En las democracias europeas y norteamericanas, la globalización económica está bajo sospecha hoy en día. En Estados Unidos, Trump ha transformado el Partido Republicano, históricamente el gran defensor del libre comercio, en un partido proteccionista y antiinmigración. En Gran Bretaña, los partidarios de abandonar la UE se están acercando a la mayoría en las encuestas previas al referéndum del 23 de junio. Marine Le Pen promete restablecer la ‘grandeur’ de Francia. En el centro de Europa, los gobiernos polaco y húngaro han comenzado a hacer un giro hacia políticas estatistas y nacionalistas. En Austria, Escandinavia y, con más moderación, en Alemania (aunque afectada por la sombra del Holocausto), los partidos de extrema derecha han pasado a tener un papel determinante en el discurso político. En el sur de Europa, Syriza y Podemos cuestionan el euro y el sistema de integración y estabilidad presupuestaria diseñado desde Bruselas.
Detrás de esta explosión populista hay un dato clave. En países tan diversos como Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia el ingreso promedio (la del individuo situado en medio de la distribución de la renta) no ha crecido en términos reales (es decir, una vez ajustado por el cambio de precios) en las tres últimas décadas. En España, una vez desaparecida la burbuja inmobiliaria que había inflado la economía artificialmente, la evolución de los salarios ha sido incluso peor: con caídas de un 20 por ciento entre las rentas más bajas desde el comienzo de la crisis. Quizás Donald Trump ha sido uno de los políticos que ha hecho más explícita esta relación entre estancamiento económico y globalización. En una entrevista a ‘Bloomberg News’, aseguraba que su objetivo era construir el partido de todos los que no habían experimentado un incremento salarial en los últimos veinte años.
Las razones del estancamiento (y, en algunos casos, caída) de los salarios son complejas. El elemento más decisivo a la hora de determinar la evolución de los salarios, la tasa de crecimiento de productividad de la economía, se ralentizó a partir de la década de los ochenta. La revolución informática que comenzó IBM y aceleró Apple ha acabado por automatizar una parte importante de los trabajos más rutinarios en los sectores industrial y de servicios. Ahora bien, la última investigación en marcha parece mostrar que la globalización ha contribuido de manera importante a erosionar la posición y los salarios de las clases medias y bajas en Europa y Norteamérica. Por un lado, la competencia industrial de las economías emergentes (sobre todo de China) ha noqueado los sectores de menor valor añadido (textiles, muebles, juguetes, etc.). Por otro, la inmigración de mano de obra barata ha contenido los salarios de los trabajos menos cualificados.
En ‘Global inequality’, publicado este año por Harvard University Press, el economista Branko Milanovic ha estimado la evolución en la renta individual real (ajustada por el cambio de precios) entre 1988 y 2008 para toda la distribución de ingresos del mundo. Confirmando la realidad de salarios estancados a la que hacía referencia antes, los ingresos de los individuos en el percentil 80 de la distribución de la renta mundial (es decir, aquellos individuos con rentas justo por encima del 80 por ciento más pobre) experimentaron un crecimiento cero durante esas dos décadas. Y la renta de los individuos en el percentil 90 sólo creció un 5 por ciento. Esta parte de la distribución mundial se corresponde a las clases bajas y medias del mundo avanzado.
Ahora bien, los datos de Milanovic también demuestran que la globalización ha tenido efectos estrictamente positivos para la mayoría de la humanidad -la que vive fuera de Europa y estadounidense-. Durante las dos décadas que precedieron a la crisis financiera, el 10 por ciento más pobre de la población mundial (es decir, unos 700 millones de personas, la mayoría en África subsahariana) experimentó un incremento de casi el 25 por ciento de su renta.
Ese aumento se aceleró entre los estratos intermedios de la población mundial. Por ejemplo, la renta de los individuos situados en el percentil 30 de la distribución mundial aumentó un 50 por ciento. La renta media en el mundo (es decir, la renta del individuo en medio de la distribución mundial) aumentó un 70 por ciento en aquellas dos décadas. Nueve de cada diez personas en la parte media de la distribución mundial de la renta viven en Asia, y sobre todo en China, Tailandia, Vietnam, India e Indonesia.
El estancamiento de las rentas europeas y americanas y el crecimiento del resto del mundo explican por qué mientras que en 1988 la renta per cápita del 20 por ciento más pobre de los Estados Unidos era 6,5 veces la renta media de las ciudades de China, veinte años después la diferencia se había reducido a un 30 por ciento. O, en otras palabras, la ansiedad de Europa y Estados Unidos no es más que la otra cara de la moneda del progreso, que no se puede más que aplaudir, del resto del mundo.
ARA








