la centralista y centralizadora, asentada sobre la prevalencia absoluta de la simbología de la corona castellana.
Esta manera de entender la pluralidad también es aplicable a los grandes proyectos que transforman el territorio. Por lo tanto, de los símbolos a la obra pública. El corredor mediterráneo, por ejemplo, es una infraestructura estratégica para reforzar las conexiones entre nuestras ciudades y territorios, facilitar los intercambios y mejorar la relación con el resto de Europa. Además de su dimensión económica y logística, representa una oportunidad para articular mejor los territorios y avanzar hacia una red de comunicaciones menos dependiente de los esquemas radiales.
En València recordamos este año el 750.º aniversario de la muerte del buen rey Jaime I, el Conquistador, el fundador de la realidad política valenciana. Coincidiendo con el día de la entrada en València, un 9 de octubre del 1238, la Universitat de València ha celebrado el congreso “Jaume I, del passat al present. 750 anys de la mort del monarca”. Esta convención se ha desarrollado bajo la presidencia del prestigioso historiador medievalista Antoni Furió. Creo que la reunión de Poblet se tiene que enmarcar en este contexto de recuperación del legado de Jaime I: no es casual la presencia del presidente valenciano, del PP, Pérez Llorca, el primer presidente de la Generalitat valenciana que, oficialmente, asiste a un acto así, junto con el presidente de la Generalitat catalana.
Poblet es un símbolo. Allá están enterrados los restos de la dinastía de los reyes de Aragón y, desde la Renaixença, ha sido punto de encuentro de poetas, lletraferits y excursionistas provenientes de nuestras tierras, como por ejemplo el encuentro de catalanes, mallorquines y valencianos en Poblet, Santes Creus, Valls y Tarragona en 1882. También forma parte de este hilo de memoria el artículo pionero que Joan Fuster publicó hace ochenta años, en julio de 1956, sobre la persistencia de la figura de Jaime I y su relación con la identidad sociopolítica constitutiva del País Valenciano moderno. Y es significativo que el abad de Poblet, el padre Rafel Barruè Broch, nacido en Vila-real, haya reclamado una ley de protección para este lugar.
Personas, instituciones y generaciones diversas han contribuido, desde perspectivas diferentes, a mantener vivo el valor patrimonial y simbólico del monasterio de Poblet. Esta continuidad demuestra que la memoria histórica puede ser un lugar de reconocimiento mutuo y no de separación. La relación entre nuestras sociedades tiene que continuar trabajando para encontrar una fórmula estable y permanente, asumida en primer lugar por las instituciones, que permita la cooperación y colaboración en temas fundamentales como la gestión ambiental y de emergencias, las infraestructuras, la política exportadora, la logística y los sectores industriales, la cultura y la lengua compartida, la administración del agua, el apoyo al tejido empresarial y la empresa familiar y cooperativa, la preservación de nuestra memoria histórica y de los lugares emblemáticos que la protagonizaron…
La radical reivindicación de aquello que se piensa justo y necesario no tendría que impedir abrir el campo de visión y ser conscientes de la pluralidad de caminos, de contextos y de situaciones que vivimos dentro de una histórica colectiva que nos hermana. La figura de Jaime I –escribió Furió– ha ido variando a lo largo de los siglos. Cada época, cada generación, la ha interpretado a su manera, proyectando sobre el pasado los valores y las ideas del presente. Hoy, a la sombra de Jaime I, la memoria se debe transformar en diálogo y el patrimonio histórico en proyecto de futuro. Si sabemos reconocer aquello que nos une, sin borrar aquello que nos hace diferentes, podremos construir una relación más próxima entre todos nosotros construida sobre el respeto y el bien común.
LA VANGUARDIA








