España no quiere a Montesquieu. La división de poderes es la base de la democracia liberal, el único modelo que, por ahora, ha demostrado que sirve para defender la libertad de expresión y de información y los demás derechos humanos fundamentales. a España no le gusta nada Montesquieu. Y Cataluña, a veces, tampoco. La promiscuidad entre jueces y políticos es escandalosa y hace peligrar el pacto social.
Casos como el de Bárcenas y todos los dirigentes del PP que deberían haber sido procesados por presunta financiación ilegal, o casos más ridículos como el del incidente -archivado- de Esperanza Aguirre con unos policías municipales que reafirman la impresión de una justicia que diferencia ciudadanos de primera y de segunda. ¿Quién piensa que si un ciudadano normal y corriente hubiera desobedecido a unos agentes de policía y les hubiera tirado la motocicleta en una huida en coche le habrían archivado el caso?
Hoy Bárcenas saldrá de la cárcel después de haber pasado en ella dos años preventivamente. No sé qué ha cambiado, a juicio del juez, que justifique la suspensión de las medidas cautelares de este individuo. Pero, como decía, más que la libertad provisional bajo fianza de este corrupto confeso, me preocupa la impunidad de toda una serie de dirigentes que parece que cobraron ‘donaciones’ en negro durante muchos años y que ahora se sientan en la mesa del consejo de ministros español sin ninguna manía.
En Cataluña, Montesquieu también recibe bastonazos a menudo. La vida apacible de Millet i Montull tras haber confesado un delito gravísimo o las jubilaciones doradas de policías que han sido condenados por torturas y malos tratos provocan una vergüenza colosal. Conviene que la transición nacional se lleve muchas malas prácticas que ahora mismo nos privan de un sistema democrático seguro y justo.
En democracia, la impunidad de los corruptos es proporcional a la tolerancia de los ciudadanos. Y es cierto que, cada vez, hay más sensibilidad sobre estas cuestiones. Cada vez cuesta más que los políticos puedan pasar de puntillas por los asuntos más peleagudos sin tener que dar explicaciones. Hemos transitado de la ignorancia a las explicaciones. Y ahora hay que avanzar hasta la asunción de responsabilidades. En otro caso, dejaremos vía libre a los que, con el pretexto de la limpieza de un sistema podrido, acabarán destruyendo el sistema democrático basado en la libertad, este que la mayoría deseamos.
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