La miseria política de los catalanes se explica a menudo por la falta de poder y por tener en contra el poder absoluto del Estado. Pero algunos momentos de la historia demuestran la fragilidad de esa opinión. El primero de octubre de 2017 el poder cambió de bando. En aquella jornada el Estado quedó impotente, reducido a la fuerza bruta sin justificación ni control. Desde la fundación del régimen del 78, nunca el Estado se había visto tan precario, y no me olvido del 23-F. No porque el referéndum fuera un golpe de estado, como argumentan sin la más mínima coherencia semántica los escolásticos de la represión, sino porque de repente el Estado quedó desvestido de la ficción del contrato social.
De esa desnudez, que hundía el castillo de naipes de la democracia española, salió el desastre represivo. Los organismos estatales, sin excepción, se abocaron a vulnerar la ley y el sentido común a fin de resarcir a la autoridad herida. ¿Recuerdan ‘España Global’, el aparato de propaganda concebido por el ministro de Asuntos Exteriores Josep Borrell con el objetivo de rehabilitar la imagen del Estado? La desesperación es mala consejera y, entre otras majaderías, el equipo de Irene Lozano intentó convencer a los estadounidenses de que a ambos países les une ‘Thanksgiving’ (‘Acción de Gracias’), una tradición que, de acuerdo con la señora Lozano, inventaron los españoles. Sólo les faltaba decir que Estados Unidos debe a España su fiesta nacional. Con esta idea de la diplomacia, el Estado ponía de manifiesto su desesperación para superar la crisis de empatía que había originado con las cargas policiales y el juicio-farsa de los hechos del Primero de Octubre.
Aquellos hechos exponían la relación inversa entre fuerza y poder. Para entenderlo mejor, vale la pena recordar la distinción que hacía Hannah Arendt cuando advertía que el poder no es ninguna entidad positiva y estable, como lo es la fuerza, que se puede medir en todo momento. Si la fuerza es un atributo físico –de una persona, de un mecanismo o, en sentido translaticio, de una institución–, el poder es implícito, un potencial –valga la redundancia– que se materializa cuando las personas actúan unidas y se desvanece en cuanto se dispersan. Por razón de esta contingencia, el cometido de la policía en las manifestaciones es dispersarlas para impedir que la concentración se convierta en un poder. Si el Primero de Octubre el poder se manifestaba en el voto, ¿qué tiene de extraño que la misión de los policías fuera apoderarse de las urnas?
En este punto Arendt es concluyente. La revuelta popular contra un gobierno que se apoya en la fuerza física puede generar un poder prácticamente irresistible, incluso si renuncia a utilizar la violencia. A su juicio, ésta es una de las formas de acción más efectivas, pues la revuelta pacífica no puede contrarrestarse con el combate físico, que acabaría en victoria o derrota. Sólo puede dominarse con una matanza con la que incluso el vencedor saldría perdiendo, ya que no se puede gobernar sobre cadáveres.
Con fecha 2 de septiembre de 2008, nueve años antes del referéndum, pues, publiqué en el diario ‘Avui’ un artículo titulado “Esperando los tanques”. Se multiplicarán los crímenes de opinión, se ilegalizarán partidos y se cerrarán diarios, se boicoteará todo lo catalán y, en un acto de desesperación, se podría conculcar el autogobierno. Pero todo esto, si nos encuentra lúcidos, acabará sumando a favor de la independencia. Todavía pienso que si los tanques hubieran atravesado la raya de Aragón y causado muertes en Cataluña el conflicto se habría desmostrado de forma menos feliz para España. Franco pudo gobernar sobre cadáveres con la coartada de una guerra contra las fuerzas de la descomposición, que los aliados estratégicamente le consintieron. Sin embargo, el precio que España pagó por aquella victoria fue altísimo, y en cierto modo todavía lo paga. Pero después de 2017, sin la coartada de una guerra, gobernar sobre cadáveres habría sido mucho más costoso. En aquel artículo también arriesgaba la opinión de que “Europa es como santo Tomás: debe tocar para creer. No hay que esperar mucho, pero tampoco tolerará una descomposición de la democracia en su interior”. Hoy la democracia europea es más lábil de lo que era hace diecisiete años y los cambios acaecidos nos recuerdan que, si bien las ideas trascienden el tiempo y el espacio, la aplicación es siempre circunstancial. Lo que ayer parecía posible y hoy improbable mañana puede convertirse en inverosímil.
Al día siguiente de la proclamación de independencia el 27 de octubre de 2017, el poder acumulado durante los años del proceso y destilado en los colegios electorales en una acción verdaderamente política en tanto que expresión libre de la ciudadanía se fundió ante la opinión mundial, que había sido invitada como testigo de un acontecimiento histórico. Desde aquella jornada, el ridículo no ha dejado de aumentar y, al mismo tiempo, el desprestigio de la causa catalana. No sólo no se vislumbra ningún intento serio de reconducir el proceso, sino que la disolución de la nación ya es una eventualidad a la que muchos catalanes se han conformado. Mejor dicho, contribuyen abandonando el propósito comunitario a la persecución de proyectos personales o se resignan, narcotizados con la falsa moral de la corrección política, para no sufrir la agonía de la extinción.
Arendt lo explica muy bien cuando escribe que lo que socava y finalmente mata las comunidades políticas es la pérdida de poder. El poder no se ahorra; no se puede almacenar y guardar para una emergencia. Como el disfrute y el coraje, sólo existe cuando se actualiza, y se disipa y desaparece cuando no está presente. La historia, dice Arendt, está llena de ejemplos de que la riqueza material, por sí sola, no puede compensar la pérdida del poder. Merece la pena leer ‘Vanished Kingdoms’, del historiador británico Norman Davies, para hacerse cargo de la fragilidad de las naciones. Especialmente relevante para los lectores de este diario es el capítulo sobre la desaparición del reino de Aragón, una entidad política en otro tiempo poderosa que pudo convertirse en el Estado catalán moderno.
Una Cataluña rica y plena basada en el “concierto fiscal” que promueve ERC y los diez millones de habitantes que prevé el PSC no es impensable, pero si llega será definitivamente impotente. “El poder –continúa Arendt– sólo se actualiza allí donde la palabra y el hecho no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no sirven para disimular las intenciones sino para revelar realidades, y los hechos no se emplean para violentar y destruir sino para establecer relaciones y crear nuevas realidades.
Nada más contrario a los acontecimientos ocurridos desde 2017. Si antes la credibilidad de las palabras la testimoniaba el poder acumulado por millones de ciudadanos movilizados, después de esa fecha las palabras han ido por un lado y los hechos por otro. Las consignas se han convertido en declaraciones vacías, a menudo en competencia con la brutalidad de los hechos. Y los hechos, tanto o más que los discursos, han violentado la cohesión y destruido las relaciones entre personas que habían probado el poder derivado de relegar las discordias ideológicas para construir un verdadero espacio público. La sacudida que ha venido después prueba que a menudo las catástrofes no nacen exclusivamente de causas externas, sino que los infortunios aleatorios encuentran condiciones idóneas en el interior de una sociedad, pues la división y la disgregación de la voluntad invitan al desastre.
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