Europa, diversidad, migraciones y culturas, y 3

He de aclarar que las reflexiones de estos tres artículos proceden de un debate (‘Cultural Diversity and the Construction of Europe’) organizado hace pocos años en Barcelona por la Fundación Bofill, donde me tocó discutir las ponencias de dos autores de renombre internacional, Ralph Grillo y Jef Verhueren. Raramente, en esta materia, me he encontrado en desacuerdo tan profundo con autoridades de tal nivel. Tuve que insistir, por ejemplo, en que me parecía analítica y metodológicamente difícil de sostener la asociación entre “raza” y “cultura” como conceptos que pueden recibir el mismo tratamiento. Y que, por tanto, es una falacia afirmar que al igual que no hay “clearly separable races”, no hay tampoco “clearly separable cultures”: no sé en qué sentido habría que entender aquí los conceptos de “claridad”, “separación” y sobre todo “cultura”.

¿Y deberíamos concluir que todas las culturas son confusamente inseparables, además de ser aéreas, flotantes y extraterritoriales? ¿No hay, por ejemplo, una cultura turca en Turquía que podamos distinguir claramente de la cultura flamenca en Flandes? ¿O quizás no existe ninguna cultura, y por lo tanto no hace falta que ni que hablemos de ello? Pero entonces tampoco podremos hablar de países, naciones, pueblos, etc.: no podremos hablar de nada, porque no existe nada fuera de los individuos singulares, que es donde iban a parar los dos autores. Una idea que, si la aplicamos con un mínimo de rigor, nos llevaría inevitablemente a conclusiones estúpidas y absurdas. Tampoco me parecía sostenible la disociación radical entre territorio y cultura, como si los procesos de formación de lo que llamamos culturas (que también son productos sociales: no “naturales” ni eternos, evidentemente) no fueran obra de sociedades establecidas históricamente en territorios concretos. Territorios que, por otra parte, pueden adquirir unos valores simbólicos añadidos: pero el orden simbólico es precisamente el propio de la construcción cultural. Y como esto es real, el resultado es que esta Europa nuestra -en construcción, en parálisis o en crisis- es una Europa de los Estados que se siguen definiendo básicamente como Estados-nación, los cuales preservan celosamente la propia identidad como ámbitos de referencia sustancial (¡y a menudo muy “esencialista”!) de las identidades culturales. Esto es así, pero junto a los esfuerzos de los Estados por homogeneizar las propias sociedades (modelo francés y derivados…), existe también la realidad de grados y formas variables de diversidad dentro de los Estados históricos de Europa: las diferencias nacionales (nunca reconocidas como en España, reconocidas a partir de mediados del siglo XIX como en el Imperio austro-húngaro), lingüísticas, o religiosas, son también parte de la experiencia europea.

No todos los Estados europeos han tenido la homogeneidad como modelo efectivamente aplicado o efectivamente exitoso. O, cuando lo tenían, tuvieron que aceptar un cierto grado de tolerancia incluso institucional: la diferencia -lingüística, religiosa, etc., y en última instancia cultural- no siempre pudo ser anulada o destruida, y por tanto de una manera o de otra había que hacerla encajar en el modelo, aunque sólo fuera en términos de “regionalismo”, folklore, cultura tradicional, etc. Y en todo caso, cuando nos preguntábamos “¿qué clase de homogeneidad está en la base del modelo europeo?”, lo que pretendíamos era constatar la existencia o no de este modelo -o modelos-, y tal vez los diversos enfoques, históricos o “doctrinales”, de la misma idea de homogeneidad. Porque sin comprender y analizar el significado de esta idea, y de qué manera ha sido pensada, institucionalizada y aplicada (con “éxito” o sin él) en la historia reciente de Europa, difícilmente podremos entender las posibilidades reales de la diversidad en la historia presente y futura. Es cierto que, como recordaba Grillo, durante los últimos dos siglos “las naciones-Estado de Europa se han basado en nociones de esencialismo cultural y en políticas de nacionalización y asimilación” hasta el punto de “considerar la pertenencia cultural como un acompañamiento necesario de la integración política”. Son estos mismos Estados los primeros responsables de la confusión, y por lo tanto deberían ser los primeros en dar institucionalmente ejemplo en sentido contrario. Que es exactamente lo que no hacen. En Francia, modelo en esta historia, la simple posibilidad de reconocer la existencia de un “pueblo corso”, o la enseñanza regular en catalán, corso o bretón en la escuela pública, se consideran, ahora mismo, hechos incompatibles con la sustancia misma del Estado. Dicho de otro modo, la ‘égalité’ política de los ciudadanos debe ser sinónimo de ‘identité’ cultural. Es también el ideal español, y no parece que esto vaya a cambiar en un futuro próximo. Con los resultados visibles que ustedes ya conocen y sufren.

EL TEMPS