No es la lengua, lo que odian. Es Cataluña

El pasado 6 de junio, el Palacio de Pedralbes de Barcelona fue el escenario de lo que, hace unos años, los amantes del cine llamábamos “una españolada”. El término se refería a aquellas películas bastante primitivas, tanto de concepción como de realización, que provocaban vergüenza ajena de tan troglodíticas que eran. Los directores Mariano Ozores y Pedro Lazaga, por ejemplo, generaban productos infectos plenos de personajes tan esperpénticos como los que hemos visto en la españolada de “presidentes”, con Isabel Ayuso y Carlos Mazón a la cabeza. Uno de los rasgos más significativos de aquellas españoladas es que constituían una olla de grillos, con personajes vacíos que iban arriba y abajo diciendo sandeces enfrascados con trifulcas sin ningún valor intelectual. Era la época de las sesiones dobles en las que, a pesar de ser un niño, ansiabas para que finalmente empezara la “buena”, la película de Ford, Mann, Chabrol, Ray, Hawks, Wilder, Clouzot, Renoir… , es decir, de todos aquellos que te hacían amar el cine.

El pretexto de la españolada de “presidentes” era llevar a cabo un “debate autonómico”. Pero sabemos bien que el objetivo real era otro, ya que una olla de grillos nunca puede ser un debate. El objetivo real de esta fase del plan de españolización de Cataluña, diseñado por Salvador Illa y el PSOE (con el apoyo de ERC), consistía en humillar a nuestro país tratándole, no como lo que es, una nación de Europa, sino como una simple Comunidad Autónoma cuyo único rasgo diferencial es el pan con tomate y el fricandó que sumisa y amansada sirvió a los convidados.

Que nadie tenga duda alguna de que Salvador Illa, en materia de lengua catalana, piensa exactamente lo mismo que Isabel Ayuso. Recordemos que ha participado en manifestaciones de ultraderecha en contra de la lengua y la nación catalanas y que su partido se ha alineado con Vox y PP contra la petición de que el catalán sea lengua vehicular en la escuela y lengua de uso en la acogida del alumnado recién llegado. Recordemos también sus intervenciones en español en el Parlament de Catalunya junto a Ciudadanos. ¿Cómo se entiende, pues, que Salvador Illa, con esta ideología de camisa azul, hablara en catalán el 6 de junio? Se entiende por dos razones: la primera, porque ahora es president de la Generalitat y debe reprimir al ‘hooligan’ nacionalista español que lleva dentro; la segunda, porque diferenciándose de Ayuso se disfrazaba de catalán del “reencuentro”. En realidad, tanto él como el PSOE estaban encantadísimos del comportamiento de la presidenta de Madrid, abandonando la sala nada más oír hablar catalán. Y es que si quieres hacerte pasar por bueno, ponte junto a alguien que sea peor que tú.

Pero no dejemos que la esperpéntica Ayuso desenfoque el significado de la españolada. Carlos Mazón, presidente valenciano, acusó a Cataluña de “imponer la orejera”, y Jorge Azcón, presidente aragonés, indignado por el hecho de que el representante de Cataluña hablara en catalán, nos acusaba de “dividir en vez de unir”. De hecho, esa opinión era compartida por todos los representantes del PP. El PP sabe que siempre será un partido residual en Cataluña y no necesita guardar las apariencias y tragarse algún sapo como hace el PSOE obligado por Junts. Todo ello ha sido una iniciativa españolizadora con la única finalidad de uniformizar y degradar Cataluña. Un “escarnio”, como dice la ANC. La prueba es que no ha servido de nada. El mismo resultado podía haberse obtenido sin su celebración, lo que supone una escandalosa malversación de caudales públicos. Lo que queda, por tanto, es el rechazo visceral a la lengua catalana. Convendría que no lo banalizáramos por el hecho de que se trate de un rechazo de sobra conocido.

Lo ocurrido el 6 de junio fue una expresión de odio. Pero no de odio a la lengua catalana, por más que pueda parecerlo, fue una expresión de odio a Cataluña. Odio visceral, que responde a un sentimiento profundo de una parte muy importante de la población del Estado español. El rechazo mayoritario en las encuestas españolas sobre la posibilidad de que el catalán sea lengua oficial en el Parlamento Europeo, la persecución, marginación y descuartizamiento del catalán en el País Valenciano, en las Islas y en los lugares de Aragón que lo hablan, el rechazo del Estado español a reconocerlo en su Constitución –que ni siquiera la menciona–, la imposición de la lengua española en los procesos judiciales, la no obligación de saber catalán de los funcionarios del Estado que ejercen en Cataluña, las agresiones lingüísticas de las que son víctimas los catalanes en su país por parte de establecimientos, empresas, instituciones y cuerpos policiales son muestras de racismo, racismo ancestral por razón de origen. Cataluña es tratada como una colonia, y, como tal, recibe un trato colonial: se le impone la lengua del colonizador, se le rebaja la lengua propia a la categoría de “lengua regional”, se le expolia económica y patrimonialmente, se le explota en todos los órdenes de la vida –producción, ciencia, cultura, arte, deporte… –, y se hace pasar por española toda obra que produce así como la nacionalidad de sus autores.

No, no es la lengua, lo que odian. La lengua es sólo su pretexto. Lo que de verdad odian es Cataluña. Ninguna lengua es odiada por sí misma, toda escenificación que se haga en contra de su uso es en realidad odio al pueblo que la habla. Saben que toda lengua es el alma de un pueblo y que exterminándola –hacerla inútil es una forma de exterminarla– exterminan al pueblo. Después, una vez logrado el éxito del proceso de sustitución de la lengua propia por la lengua impuesta, el colonizador ya podrá decir que aquel pueblo nunca existió. La lengua, en el caso catalán, es sólo una pantalla del odio a Cataluña. Odian todo lo que somos, todo lo que representamos, todo lo que nos define. Odian nuestra lengua, porque nos odian a nosotros. Odiarían al suajili, si fuera nuestro. Es necesario defender la lengua, porque defender la lengua es defender Cataluña. Defender la lengua es defender nuestra existencia.

EL MÓN