El momento es de una verdadera emergencia

Creo que no somos conscientes de hasta qué punto vivimos un momento de emergencia en toda Europa. Durante décadas, desde el final de la segunda guerra mundial, Europa ha trabajado mucho para conseguir crear un espacio de paz, libertad y confort, que fuera un referente mundial y resultara atractivo para nuestros vecinos. No ha sido nada sencillo y el resultado es evidentemente muy imperfecto. Pero mirar lo que está pasando en las últimas semanas y ver a dónde nos puede llevar simplemente asusta. Asusta mucho.

Ayer la extrema derecha obtuvo un resultado extraordinario en las elecciones alemanas. Llamar preocupante es decir su poco. Es un resultado que pone los pelos de punta. Ninguna sociedad ha trabajado tanto como la sociedad alemana, durante años y años, para eliminar la xenofobia, el racismo y la intolerancia. La culpa por lo que ellos mismos hicieron durante el nazismo parecía una vacuna eficaz. Pero todo se ha ido a pique en cuestión de semanas. La canciller Merkel tomó una decisión valiente y digna ante el problema de los refugiados, decidió abrir las fronteras, y lo ha pagado caro. El ascenso de Alternativa por Alemania, propulsado por la repulsa a los refugiados y el racismo, es una noticia pésima y muy preocupante.

Sobre todo porque llega en buena parte debido a que Europa ha dejado sola a Merkel. Alemania ha intentado una aproximación a los refugiados que prácticamente nadie más ha seguido. Y eso le ha hecho daño. Es aterrador observar cómo los países europeos se han desentendido por completo de los refugiados y han intentado evitar su responsabilidad. Es terrible ver como la Unión Europea es incapaz de obligar a los estados a hacer las políticas que deberían. Ante un problema grave, realmente muy grave, simplemente hemos visto deshacerse la solidaridad europea y alzarse muros. Unos muros que son contra los refugiados pero que se vuelven, como se vio ayer en Alemania, muros también contra Europa misma. Schengen está colapsado hoy con seis estados que tienen funcionando unas fronteras que habían desaparecido. Y lo que es peor de todo: la Europa que los padres fundadores quisieron que tuviera una clara voluntad ética de no repetir según qué escenas ha fallado miserablemente. Las imágenes de los campos de refugiados en la frontera macedonia son insoportables para quien tenga una sensibilidad mínima. El acuerdo con Turquía es una vergüenza. Y la violación de los derechos de los refugiados y de la ley internacional sólo se puede calificar de miserable.

Europa, por todo ello, vive un momento de emergencia que no podemos esconder ni un minuto más de tan grave que es. Viene de lejos, es cierto, y no tiene solución fácil si las instituciones europeas continúan haciendo lo que hacen. Este es el resultado de la Europa que ha forzado a la austeridad y la pobreza a medio continente mientras engordaba a los bancos, el de la Europa que no ha sabido establecer mecanismos democráticos de gobernanza de la Unión y ha roto a favor de los estados egoístas el equilibrio institucional, el de la Europa altiva que no escucha ni a sus ciudadanos ni quiere saber nada de las reclamaciones democráticas. Pero esto que estamos viviendo a raíz de la crisis de los refugiados es la peor pesadilla política que podíamos imaginar. Y la tormenta que se intuye en el horizonte, con fronteras cerradas, xenofobia, el ascenso de la extrema derecha, el referéndum británico y la parálisis en Bruselas tiene unas nubes negras, negras, como no las habíamos visto la gente que nacimos después de la guerra.

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