Recordar, para continuar, que los grandes movimientos migratorios intraeuropeos de sur a norte, masivos durante el tercer cuarto del siglo XX, empiezan a ser extensamente complementados -y en algunos casos sustituidos- por movimientos de este a oeste, no solamente del este de Europa sino sobre todo del “Oriente” asiático y norteafricano, es decir, de los países musulmanes: migraciones de volumen y de impacto creciente, y no sé si las poblaciones europeas están preparadas para aceptar, entender y asumir esta nueva fuente de ‘diversidad’. Es decir, preparadas para asumir unas formas de heterogeneidad interna mucho más radicales y profundas que las anteriores, y que no corresponden a la propia experiencia histórica: pensemos, por poner un ejemplo demasiado conocido, en el barrio de Molenbeek, en Bruselas, ya casi rigurosamente ‘extraño’ dentro del cuerpo de la ciudad. La historia reciente de Europa, en cualquier caso, incluye extensamente la experiencia de la diversidad y del cambio: no es una historia de rechazo y de cierre, de sociedades estáticas y bloqueadas, sino de muy importantes movimientos internos de población, y de muy extensos procesos de contacto entre migrantes y “sociedades receptoras” de lenguas, modelos y códigos culturales diferentes. Los resultados de esta historia han sido procesos diversos de asimilación en una primera etapa, y de integración más o menos exitosa en la segunda: hay que tener siempre presente la distinción entre ambos conceptos y las dos situaciones que expresan o implican, con todas las aplicaciones “políticas” de esta distinción. El problema es si en los años más recientes -digamos que a partir de los setenta o los ochenta del siglo pasado, y sobre todo a partir de ahora mismo, estos procesos históricos son repetibles o si es previsible que puedan aún prolongarse en el tiempo. La respuesta es que probablemente no, o al menos no con los resultados que los procesos de asimilación habían tenido hasta mediados del siglo XX o poco más. El resultado, antes, era la renovación permanente de la sociedad receptora como sociedad básicamente homogénea: un poco alterada o ampliada, pero con los nuevos elementos integrados como parte de un todo único que quizás se había hecho así más complejo y más rico. El resultado, ahora, y con toda probabilidad en el futuro, ya no podrá ser el mismo, previsión perfectamente realista, como mínimo, prescindiendo de consideraciones éticas o ideológicas que ciertamente comparten muchos lectores.
Ahora bien, el hecho de que la homogeneidad digamos tradicional o histórica no sea ya reproducible en los mismos términos, no significa que esta idea, realidad o percepción -en este terreno la realidad vale tal como es vista o pensada- fuera una especie de prejuicio malévolo propio de la gente de las sociedades europeas: el compartir idealmente un mismo modelo cultural, código, sistema, etc. (en el sentido extenso y antropológico del concepto, que va desde la ley hasta la estética) es una realidad prácticamente universal, no una simple pretensión reaccionaria de algunas sociedades europeas o de sus sectores más conservadores. Seamos serios, por favor, y seamos serios con los usos y los sentidos del concepto de cultura. No caigamos en la trampa que a veces parece que nos prepara malignamente el pensamiento de la extrema derecha (no estoy tan seguro: si la extrema derecha pensara racionalmente, ya no sería extrema derecha, o quizás sí: quizás somos demasiado optimistas sobre los usos de la razón humana). No me parece muy inteligente imaginar que, como que “ellos”, los “conservadores”, pretenden usar con fines perversos el concepto de cultura, “nosotros”, les destruiremos el argumento afirmando que la cultura no existe! No es un invento mío, es una afirmación muy real entre algunos supuestos expertos muy “progresistas”. Pero el método es muy peligroso, además de ser injustificable: también términos y conceptos como democracia, libertad, nación, socialismo o clase obrera han sido empleados de manera funesta, ¡y no por eso hemos de suprimirlos como conceptos por ellos mismos inútiles o perversos! Parece, sin embargo, que dentro del extenso campo de las ciencias sociales, hace tiempo que es moda afirmar que las culturas no existen en ningún sentido sustancial: afirmación arriesgada, que se puede extender a pensar que ninguna realidad social -cultura, país, nación, clase, o incluso “sociedad”- tampoco existe en algún sentido sólido y por completo real. Pero no hay que buscar en el “esencialismo” un enemigo demasiado fácil, porque es un enemigo inexistente, al menos en el terreno de las ideas serias (en el terreno de las ideologías políticas, sería tal vez otra cosa: la extrema derecha no tiene ideas serias, pero sí una ideología que hay que tomar muy en serio). Continuará.
EL TEMPS








