A principios de febrero se celebró el primer cara a cara entre Hillary Clinton y Bernie Sanders. La puesta en escena, desde el inicio de la retransmisión, es tan atractiva, que el contraste con nuestros encorsetados debates es absoluto. Damos pena, vaya. Si aquí el escenario más bien tira a búnker desarrollista, allí se interpelan ante el público en un auditorio elegante de la Universidad de Nuevo Hampshire.
En un momento del debate entre los dos demócratas, contraponiendo modelos, Clinton se colgó una medalla. Explicó que el viejo Henry Kissinger la había alabado, reconociéndole que su Secretaría de Estado, la comandada por Clinton, había sido la mejor desde hacía mucho tiempo. Pero más que una medalla, en realidad, podía ser una mancha, como hace pocos días se escribía en The Guardian. Porque en el debate siguiente, al cabo de una semana, Sanders ya la señaló. Dijo, sin titubear, que Kissinger había sido uno de los secretarios de Estado más destructivos de la historia de su país. Y el auditorio aplaudió. Y continuó con su ataque. “Kissinger no es amigo mío ni le pediré consejo”. Sanders habló de Pol Pot y el horripilante genocidio de millones de personas en Camboya. “El mundo es muy complicado”, replicó Clinton. Se defendió poniendo en valor el gran triunfo de la acción diplomática de Kissinger: el inicio de relaciones entre Estados Unidos y China a principios de los setenta. Pero Sanders volvió a la carga afirmando que, en virtud de los acuerdos económicos suscritos entre las dos grandes potencias, las multinacionales se trasladaban a China y los trabajadores norteamericanos perdían su trabajo. “Not my kind of guy”, concluyó Sanders.
No es una anécdota menor porque este personaje, influyente y siniestro, ha sido medular. Situado entre el blanco y el negro, en el cruce de caminos de la política imperial donde poder y moral se repelen. Considerado por unos el diplomático más destacado de Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX (su papel en la transición española, por lo que nos afecta, está lo bastante estudiado), considerado por otros un criminal de guerra, la reflexión sobre la trayectoria del inteligentísimo Kissinger –cínico (Lluís Bassets), amoral (Charles Powell), miseria moral (Josep Fontana)– no es sólo un desafío complejo para los historiadores de la guerra fría (Tony Judt le dedicó uno breve, durísimo, artículo, contestado por el principal interesado en 1998) sino que además, sobre todo, obliga a reflexionar sobre la naturaleza del poder. Descarnada, pero real. Más vale no pecar por remilgados. A veces, más costoso que un radical del pragmatismo puede serlo uno ingenuo que gaste embelesadas palabras grandilocuentes. Porque el poder, arbitrario y despótico, existe y, si no lo encaras y transaccionas, se te puede imponer dramáticamente, brutalmente.
Nacido en 1923 en Alemania hijo de padres judíos, en 1938 Kissinger se exilió a Estados Unidos con su familia. Combatió durante la Segunda Guerra Mundial y luego entró en Harvard, donde se doctoró con una tesis que tenía la reflexión a partir del Congreso de Viena como elemento central: se trataba de analizar qué orden político se había dado Europa para tratar de garantizar la paz continental tras profundas transformaciones políticas (la Revolución Francesa en primer término) y décadas de guerra (el cambio provocado por Napoleón y el surgimiento posterior de los nacionalismos). Pero no fue nunca un erudito. Pensaba para la acción. Su conocimiento lo puso al servicio de la ciencia de la gobernanza y, desde mediados de los cincuenta, colaboró con think tanks que diseñaban la política internacional de su país. Su libro sobre armas nucleares y política exterior tuvo impacto y pronto se integró en el equipo del todopoderoso Nelson Rockefeller, prohombre del republicanismo y candidato en varias ocasiones a la presidencia. Con él, pero tal vez con quien fuera (y sería con Nixon desde 1969), Kissinger quería mandar. Y lo hizo, sin más escrúpulos que su servicio a la razón de Estado, en función de su saber y con la voluntad de intervenir en el orden mundial que se iba construyendo cuando la Unión Soviética ya había dejado de ser el rival y se tenía que reformular la hegemonía norteamericana. Y aquí apareció China.
La hegemonía es el tema de Kissinger y su sombra siniestra es su precio. Lo retoma en Orden mundial, que incluye un autorretrato velado a través del cardenal Richelieu y en cuya contraportada el editor ha metido un elogio de Hillary Clinton. El punto de partida del libro, ahora, aún es más lejano: la paz de Westfalia (1648). Entiende que allí se diseñó un orden internacional basado en la multiplicidad de poderes más que en la dominación de un único país. Entiende que este es el esquema que debería guiar a los políticos del mañana para controlar el presente convulso. “El misterio que cabe descifrar es uno que comparten todos los pueblos: cómo dar forma a experiencias históricas distintas y valores divergentes en un orden común”.
LA VANGUARDIA







