¿Cuál es la buena pregunta?

Acontecimientos dramáticos como los que han golpeado París desencadenan un ansia compulsiva de explicaciones. No tenemos lo suficiente con conocer los hechos con todo tipo de detalles sino que tenemos necesidad de entenderlos, de buscar un porqué. Y, sobre todo, queremos exorcizar el miedo que provoca la irrupción de un acto criminal en medio de nuestras rutinas cotidianas. Unas rutinas que son, en definitiva, la fuente principal de la seguridad que nos da saber que vivimos en un mundo relativamente previsible, y de la confianza en nosotros mismos, indispensable para aliviar la ansiedad ante lo inesperado.

Y he aquí la primera paradoja: nuestra seguridad y nuestra confianza, fundamentadas en un sistema de rutinas dadas por supuesto, necesitan muchas menos explicaciones que las que piden los hechos excepcionales que las hacen tambalear. Sin embargo, la abundancia de relatos sobre la excepcionalidad no siempre pacífica la angustia ante lo inexplicable. Y me temo que estos días puede haber pasado esto mismo, particularmente cuando descubrimos que las voces expertas no acaban de coincidir -si no son abiertamente contradictorias- en las razones que nos ofrecen.

La primera dificultad interpretativa de estos atentados en París es que abren debates en planos muy diversos. En este caso, por razones obvias, está la cuestión de la libertad de expresión -inexistente en casos similares-, pero sobre todo está la de la tensión entre seguridad y libertad, y aún la de la relación entre religión y violencia, con derivadas como la del fanatismo. Y también hay quien ha visto un acto de guerra ligado a la intervención de Francia en la guerra de Siria, mientras otros lo vinculan a la acción global de unos “lobos solitarios” empujados por una ideología totalitaria favorecida por las redes sociales de internet.

La segunda contrariedad nace de la naturaleza que se atribuya a los hechos. Primero, es fácil confundir la causa con su justificación. Para entendernos: ¿un criminal se hace por la ideología con la que justifica su crimen, o la ideología sólo envuelve causas de las que el mismo criminal no es consciente? Segundo: ¿los atentados son un hecho excepcional, explicable principalmente por las circunstancias biográficas de sus autores, o son la punta de un iceberg que señala un conflicto subterráneo de naturaleza global? En el primer caso, habrían fracasado el sistema educativo y los mecanismos de integración social, y tendríamos un problema de segregación económica y cultural. Pero, por cada Amedy Coulibaly, ¿cuántos Ahmed Merabet (el policía musulmán asesinado por el primero) ‘se han hecho’ en Francia? En el segundo caso, habrían fallado las agencias de inteligencia estatales, ahora menos coordinadas, bien por Schengen, bien debido a las torpes intervenciones militares en los países árabes -como opina el periodista Tomás Alcoverro-, y la respuesta debería ser básicamente política.

Finalmente, hay un tercer plano de confusiones: la compleja relación entre hechos, percepciones de la realidad y opiniones. Véanlo. 1) Oficialmente, el 90 por ciento de franceses son cristianos, musulmanes o judíos. Pero en los sondeos sólo un 34 por ciento dicen creer en Dios. 2) Como decía Carme Colomina en el ARA del domingo, con un 8 y un 5 por ciento de musulmanes respectivamente en Francia y el Reino Unido, los franceses y los británicos están convencidos de que son el 31 y el 21 por ciento. Y 3) ¿Cómo se puede distinguir un análisis informado de una mera opinión improvisada a golpe de teléfono, por mucho que la sostenga un académico de prestigio? ¿Qué hay de prejuicio y de conocimiento en estas opiniones?

Ante la ansiedad que provoca lo desconocido, lo más difícil sigue siendo hacerse una buena pregunta, y mantener vivo el combate intelectual -y político- en busca de respuestas, siempre provisionales. He aquí la actitud más racional.

ARA