Hará un mes, un conocido de Madrid con quien coincido en verano en Mallorca me preguntó si pensaba ir a la isla en Semana Santa. Le dije que no, que pensaba visitar Montenegro, y me preguntó: “¿Para aprender?”. Me fue imposible contener la risa. Obviamente, el hombre lo decía en broma, pero se delató. Nunca habría imaginado que estuviera tan preocupado por la cuestión catalana, ni que sería de los que piensan que si un catalán viaja a Montenegro ha de ser a la fuerza para tratar de descubrir cómo consiguió alcanzar la independencia y ver de cerca cómo le va desde entonces.
Después, sin embargo, pensé que en realidad no le faltaba razón. Sí, yo me proponía pasar unos cuantos días en Montenegro para aprender, pero no –o no únicamente– para aprender lo que él pensaba. ¿No viajamos siempre para ver cosas nuevas que nos enseñen a ver con otros ojos lo que nos rodea habitualmente, para sacudirnos las telarañas mentales y aprender de las experiencias de los demás?
Durante un periodo de mi carrera profesional como diplomático, dediqué muchas horas a la antigua Yugoslavia. Era la época de la guerra y todas las cancillerías europeas estaban muy atentas a lo que allí sucedía. Pero aparte de un par de visitas muy cortas a Liubliana y Zagreb, justo después de la independencia, no conocía la zona, y uno de los propósitos del viaje a Montenegro, además de conocer algunos de los rincones más sorprendentes de Europa, era ver cómo se había recuperado de la guerra.
La República de Montenegro –un país que realmente existe, como decía de Costa Rica Josep Carner– es una especie de Suiza del Adriático formada por un laberinto de montañas, valles, bosques, lagos y una boca de mar muy profunda en la que el mar, nuestro Mediterráneo, parece un enorme lago de los Alpes. Es un país muy pequeño –poco más de una tercera parte de Catalunya– y se puede visitar de punta a punta en tres o cuatro días. Yo no sabía prácticamente nada de él. Ni siquiera que una de las últimas películas de James Bond –filmada en realidad en la República Checa y el Caribe– se supone que lo puso en el mapa (para decirlo en inglés).
Sabía, eso sí, que se independizó de Serbia no hace mucho –en el año 2006, concretamente– y que utiliza el euro, pero no que antes había adoptado como moneda oficial el marco alemán y que cambió al euro al mismo tiempo que Alemania. Sospechaba que tenía una población pequeña, pero no que no llegaba al millón de habitantes.
Había oído que tenía parajes de una gran belleza, pero no me imaginaba que encontraría lugares como el parque nacional de Durmitor, con sus dieciocho lagos y con el vertiginoso cañón del río Tara, ni unas carreteras –las únicas que conozco en Europa– con unas vistas de un dramatismo comparable al de algunas de los Andes, como la llamada “carretera de la muerte”, de La Paz a Yungas. Y, sobre todo, no me imaginaba de ninguna manera que encontraría una bahía como la de Kotor, una especie de fiordo o ría con kilómetros y kilómetros de costa sin estropear, libre de los desastres urbanísticos que en tantos lugares adornan las orillas del Mediterráneo. Ignoro si el comunismo tuvo otras virtudes, pero no creo que se le pueda negar la de preservar los países donde imperó de la codicia de los especuladores. No quiero ni pensar las barbaridades que habríamos hecho si Kotor hubiera estado en España.
Sí, fui a mirar y aprender. Y de buen grado me habría quedado un par de semanas a seguir mirando y aprendiendo, porque el lugar vale la pena, la gente es simpática y los precios bastante asequibles. Pero en lo que se refiere a las cuestiones que preocupan a aquel conocido mío de Madrid, la respuesta es bien sencilla. No hacía falta ni siquiera ir. El país es viable. Es un país muy pequeño, pero con los recursos turísticos que tiene y con la influencia benefactora de la Unión Europea, de la que está destinado a ser miembro en breve, saldrá adelante seguro. No sé si será un país muy rico –ahora no lo es–, pero atrae inversión extranjera y está creciendo a un buen ritmo. Tiene problemas de corrupción y hay opiniones para todos los gustos sobre la independencia, cosa que no puede sorprender a nadie porque va asociada a los traumas de la guerra, que continúan presentes, pero en términos generales la gente parece contenta con el proceso de democratización y de aproximación a Europa.
¿Ofrece alguna lección para Catalunya? No lo creo. Dejando de lado las enormes diferencias de tamaño, de peso económico y cultural y de nivel de vida, Montenegro formaba parte de un Estado creado hace menos de un siglo sobre las ruinas de los imperios otomano y austro-húngaro, un Estado que sufrió una guerra civil terrible durante la Segunda Guerra Mundial, una dictadura comunista durante más de cuarenta años y otra guerra civil muy cruenta tras la caída del muro de Berlín, a resultas de la cual se desintegró. Nada que ver con Catalunya, pues. Por suerte para nosotros.
LA VANGUARDIA








