El misterio del separatismo unionista

“Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus” (hacía tiempo que tenía ganas de empezar un artículo en latín; ya me disculparán). Todo ello quiere decir que, al final, de la rosa no queda gran cosa más que el nombre. El nombre siempre hace la cosa. A veces, incluso, algunas realidades que nos parecen muy rotundas sólo son eso: un nombre, una palabra. Pero las palabras nunca son inocentes. En algunos casos las usamos para señalar hechos inexistentes, y en otros, en cambio, para ocultar lo que tenemos delante de las narices. El periodismo no es ajeno a esta inercia. Un ejemplo nada anecdótico: ¿cómo es que a los unionistas rusos del este de Ucrania algunos medios -especialmente españoles- les llaman “separatistas ucranianos”? Estas personas no se sienten ni se han sentido nunca ucranianas, y su objetivo declarado -público y explícito- es justamente la unificación de ese territorio con su patria originaria, que no es otra que la madre Rusia. Son monolingües rusófonos y en apariencia no tienen el más mínimo vínculo cultural y/o emocional con Ucrania. Como los serbios de Bosnia, su referente tiene un carácter puramente étnico. Esto no supone ninguna rareza en muchos países de la antigua URSS: los rusos que viven en las Repúblicas bálticas, por ejemplo, siguen siendo monolingües rusófonos de religión ortodoxa.

La pregunta parece pertinente, pues: si los rebeldes de Donetsk son, indiscutiblemente, unionistas rusos, ¿por qué en TVE, por ejemplo, les otorgan la absurda e inverosímil denominación de “separatistas ucranianos”? No es casual, todo esto. A los habitantes del Ulster que eran protestantes y se adscribían identitariamente al Reino Unido, no a la República de Irlanda, se les denominaba “unionistas”. Ellos mismos se reconocían con ese nombre, y en absoluto lo consideraban negativo o distorsionador. Nadie les designó nunca con la ridícula etiqueta de “separatistas irlandeses”. ¿Por qué ahora, en cambio, la práctica totalidad de medios españoles han optado por aplicar una denominación tan equívoca en relación al conflicto de Ucrania? Sospecho que la cosa tiene que ver con el hecho de querer connotar negativamente el término separatismo y, en un sentido simétrico, de no querer asociar el término unionismo con el conflicto o la guerra. ¿Unionismo, separatismo? ¿Buenos, malos? Históricamente las responsabilidades están muy bien repartidas. Los procesos de secesión han generado situaciones terribles, pero el unionismo también. Detrás de ambas actitudes, no sólo de la primera, existe exactamente la misma pulsión, que unas veces es nacionalista y otras etnicista. El origen directo de la Segunda Guerra Mundial no está en ninguna actitud separatista o disgregadora, sino justamente en el intento de unir la imaginaria patria común alemana, es decir, tener un proyecto nacional común con los sudetes de Chequia o los alemanes de Danzig.

Los medios que hace unos años, refiriéndose al Ulster, calificaban a los seguidores del reverendo Ian Pasley de “unionistas”, mientras que ahora tachan de “separatistas” los partidarios de la unión con Rusia actúan, a buen seguro, por inercia. Presuponer una especie de sutil conspiración semántica a un determinado tipo de periodismo es presuponer mucho: apenas tienen a menudo para interpretar una gráfica con tantos por ciento. Estoy convencido de que en un caso como éste prevalece algo tan primario como las asociaciones inconscientes en el contexto de una coyuntura histórica concreta. Es decir: unionismo = bueno, separatismo = malo. Esta asociación de conceptos es muy similar, por otra parte, a la tragicómica distinción entre “terroristas”, en unos casos, y “activistas”, en otro. Nada nuevo bajo el sol, ya ven.

La cuestión de fondo, en todo caso, es otra. A fuerza de hablar de los imaginarios “separatistas ucranianos” nos hemos olvidado del inmenso problema que supone a medio plazo el unionismo ruso, que sí es real y tangible y tiene tras de sí el segundo ejército más poderoso del mundo. La URSS sólo fue uno de los varios nombres que tuvo el Imperio Ruso, muy discreto por su continuidad geográfica pero imperio al fin y al cabo. Hace sólo 10 meses Putin cambió la ley para poder conceder la nacionalidad rusa a “aquellos que hablen ruso de manera fluida y que vivan o hayan vivido en la Unión Soviética o en el Imperio Ruso dentro de los límites de la Rusia moderna”. Sólo era un aviso, un discreto primer paso. El siguiente escalón lo estamos viendo estos días en Donestk. El tercero y último es la recomposición de la URSS, pero con otro nombre, evidentemente. Y así, hablando de la importancia del nombre, acabamos donde hemos comenzado.

ARA