Primero se nos habló de ‘botifarrèndum’. El ingenio se afilaba: consulta de barbacoa, fiesta popular sin ton ni son, y el presidente Mas como el payaso que se esfuerza por organizar el desenfreno, al margen de la ley y del permiso de los cocos del TC. La consulta sirve para todo: para atacar si no se hace y para atacar si se consuma.
El descrédito siempre está asegurado: si se prueba que ir por la ley, pues la ley se cierra en banda; si se prueba de encontrarle los recovecos para colar un poco más de democracia, se nos habla de totalitarismo. Si se opta por una consulta participativa -para la que no había ni la ley de consultas que esperamos durante más de un año: recordémoslo- pues primero se apuesta por la ridiculización más babosa, y cuando se ve que sin embargo el fervor no desciende y que quizás todo ello será un paso más hacia la emancipación, se cargan las pilas legalistas, con la intención de desactivar la cita con las urnas (por descafeinada que pueda llegar a ser la jornada en comparación con un verdadero referéndum decisivo). España es irrespirable. España cansa. España agota.
El PP es un verdadero sindicato del crimen. La corrupción no es la excepción sino la regla: el pajarraco del PP picotea en un vertedero gigantesco. Parece que no hay nadie del PP no se haya apuntado al partido para hacerse rico o para morder el pluralismo político con la excusa constitucional. Cueva de intransigentes y de aprovechados, hombres y mujeres de inmoralidad contrastada. La cosa es tan preocupante que sólo nos quedan las risas. Los federalistas pueden ir pidiendo hora al psiquiatra. España se está cayendo a pedazos y todavía algunos no se quieren dar cuenta.
Rajoy es el capitán del Titanic. Cataluña es la Rose, la heredera a quien le quieren endilgar un chico insoportable mientras que ella quiere la independencia (el guapo que repite: ‘si tú saltas yo salto, niña…’). Nos salvaremos -supongo-, pero en este naufragio perderemos algunos muebles y quizás algunos tíos se echarán atrás cuando las olas se hagan demasiado altas. El agua está fría en el sur de Europa.
Nuestros gritos de ayuda de momento no llegan a nadie, por muchos florilegios que salgan en algunos editoriales de los periódicos anglosajones. Mientras tanto, El País nos recuerda que Jordi Pujol se ha mudado a escribir en la portería de su edificio. A esto lo llamamos ‘periodismo de calidad’; decir otra cosa nos arriesgaría a ser demandados, y no vale la pena.
Es cierto, hace falta un Estado para moverse por el mundo. Los catalanes sin Estado serán como las tías solteras sin perro: se morirán de tristeza, o bien optarán -como han hecho los mallorquines- por parecerse a los señores de Murcia. El mundo son estados o fantasmagorías sin ton ni son. El concierto mundial pide un Estado para poder sentarte a la mesa con los mayores y hacer escuchar la propia voz. Sin Estado propio no te dan ni los buenos días: por eso mismo los que niegan el saludo son los primeros en incentivar las jugadas secesionistas.
El estado español nos ha hecho independentistas: hay reconocimiento, siempre ha habido y siempre lo han negado. Sin reconocimiento nadie sale de la inexistencia y todos queremos sacar la cabeza en esta foto. El Estado propio es inevitable: el acceso a la mayoría de edad política de una determinada comunidad cultural.
Que España es un follón, un dolor de cabeza y un mal negocio ya lo tenemos asumido. Pero España es suya, de las 400 familias que remueven las cerezas en 3 ó 4 capitales de provincia (también en Barcelona, ¡ay!). 400.000 familias catalanas sin conexiones ni otro poder que el voto y el grito en las plazas querrían cambiar todo esto, pero no les dejan con la excusa de que la Constitución española es maravillosa y eterna, espejismo moral de la nación española, “la más vieja de Europa” según la risible y falsa apreciación de los piratas conservadores.
Nos lo ponen fácil poniendo nos lo difícil. Cuanto más obstáculos, más sonrisas y movilizaciones. Cuanto más leyes y recursos, más urnas y letras de canciones reivindicativas. La Estaca ahora suena en iTunes: del vinilo al mp3, de la aguja de diamante al streaming: ha cambiado el formato, pero la canción es la misma. He aquí la historia de España. Damos vueltas desde hace 100 años en torno al problema eterno -qué hacemos con Cataluña-: de vez en cuando cambiamos la música, pero la letra siempre dice la misma murga.
Estoy cansado de España y de opinar sobre ‘el tema’. Necesito la independencia también por eso. Quiero poder hacer articulismo normal. Quiero hablar de Shakespeare y de las flores de otoño, y no de esta chapuza que llamamos política española, en la que la política catalana es una pieza inevitable. Quiero escribir de cosas normales de la actualidad política de los países normales, y no de toda esta parafernalia infinita, de este dolor de cabeza fascinante, de esta pesadilla recurrente, que nunca se acaba. Y saludos fascistas en nuestro Parlamento -buf-…, de donde en los años 30 del siglo XX Franco hizo colgar enormes banderas nazis, recordémoslo, para hacer feliz y distraída la visita de Himmler. Estamos rondando el mismo volcán: pistolas invisibles.
No sé como ustedes no empiezan a estar hartos; esta película es aburribota, y sórdida. Recordemos que aquí nos gobiernan los mafiosos, que no nos dejan ni votar. Nuestro problema es que este escándalo ni nos hace hervir la sangre. Quizás no nos dan las urnas para decidir nada, pero han conseguido convertir el país en una pecera, en la cual está inmersa la ciudadanía, a quien mantienen distraída con cuatro piedrecitas de colores, con burbujas y tetas y con un poco de Twitter y las entrevistas de la Sexta. Los fervores duran lo que dura un trending topic. Para cambiar cualquier cosa hace falta constancia y profundidad: valores incompatibles con la chillona tontería contemporánea.
El proceso se está haciendo largo. No hay que perder la paciencia, pero convendría al menos inaugurar otras maneras de pensarlo. De momento, hemos escrito otro artículo. Salud, pues, y buen fin de semana. Y sí, etc.
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