La producción bibliográfica de Joan Fuster se centra mayoritariamente en la idea de país. Pero, ¿de qué país hablamos cuando hablamos de Fuster? ¿Hablamos de país o hablamos de países? Hablamos, sobre todo, de identidad. Es innegable que el escritor de Sueca ha sido el arquitecto contemporáneo de los Països Catalans, señala Maria Conca, “al formular los límites de la nación completa y ofrecernos una solución de futuro”. Fuster ha hecho “pensables” los Països Catalans, que es el paso previo, nos dice Antoni Furió, a hacerlos posibles. De hecho, Pau Viciano destaca que seguramente por la amenaza de la censura, en ‘Nosotros, los valencianos’, no encontramos una afirmación de que los Països Catalans fueran una nación, al menos en el sentido político de hoy. Fuster los define como una “comunidad suprarregional” (“los Països Catalans, en tanto que comunidad suprarregional donde debe realizarse su plenitud de pueblo”), como “un pequeño pedazo de humanidad que habla una misma lengua” o dice, sencillamente, “un solo pueblo”. Esta idea nacional catalana de Fuster es la misma que la de otros valencianistas de los años treinta, pero él en los sesenta la reanuda y la plantea de forma más vigorosa: Països Catalans, y la plantea no de una manera retórica y sentimental como había sido antes de la guerra, sino como un programa de acción práctico en el terreno cultural, que era el único en el que se podían reforzar los vínculos entre el País Valenciano, Cataluña y Baleares y que no cerraba ninguna posibilidad de futuro.
Cuando Antoni Furió nos hace notar que el hecho de que Fuster nos los hiciera pensables, los Països Catalans, desde el ámbito cultural como paso previo a hacerlos posibles desde el ámbito político, es porque el cultural es el espacio de una toma de conciencia previa, sin la cual no se podría construir, en el futuro, ninguna alternativa política. “Explicar como una invitación a transformar”, dice Marx. El hecho de que Fuster considerase la lengua el ingrediente colectivo básico no debe hacernos juzgar de esencialismo esta vinculación entre lengua y nación, porque esta vinculación no es un hecho psicológico individual, sino histórico y colectivo. Él dice que no es la lengua catalana en sí misma lo que crea identidad, sino la experiencia histórica de su uso y de los conflictos y solidaridades que ha generado. En ‘Nosotros, los valencianos’, dice : “Los Països Catalans no son sólo un pedazo de humanidad que habla una misma lengua. Son esto, evidentemente, pero el hecho de hablar una lengua, la misma, es el resultado de una unidad anterior y origen de nuevos lazos de unidad”, y éste es un punto de vista historicista, porque dice Pierre Vilar en 1965, texto reproducido en “L’Espill”, que “todo es acción recíproca, interacción: la lengua hace la patria. La patria hace la lengua”.
“A nosotros, nos hace la lengua y la cultura en que se expresa”, resaltaba Fuster. La economía, la historia y el derecho son elementos constitutivos que avalan nuestra razón de ser. Sirviéndose del género literario más libre que existe, tal y como lo definió Jean Starobinski, el ensayo, Fuster, con todo su conjunto de obra y su actitud vital nos libera de la “intoxicadora tradición historiográfica con la que la España intelectual y política cuenta su historia nacional incluyéndonos”, por eso los escritos más políticos del escritor de Sueca no son complacientes para todos. Sacude conciencias para superar el estado de postración colectiva de un pueblo subordinado. Sin esa intención política cuesta entender la interpretación de pasado y de presente.
La suya es una mirada sublevada ante una situación de subordinación política que juzga inaceptable. “Aquí entre nosotros –dice–, sólo es nacional lo que abarca todos los Països Catalans y sólo hay una solución clara: o Països Catalans o regionalismo en el mal sentido de la palabra”. Es innegable que hay un antes y un después de Fuster respecto a nuestra conciencia nacional, conciencia que hemos asentado leyéndolo, porque escribir fue su oficio. “Soy nacionalista -dice-, en la medida en que me obligan a serlo, porque, bien mirado, nadie es nacionalista sino frente a otro nacionalista, en beligerancia sorda o corrosiva, para evitar sencillamente el oprobio o la sumisión”. “O nos recobramos en nuestra unidad o seremos destruidos como pueblo”.
EL PUNT-AVUI










