Diez candidatos republicanos a la presidencia de Estados Unidos para 2016 fueron reunidos por la Fox en el primer debate televisado. Todos hombres. Nueve blancos. Ninguna referencia al cambio climático. Todos mostraron la obligatoria y sagrada preocupación por la vida del no nacido y la indiferencia más darwinista si el mismo individuo, una vez nacido, no lo consigue. Más preocupados por América que los americanos. Con 10 atriles, más que un debate fue un calentamiento donde los candidatos sólo tenían un objetivo: convencer a los donantes y votantes que tienen espesor presidencial. Todos menos Donald Trump.
Porque Trump no necesita donantes. Llegó a Cleveland a bordo de su propio Boeing 757. Pero sobre todo porque hace campaña jugando en la antipolítica, afirmando cosas como “Nuestros políticos son estúpidos” o que México envía inmigrantes ilegales que son un grupo de violadores y camellos. Trump se complace en su papel de multimillonario narcisista, prepotente, machista y maleducado. A Rand Paul, que con audífonos, le espetó: “Me parece que no me ha escuchado”. Y la demagogia, claro. Cuando le reprocharon su agresividad, replicó: “Cuando ves como cortan cabezas de cristianos por el mundo, no tienes tiempo de mirar si tu tono es ‘nice’. Lo siento”. No se preocupen, que no ganará.
Jeb Bush no acaba de arrancar. Está verde, todavía. El momento Irak lo capeó admitiendo que “sabiendo lo que sabemos ahora” la guerra de su hermano fue un error, pero dijo que la culpa de lo que pasa ahora es de Obama, que abandonó Irak y el vacío lo llenó el Estado Islámico. Marco Rubio fue capaz de hablar de Amazon como ejemplo de cómo ha cambiado la economía, y pareció moderno. Ninguno de ellos sonó más listo que Hillary Clinton. Claro que después de ocho años de Obama, y con el paro en el 5,3%, los americanos tal vez querrán uno menos listo pero que prometa bajada de impuestos.







